lunes, 21 de febrero de 2011

“Black Swan”, de Darren Aronofsky. “Bright Star”, de Jane Campion. Las caras de la belleza.

Ambas películas son un admirable ejercicio de forma. El cine como arte, es decir, como estilo al servicio de una historia. Estilos que no giran sobre sí mismos como en uno de esos fouetté que vemos en la primera de ellas, sino que apelan mediante las imágenes a nuestra sensibilidad e inteligencia. Una, en clave metafórica, y la otra como una traslación cinematográfica de los temas y formas del romanticismo.

“Black Swan” es una película incómoda, de una aspereza palpable desde los primeros fotogramas y beneficiada por una cámara opresiva que persigue más que filma a la protagonista. Nos habla de la locura a la que puede conducir la búsqueda de la perfección artística. Pero no sólo de eso, sino de cómo esa perfección suele venir definida por una pura, arbitraria y transparente subjetividad. Se trata de un tema interesante, la medida en que determinadas pedagogías de lo perfecto esconden verdaderos sadismos cotidianos de mentes muy poco sanas, que acaban propagando su enfermedad a quienes tiene la desdicha de ejercer de sus discípulos/as, donde muta en algo aún más tortuoso.

El mundo del ballet que nos presenta no es el que podemos ver bajo los focos, con su delicadeza, sus brillos y gasas blancas, sino una trastienda sucia como las suelas de esas puntas gastadas que se muestran en planos muy cortos, o las uñas rotas, las articulaciones doloridas, las miradas de odio entre compañeras y las sempiternas opresiones de género (¿alguna corrección técnica hacia ellos? ¿Alguna alusión, en su caso, al paso del tiempo? Claro que no, deben de ser perfectos…). La historia es lo de menos, en realidad suena a conocido, pero el tratamiento formal que realiza el director la convierte en algo diferente: el juego de simbolismos (la herida, ese cuerpo supurando sangre, las alas oscuras del tatuaje de la competidora) o los momentos de percepción trastornada que sólo en algunas ocasiones caen en el efectismo (por ejemplo, la escena de la ‘aparición’ en la bañera), pero que normalmente resultan logrados (las irrupciones de la antagonista con una sonrisa o una puerta abierta en los momentos más inoportunos), componen una obra importante que analiza el dolor, la asfixia de la responsabilidad, la soledad y los traumas asociados a ella –la sexualidad reprimida, la violencia como ruptura-. Pero nada funcionaría si no viniese respaldado por un reparto brillante enfrentado a una de esas oportunidades que engrandecen su oficio. Natalie Portman introduce a los espectadores en su sufrimiento con un trabajo memorable, Vincent Cassel aporta matices de una misma locura, pero más contenida, a su papel de villano, Barbara Hershey desarrolla de manera eficaz esa forma de violencia, la familiar, que tan frecuentemente complementa a las otras; por último, Winona Ryder, en pequeñas y oscuras apariciones, desempeña un rol menos agradecido y puramente simbólico: el de siniestro augurio del futuro de la protagonista.

Pese a tratar cuestiones de profundidad narrativa, la historia discurre entretenida como un cuento gótico, con escenas inolvidables por su fuerza –la conversión en cisne negro en el escenario- o perturbadoras en su crueldad –el sexo interrumpido, ya a solas o con el preceptor, las heridas en los dedos-, y una tensión permanente que convierte el visionado en una experiencia simultánea de disfrute y conocimiento. Gran película.


“Bright Star” tiene otros propósitos, pero los persigue con la misma sutileza que la anterior. El cine esteticista de la Campion alcanza casi el paroxismo en esta historia dulce y triste sobre el amor malogrado entre el poeta John Keats y la que de alguna manera fue su musa, Fanny Brawne. En su día ya realizó la mejor adaptación de Henry James al cine con aquel “Retrato de una dama” en la que demostró entender el texto literario de base y supo llevarlo a su territorio sin desdén pero tampoco excesivas ataduras. Al igual que en aquella ocasión, en Bright Star encontramos también a un personaje femenino de índole jamesiana, que trata de dirigir su destino por encima de las convenciones y los buenos consejos envenenados. Claro que lo que en “Retrato…” era sobriedad y en ocasiones dureza, aquí se vuelve, sencillamente, poesía. La hay en las escenas campestres, y en la delicadeza de las interiores: el “buenas noches” escrito en un pequeño papel doblado, la habitación llena de mariposas, la encantadora hermana pequeña de la protagonista, testigo ingenuo de una historia de amor más grande que la vida… La cámara registra todo desde una distancia plácida, con voluntario ensimismamiento en cada oportunidad que tiene de mostrarnos algo hermoso. Y así, el argumento pierde realidad (tampoco la necesita) para convertirse en un poema romántico, de resultado trágico y mensaje imperecedero: el amor y el arte son lo único que dignifica la vida, más allá del hambre, del frío, de las penurias y la muerte. ¿Es que alguien lo duda?

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