lunes, 21 de febrero de 2011

“Dowton Abbey” y “Grey Gardens”. Esplendor y miserias.

“Dowton Abbey” es una serie de televisión inglesa cuya primera temporada, al parecer, va a emitir Antena 3 en los próximos tiempos, aunque se trata de uno de esos casos en que resulta mucho más aconsejable verla en VOSE. A veces el doblaje al español es tremebundo, y no tanto por que no existan excelente profesionales, que seguramente sobran, cuanto por el innecesario, absurdo énfasis con que se adornan los diálogos, en la sospecha de que el espectador/a no será capaz de entenderlos por sí mismo.

La historia es deudora de “Arriba y abajo”, señores y criados que conviven en una venerable mansión donde se desarrollan multitud de tramas que recorren todos aspectos de la condición humana. Supera a aquélla precisamente por el desparpajo con que se exponen los asuntos haciendo compatibles las buenas maneras y las intrigas de, en ocasiones, sórdidos matices. A fin de cuentas su guionista, Julian Fellowes, es el autor asimismo de la grandiosa "Gosford Park", de Robert Altman.

Como suele pasar en esta clase de producciones inglesas, su afán por la perfección apenas deja resquicios para los reproches. Tanto las actrices y actores como el rodaje resultan impolutos. Si acaso el guión se despiporra un tanto al final y bordea el abismo del culebrón, aunque caballerosamente da un paso atrás en el último episodio. Los personajes, arquetipos de la gran narrativa anglosajona, son un alarde de humanidad en su contención. Y sin demasiados aspavientos nos pasean por las pasiones amorosas, la lucha de clases, la ausencia de condición ciudadana de la mujer, los primeros impulsos sufragistas, las traiciones y chantajes domésticos, y la invencible dignidad de los caballeros y damas inteligentes, sensibles y educados, es decir, esa especie trágicamente desaparecida, y que en la serie encarna el criado John Bates, uno de los personajes más inolvidables que haya dado una serie de ficción en los últimos tiempos (con permiso de Peggy Olson, de Mad Men… Draper está sobrevalorado). Tan sólo tiene un defecto: que se acaba. Al parecer están rodando la segunda temporada, y el día del estreno todas las televisiones deberían suspender cualquier clase de programación pasar ‘Dowton Abbey’, incluso el fútbol. Uy, lo que he dicho…



“Grey Gardens” es una película para televisión que relata una de las historias personales más fascinantes de la historia reciente de Estados Unidos. Porque hablamos de nuevo de dignidad, aun rayana en la locura y rodeada de cochambre. Y la reciente historia de Estados Unidos es más bien ejemplo de indignidades que otra cosa.

Edith Ewing Bouvier Beale y Edith Bouvier Beale, madre e hija, eran familiares de Jacqueline Kennedy Onassis. Durante su juventud llevaban una vida de lujo y un pequeño esplendor doméstico desarrollado en fiestas donde daban rienda suelta a sus aspiraciones artísticas de actrices, cantantes, bailarinas o lo que se preciase. Brillantes, frívolas y divertidas, escogieron un camino en el que no cabían la lógica o la prudencia, y que era en sí una invitación a recorrerlo junto a ellas. El marido, y padre, no estaba muy de acuerdo con ello (abogado tenía que ser) y decidió que se acababa la fiesta, y se cortaba el grifo. Tras el divorcio tan sólo se quedaron con su casa, Grey Gardens (que quizá no fuese estrictamente una mansión, pero que sin duda merece ese calificativo), en un lustroso vecindario de East Hampton, Nueva York. Un lugar hermoso donde había sonado la risa y la música, los pasos de baile y el descorche del champán. Y un lugar que precisaba de ingresos para ser mantenido.

Ese talento artistoide del que hemos hablado no daba, sin embargo, para ganar dinero, y tampoco ellas tuvieron la voluntad de desarrollarlo, principalmente porque el final de su pequeño mundo lo fue también del único posible. Visto en la distancia, resulta evidente que la suya no es tanto una historia de locura cuanto de resistencia: se aferraron a su casa, permanecieron en ella durante el resto de sus vidas, gradualmente empobrecidas hasta la ruina definitiva. Como niñas malcriadas en el placer sin responsabilidades, de repente se les pidió volverse adultas y ocuparse de las cuestiones serias. Su respuesta fue seguir, si no viviendo, al menos soñando.

Alrededor de los años setenta se encontraban viviendo en la más completa miseria, rodeadas de basura, ratas y cucarachas, y aun así, completamente divinas. A raíz de unos artículos de prensa, los cineastas Albert y David Maysles se presentan en la casa y les proponen rodar un documental que ha pasado a la historia. En él se muestran como reflejos de aquel esplendor pasado y rememoran su vida para la cámara con una soltura rayana en el ridículo. Se visten lo mejor que pueden para cada jornada de rodaje y hablan y hablan, sobretodo la hija, discuten, deliran, bailan y se ríen. Divertido y espeluznante a un tiempo, la singularidad de este trabajo anticipa el gran cine documental contemporáneo y, por qué no, los reality shows de moda. La exposición de las vidas de estas mujeres, sin embargo, tiene la autenticidad de una suerte de reparación poética. Eran verdaderas estrellas, y aún las reconocemos como tales, espléndidas emergiendo de la inmundicia.



El documental provocaría la visita de una Jackie Onassis acuciada por los medios, que costearía las reparaciones de la casa y les permitiría concluir su vida de una manera acorde con su dignidad de mitos modernos. La madre murió allí, y la hija aún tuvo tiempo de pasearse como una modesta celebrity.

De todo ello ha dado cuenta recientemente la película “Grey Gardens”, protagonizada por Jessica Lange y Drew Barrimore. Esta última realiza seguramente el papel de su carrera, como la “pequeña Eddie”, risueña y alocada. Aun con una narrativa simple, a modo de telefilm, es tal la fuerza del argumento que no sólo resulta apasionante, sino que provoca en el espectador la inmediata necesidad de saber más de esta historia. Afortunadamente en Youtube podemos encontrar algunos vídeos del documental original, donde ambas aparecen en persona. Ver la película y contrastarla luego con esas imágenes reales produce escalofríos y un inevitable sentimiento de compasión por quienes tuvieron el valor suficiente para se consecuentes con una idea bien conocida por todos y sin embargo poco admitida: que la vida no es más que un juego del que ignoramos las reglas, pero que permite ser disfrutado hasta el último momento, sin nos empeñamos en ello.

Las Bouvier disfrutan ahora de una modesta mitología artística, e incluso existen colecciones de alta costura inspiradas en aquella ropa estrafalaria con que se presentaban cada día de rodaje del documental. Imagino que les gustaría verse así, y que les resultaría más aburrido contemplarse como también cabe considerarlas: un ejemplo cabal de dignidad en la defensa de su manera luminosa, vivaz y superficial de participar en el juego.

Este vídeo pertenece al documental de 1975:


Y una curiosidad, el maravilloso tema "Grey Gardens" de Rufus Wainwright, que incluye al principio un sample del documental en el que la pequeña Edie dice algo que ha pasado ya la historia: "So... it's difficult to keep the line between the past and the present. You know what I mean?" (aunque al ser una toma en directo no aparece el sample, recomiendo a quien le interese buscarla en Spotify):



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