viernes, 28 de enero de 2011

“Rosalie Blum”, de Camille Jourdy.



Vivimos una edad de oro de la novela gráfica que, como todas, tiene mucho de artificioso. La industria editorial española demuestra a diario su extraordinaria capacidad de generar productos de interés cultural y aun meramente estético, ahí están Alba Clásica, Funambulista o Impedimenta para despertarnos la gula lectora ante la mera contemplación de sus libros en la mesa de novedades. De ahí que el cómic sea un campo especialmente propicio para la elaboración de volúmenes encantadores, a los que el mercado lector está respondiendo favorablemente. Lejos quedan los tiempos en que el cómic se fundamentaba en el coleccionismo de pequeño formato, aquellos números o revistas misceláneas que luego se encuadernaban por cuenta propia. Ahora, Sandman, de Neil Gaiman, puede encontrarse en diversas ediciones de tapa dura, a cual más conseguida. Nuria lo fue leyendo en su día entrega a entrega, qué tiempos…

Tan atrayente envoltorio esconde, con frecuencia, un preocupante vacío en su interior. Las historias de ombliguistas treintañeros en torno a sus problemas con las mujeres aparecen con demasiada frecuencia entre los más destacado del año. Basta hojearlos para que la música ajada de sus gracietas nos suene demasiado repetitiva y simple. De ahí que, como ocurre con el cine, cuando nos tropezamos con una obra brillante la experiencia lectora resulte inolvidable.

“Rosalie Blum” es el trabajo de una joven autora francesa, Camille Jourdy, que me recuerda a esas novelas de una Edith Warthon, Muriel Sparks o Nancy Mitford en el sentido de aparentar pocas pretensiones y obtener profundos hallazgos. Su mundo es, sin embargo, muy diferente a de estas escritoras que he citado, pero abunda en similitudes con ellas en el tratamiento delicado de la narración, la minuciosidad psicológica, el humor y la ternura con que caracteriza a sus personajes. Esta historia, presentada en tres tomos, supone además un admirable ejercicio de escritura, de manejo argumental y administración de los detalles significativos. Nos presenta el primer volumen a un joven peluquero que vive sometido por una madre victimista y manipuladora que lo mantiene de alguna manera encerrado en una jaula de cuidados y soledad. El encuentro casual con una mujer a la que cree conocer de algo lo lleva a obsesionarse con ella y comenzar a seguirla a todas partes. Las páginas se suceden entre ilustraciones amables, con un delicioso toque naif, donde los diálogos escuetos y el silencio van alternando para contraponer el mundo interior del protagonista, poblado también por divertidos sueños en que todos los horrores cotidianos se muestran sin disfraces, y el exterior, invariablemente hostil.

En el segundo tomo la autora cambia el punto de vista hacia el de la mujer “espiada”, Rosalie Blum, y todo su entorno. No se trata de una visión paralela a la anterior, sino coincidente sólo en algunos hechos. Es aquí donde hacen aparición los personajes secundarios, que suelen subrayar la grandeza de una buena obra narrativa. La sobrina de Rosalie y sus compañeros de piso avanzan ya lo que será uno de los temas centrales del libro: el cuestionamiento del concepto tradicional de “familia” en favor de aquel otro más abierto, donde son los verdaderos afectos quienes lo construyen, amigos/as y amores que voluntariamente escogidos frente a los chantajes de la sangre. Los personajes son sin duda el centro de la obra, aunque su evolución no está exenta de pequeños suspenses y enigmas, así como de guiños humorísticos en forma de motivos que se retoman varias veces –como es el caso de ese circo inverosímil que uno de los habitantes del piso planea poner en marcha-.

En el tercer tomo la autora opta por la omnisciencia y resuelve con buena mano todos los flecos pendientes. Ha sido tan hábil, incluso, que consigue que casi hayamos olvidado el más importante, al que reserva una suerte de epílogo que contiene una vuelta de tuerca argumental sorprendente y muy emotiva –trato de no desvelar nada, puesto que aconsejo a todo el mundo que la lea-.

Al final uno tiene la sensación de haberse paseado por las grandes cuestiones que nos incumben y afectan como seres sociales, desde el amor y la amistad a la opresión emocional, la capacidad de mantenernos dignos ante la fatalidad o las trampas familiares. Todo contado con sensibilidad, inteligencia y ternura. Vamos, una joya.

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