lunes, 21 de febrero de 2011

‘El fondo Coxon’, de Henry James. El maestro se divierte.

Gracias a la editorial ‘Atico de los libros’ los numerarios de la secta jamesiana hemos podido acceder a uno de sus libros más insólitos. Esta novela corta nos muestra a un maestro que también sabe divertirse, aun con la pudorosa distancia que marca el muro de palabras y pensamiento habitual en su prosa. El arte de la elusión no sólo era, en él, una cuestión de educación o carácter, sino una refinada técnica compositiva que le permitía abordar los temas desde posiciones esquinadas para abrir brecha en el muro de los comportamientos sociales y adentrarse a través de ella hasta alcanzar las mayores profundidades. El camino es arduo, y a menudo pide mucho del lector, pero a la vez irresistible. El decir laberíntico de James tiene algo de esa música que necesitamos escuchar varias veces, y que nos atrapa con la fuerza de lo que nunca se acaba, o de esas películas cuyas escenas repasamos, discutimos e interpretamos con la vehemencia de los juegos infantiles. La exigencia intelectual de Henry James lo convierte, paradójicamente, en objeto de obsesión fanatizada, como nos ocurría de niños con nuestros pasatiempos predilectos. Cuando abrimos uno de tantos libros inéditos que siguen apareciendo en nuestro panorama editorial deseamos encontrarnos con esa tentadora dificultad que lo hace único, la belleza que debe ganarse, el tesoro que requiere vencer un jeroglífico complicado sólo en la justa medida para hacer más valiosa la recompensa.

‘El fondo Coxon’ es un buen muestrario de sus maneras de hacer, el narrador denso y esquivo, como queriendo contarlo todo, pero sin que se note su intención, avanzando un paso para retroceder dos, y siempre en círculos calculadamente concéntricos. Al igual que en otras ocasiones se atreve con cuestiones de una audacia insospechada para la época, en esta novela parece querer entretenerse y entretenernos, simplemente, aunque en sus manos tal motivación se queda corta. Acostumbrados a sus personajes inteligentes pero ingenuos, en contraste con otros taimados y perversos, nos sorprende que la historia gire en torno a un vividor sin excesiva doblez, un fraude de brillo fascinante y efecto momentáneo. Al parecer –el del narrador y alguno de los personajes con los que conversa- se trata de un orador notable, una suerte de diletante del pensamiento que fascina a la buena sociedad a través de su conversación. El problema es que un puñado de afectos, y su esposa, aspiran a logros más altos y consistentes para sus talentos, y es entonces cuando el personaje se escabulle y alumbra unas debilidades quizá demasiado evidentes para que esa cohorte de admiradores las reconozcan y rectifiquen. Sólo eso explica su candidatura al “Fondo Coxon” que patrocina a las grandes figuras de la creación intelectual de la época, y que el narrador nos explique todo el proceso de forma tan irónica como exenta de culpas. James reflexiona sobre la facilidad con que se construyen los prestigios ajenos, y el impulso irracional que los sostiene por miedo a perder el propio. Por en medio, cómo no, hay una pequeña intriga amorosa, algún cruce de cartas y conversaciones clandestinas –maravillosamente elípticas, según es costumbre en la casa-, y un final que nos hace imaginar al maestro sonriendo al escribir o dictar la última frase. Y que provoca asimismo nuestra sonrisa al descubrir en esta obra a un decoroso gamberro.

En definitiva, otro título perfecto de la trayectoria literaria más intachable que pueda imaginarse. Un regalo para los lectores de todos los tiempos.

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