viernes, 18 de febrero de 2011

“Compañeras de viaje”, de Soledad Puértolas. Apuntes de lo visible y lo oculto.

El ingreso reciente de esta autora en la Real Academia de la lengua no debe despistarnos: su trayectoria ha venido acompañada por esa “mano invisible” que subraya la carrera de algunos autores y los eleva al podio, mientras que en otros casos, como el suyo, se hace necesario un cierto esfuerzo de los lectores y lectoras por no perderla de vista. Ha recibido premios, sí, y ha tenido presencia en los medios, sin embargo en el “who is who” que con el paso del tiempo van construyendo los prescriptores culturales no cabe duda de que nunca ha ocupado el lugar que merecía. En los inventarios de la novela contemporánea siempre figuran los mismos nombres masculinos, y es que este tipo de cosas son las que ponen de manifiesto hasta qué punto las convenciones de género persisten marcando el camino. Hace poco un excelente artículo de Lola López Mondéjar sacaba las vergüenzas a un especial de Babelia en el que se hacía repaso a los últimos veinte años de cultura española, con motivo del aniversario del suplemento. La invisibilidad femenina era patente no sólo en los creadores seleccionados, sino en quienes los seleccionaban y definían el criterio del periódico. Así estamos. Afortunadamente Anagrama, su editorial, ha iniciado la revisión de su obra en la colección “Otra vuelta de tuerca”, en la que se trata de ofrecer al público lector textos relevantes que no ha obtenido todo el eco que merecían, una suerte de apuesta por “nuevos clásicos” entre los que está justamente incluida Soledad Puértolas.

Al mismo tiempo aparece este “Compañeras de viaje”, último libro de relatos de la autora. La narrativa de corta extensión define seguramente su estilo singular mucho mejor que las novelas, algo que ya aparecía en “Adiós a las novias” y que de alguna manera consolida. Sus cuentos eluden lo estrictamente ‘narrativo’ para convertirse en apuntes impresionistas de caracteres y situaciones, escenas que nos introducen en la vida privada de los personajes durante un tiempo y nos invitan a salir de ella sin un artificio argumental a la manera de “final”. La estirpe chejoviana de su escritura se ve enriquecida por un psicologismo detallista y sutil. La voz del narrador/a en Puértolas presenta una engañosa languidez que en realidad concede espacio para que tratemos de leer entre líneas, de ver más allá de las anécdotas y los paisajes, como en una de esas reflexiones que hacemos en voz alta, ente la contemplación del mundo, y que terminan diciendo demasiadas cosas de nosotros.


Los relatos de este volumen se encuentran unidos por el motivo común del viaje, pero las compañeras a que alude el título no tienen nada que ver con un elogio de la amistad. Las protagonistas de Puértolas suelen estar solas o, peor aún, mal acompañadas. El recuento que su memoria hace de esos trayectos vitales en que descubrieron cosas de sí mismas o los que las rodeaban es también un escrutinio de egoísmos y mezquindades. Y aquí se encuentra uno de los mayores logros de la autora: sus historias, casi esbozos o fotografías, resultan inocuas en apariencia, y sin embargo contienen demasiada verdad. Una verdad que se nos invita a descubrir por nosotros mismos, como en la mejor literatura.

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