lunes, 31 de enero de 2011

“El discurso del rey”, de Tom Hooper. “De dioses y hombres”, de Xavier Beauvois. El miedo y la risa (floja).


"El discurso del rey” nace con el propósito de ser vista por numeroso público. Correspondería, por utilizar una etiqueta, a lo que podríamos denominar “cine comercial de calidad”. Cuenta una historia emotiva, con intérpretes solventes, toques de humor, una producción lujosa y una dirección eficaz. Sorprendentemente, acaba llegando mucho más lejos del lugar al que había sido destinada.

La película nos habla del miedo a la responsabilidad que acarrea nuestro destino. Es por ello que consigue conectar con muchos espectadores independientemente de su contexto. No es necesario ser rey para temblar de pánico ante las ocasiones en que la vida nos ilumina con un foco no deseado y debemos hablar, y hacerlo bien. Se trata de un sentimiento universal que, no obstante, contiene diferentes matices. El director podría habérnoslo presentado como la mera historia de una tartamudez inapropiada y su dificultosa resolución, habría dado lugar a algunos episodios humorísticos y a un final emocionante, a medida que el problema se supera y la relación entre el afectado y el logopeda (llamémoslo así) se convierte en amistad. Sin embargo Hooper demuestra saber lo que se trae entre manos, y coloca la cámara en los lugares y momentos precisos para que podamos sentir el miedo al igual que lo hace el personaje, los espacios se agrandan, las caras expectantes nos impresionan, el clima histórico y la responsabilidad nos abruma. Colin Firth no se limita a trastabillar al iniciar sus discursos, sino que expresa con cada gesto el dolor del desamparo y la desesperación. El contrapunto de Geoffrey Rush nos habla de la capacidad para situarse en el lugar del otro, por mucha distancia que exista entre ambos, y comprenderlo. El punto de cocción dramático nunca se escapa, pero tampoco el humor llega a serlo, porque la historia nos hace sufrir demasiado y, aunque sabemos que acabará bien, es imposible obviar la incomodidad de reconocernos en ese temor a asumir el mando de la vida. La cámara se permite instantes de belleza y musicalidad, y cada escena es pernitente para hablarnos de la soledad del rey frente a su trauma, y de la displicencia del entorno –a salvo su mujer, esa Helena Boham Carter magistral como siempre en el manejo de la ironía-.

Pasarán los años, y esta película sencilla pero cercana a la perfección seguirá vigente, volveremos a verla en la televisión, se editará en DVD y se regalará algún día con los periódicos. Mucha gente disfrutará de ella, en una corriente quizá inacabable. Esto es el cine. Esto es un clásico.


“De dioses y de hombres” parte de otros presupuestos. Obra independiente, cine intelectual, mensaje potente de índole político-religiosa, gravedad en el tono y feísmo realista en la mirada del director, ausencia de sentido del humor... Y, sin embargo, no sólo se trata de la primera película que a lo largo de toda mi vida me ha hecho dormir en el cine, sino que me ha provocado estallidos de risa inaguantables en momentos de supuesta sublimación dramática y cinematográfica, además de algunas bromas irreverentes que no me atrevo a reproducir por respeto a la historia real, de verdadero calado, a la que esta producción infame brinda un miserable homenaje.

Algo bueno tenía que tener la edad. A los veinte años ves este título en la portada de Cahiers du Cinema y eso crea en ti tal estado de sugestión que cuando acudes al cine te esfuerzas, quizá inconscientemente, por destacar la nada y aplaudir las más elaboradas tomaduras de pelo. A los cuarenta uno ya ha visto y leído, no lo suficiente –nunca lo es-, pero sí lo adecuado para no comulgar con ruedas de molino como ésta, que es enorme (una aclaración: a los veinte años eso puede pasar igual que a los cuarenta; hablo de mi caso concreto, sin duda que ahora hay gente joven más cabal de lo que yo fui en esa época).

“De dioses y de hombres” quiere hablarnos del miedo, al igual que la anterior. El miedo de un grupo de sacerdotes católicos que trabaja en una comunidad musulmana y se ve amenazado por una facción terrorista. Deben, entonces, decidir si marcharse o permanecer en su sitio cumpliendo con la labor para la que allí se encuentran. Interesante argumento, sin duda. Pero el director ha querido hacer una de esas obras que ocupan la portada de la citada revista, así que nos aturde con planos inanes de la vida cotidiana de los sacerdotes, lentísimos y carentes no ya de cualquier atisbo de autoría artística, sino de la mínima lógica argumental -ninguna objeción a la morosidad y la mirada objetiva (ahí está, por ejemplo, "El gran silencio"), de la que poco parece haber aprendido-. Un ejercicio trasnochado de cinema verité muy seguro de sí mismo, esto es, de que el consumidor habitual del producto lo aceptara todo. Así van pasando los minutos entre conversaciones absurdas de tan inhumanas, de tan ajenas al conflicto como debería tratarse en una ficción, en efecto, realista. Tras escuchar infinitos cantos y pasear por infinitos huertos, la cosa concluye en una escena que pasará a la historia del sonrojo y la vergüenza ajena: una "última cena" en la que los saltos cansinos de la cámara por los rostros de los sacerdotes -que primero sonríen forzadamente y luego lloran como si los obligasen- nos hace difícil controlar la risa. Y uno sale del cine tras dos horas de sopor, de torpeza narrativa, de desprecio por el fondo de la historia, de pose autoral para mayor gloria del frikerío gafapasta, con una mezcla de indignación hacia los creadores del engendro y hacia uno mismo. Ya ha ocurrido demasiadas veces, y no aprendemos.

2 comentarios:

  1. Apunto lo de 'El discurso del Rey', espero verla antes de los Oscar. Lo mismo con 'También la lluvia' antes de los Goya. ¿La has visto? En Inglaterra se hacen series y películas espectaculares de las que oímos hablar muy poco. Me gusta la incorrección política que desprenden bajo su formalidad aparente. Ahora estoy viendo una de superhéroes inadaptados, 'Misfits'. En España sería impensable una serie así, tan bruta, desprejuiciada y con tanto fondo.

    No sé si es bueno o malo (para mí más de lo primero), pero en tuanálisis de 'De dioses y hombres' tenía la sensación de estar leyendo a Boyero. Estos posmodernos...

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  2. Es verdad, Rafa, "la edad dorada de las series" que tanto se pregona parece referida únicamente a las americanas, y la Pérfida Albión sigue ahí con sus guiones memorables y sus capas de sentido en cada historia. Tomo nota de "Misfits".
    Pufff... un poco preocupante lo de Boyero (a lo mejor se me ha ido la mano), aunque te aseguro que con un truño semejante sales del cine boyerizado perdido.
    Gracias por pasarte. Saludos.

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