lunes, 17 de enero de 2011

“Brooklyn”, de Colm Tóibín. El camino de la artesanía.

En una entrevista reciente el autor irlandés Colm Tóibín citaba un escueto e irónico consejo del maestro Henry James sobre el arte de la novela: “¡dramatizar, dramatizar!”. Debemos entenderlo, no obstante, como una sugerencia para explorar con profundidad y rigor todas las posibilidades dramáticas que nos ofrece la vida, y no para arrojar los argumentos al sumidero de la sensiblería. James era un virtuoso de la exploración psicológica, y si algo seguirá haciendo vigente, y aun moderna, su novelística es esa capacidad para adentrarse en los conflictos íntimos a que en toda edad y todo tiempo debemos enfrentarnos, ya sean de índole laboral, familiar o amorosa, aunque frecuentemente cada decisión que tomamos involucre los tres aspectos. Un clásico, no obstante, se construye con algo más que eso, y sin duda que el poderoso estilo de James, su fraseo tan peculiar y la estructura teatral o monologal de sus novelas acabó por consolidar su importancia para la historia del arte literario.

Tóibín no alcanza quizá ese nivel de maestría, en primer lugar porque, como la mayoría de los autores –incluso los que el marketing editorial nos presenta como grandes innovadores- discurre por caminos ya explorados. El paso del tiempo, y la evolución de las artes, ha hecho que lo que se nos presenta como innovación suscite, cuando menos, nuestra sospecha (ahora se habla de libros interactivos que aprovecharán el formato ebook para introducir enlaces a vídeos, canciones, imágenes, susurros y tarareos. El tal Fernández Mallo -autor viejuno que repite lo que hizo John Dos Passos hace noventa años, pero vendiéndolo mejor-, por supuesto, será el primero que nos ofrezca la novela del futuro). Por otro lado, Tóibín carece asimismo de la prosa deslumbrante de su inspirador, pero no por ello deja de ser delicada y efectiva. El caso es que, con todo, demuestra ser un notable narrador en esta “Brooklyn” que nos devuelve el placer de una literatura artesanal, detallista y consciente de sus propósitos.

El autor quiere hablarnos de la dificultad de tomar decisiones, de encauzar el rumbo de la vida y sopesar sus caminos y alternativas. Para ello elude los grandes acontecimientos dramáticos y se centra en las trances cotidianos, de por sí suficientes. Ellis es una joven irlandesa que en los años cincuenta emigra a Estados Unidos. Su adaptación no está tratada en la novela desde un punto de vista tópico, sino con la precisión jamesiana, que convierte la zozobra psicológica ante lo que sucede en el centro de su interés. Ellis trabaja y estudia, se ve envuelta en un entorno moderadamente hostil, se medio enamora y, cuando está a punto de asentarse en el mundo que le ha tocado en suerte, debe regresar a su pequeño pueblo en Irlanda. Allí el entorno no ha cambiado, pero ella sí, y se le ofrecen oportunidades que antes no podía ni imaginarse. Entonces surge la necesidad de decidir, y Tóibín genera un pequeño enigma en torno a ella, puesto que no se ocupa de traducir para el lector/a las reflexiones de Ellis, sino que la somete a sutiles tirones en una dirección u otra, hasta que finalmente las cosas se resuelven. Por en medio hemos asistido al peso de la tradición familiar, similar a un monstruo marino que pudiese arrastrarla hacia el fondo, los prejuicios sociales y, cómo no, las convenciones de género. Es en este último aspecto cuando el barniz jamesiano de la historia se hace más evidente, al dibujar una heroína avanzada para su tiempo, una mujer del futuro –sin necesidad de vídeos o banda sonora adheridos al párrafo- que piensa y decide por sí misma, pese al “amor”, la familia y el trabajo.

Concluimos la lectura con esa sensación de “pequeño libro perfecto” que nos deja satisfechos y deseosos de seguir profundizando en el autor. Aquí se encuentra, quizá, el único o el mejor camino posible para la literatura contemporánea. Lo demás es propaganda, compadreos de manada y bolos literarios a cuenta de las cajas de ahorro. Es decir, mediocridad.

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