Nuestra herida japonesa
Estuvimos allí una sola vez, pero sabemos de ese “mal de Japón” que afecta (o no) a quienes conocen ese país. Si te gusta, si te atrapa, lo hace de una manera más intensa que cualquier otro lugar. A partir de entonces te sientes unido a él y los ojos se te quedan prendidos en cualquier noticia referida a la sociedad nipona, aunque sea con el habitual tratamiento despectivo que le ofrecemos en occidente. Por eso ahora es inevitable sentir mucho dolor ante lo que sucede, e imaginar ese mundo de gente amable e ingenua destrozado por una violencia inconcebible. Sin embargo, al mismo tiempo, confiamos en su capacidad de lucha, su sentido de lo correcto y su disposición para la unidad. Seguro que salen adelante, otras veces lo han hecho. Es tiempo de sonreírles como hacen ellos cuando los visitamos.
Montero y Twitter
Entrevista en El País Semanal a Rosa Montero con motivo de la aparición de su novela “Lágrimas en la lluvia”, que promete ser, quizá, la mejor de las suyas. Entrevista emotiva por algunas circunstancias personales e interesante en sus reflexiones sobre la escritura. Pero, como suele ser habitual, nos obsequia una de esas verdades evidentes que las y los intelectuales necesitan iluminar, de tan ocultas que se encuentran por la faramalla periodística habitual. Y se trata de algo tan simple como que Twitter es una estupidez. Y que el problema de su supuesta trascendencia para el devenir de los tiempos radica en que los medios de prensa que le dan relieve están dirigidos por generaciones ajenas a esa tecnología. Los niños de hoy crecen manejando las TIC con tanto facilidad como en sus tiempos se hizo con el teléfono, o la radio. Pero para algunas cabezas pensantes del periodismo, no deja de constituir un “fenómeno fascinante” lo que Rosa Montero define como “el parloteo de los chavales” de toda la vida. Y así es. Produce sonrojo leer que “los internautas dicen” o que “la reacción en Twitter no se ha hecho esperar”. Cuestión diferente es su potencial como vía de transmisión rápida de mensajes. Pero tras esos mensajes tiene que haber algo, una dirección hacia alguna parte, un pensamiento. Que un famoso diga que se encuentra a punto de comerse una gamba, o que doscientos mil usuarios anónimos nos informen minuto a minuto de sus nimiedades, sin otra elaboración que un lenguaje similar a la parodia expresiva de los indios en las películas antiguas, todo eso, de verdad, no va a cambiar el mundo. Si acaso lleva camino de empobrecerlo intelectualmente con la idea de que la única manera legítima de expresar el raciocinio y la creatividad humanas cabe en un puñado de caracteres. “Toy entrando en el metro”, “qué buenos están los boquerones de casa Manolo”, “Iniesta se merece el oro de balón” (con permiso de Delafé), “Cisne negro es una obra maestra”, “Cisne negro es un truño”… Volviendo a la legitimidad, produce repugnancia ver cómo mucha gente se la arroga en la red no por su capacidad, insisto, de crear o de pensar, sino sólo por la posibilidad técnica de “estar ahí” y soltar en dos palabras lo que le sale de los huevos. Así ocurre en los blogs de algunos escritores relevantes que de vez en cuando visito, es increíble cómo, sin venir a cuento, los “internautas” llenan incluso sus posts más neutros de comentarios repletos de odio, protegidos por el anonimato de la red (quisiera verlos, ay, hablando en público en un buen foro, sosteniendo su discurso y replicando el ajeno… ja). Uno se siente bien recogido en su modesto anonimato bestiajunglero, porque tengo claro que si la cosa se disparase de alguna manera –por ejemplo, a raíz de UCDP- cerraría este blog a los comentarios. Esto no es un foro democrático, sino mi casa, y en mi casa, aunque tenga las ventanas abiertas y se vea su interior, entra quien yo quiero. Internet sí que es un foro democrático, cree usted su blog en cinco pasos y llénelo de pensamiento, si lo hay…
Lleva razón Rosa Montero: el parloteo de los chavales, ni más ni menos, con todos sus pros y sus contras. Pero sólo eso.
Rafael Reig y el libro público
En relación con lo anterior, publica Rafael Reig un artículo excelente en ABCD en el que reflexiona sobre la aparición histórica del volumen de hojas cosidas frente a la lectura aleatoria y dispersa de las hojas sueltas. Destaca con ello las virtudes del libro como objeto compartido, abierto al debate público. El libro es aquello que todos leemos o podemos leer. Y hay infinitos para elegir. Cabe decir lo mismo de la prensa, aun con todas sus limitaciones e intereses más o menos ocultos. ¿Qué ocurre con la lectura deslavazada y profundamente individualista de la red? Pues justo lo contrario: se trata de una experiencia masiva, pero contradictoriamente subjetiva. Sí, bien, podemos comunicar unos a otros lo que leemos con mayor facilidad, pero no deja de tratarse de una mínima parte –un artículo, una noticia- que se verá seguramente apilada en la bandeja de entrada del correo electrónico junto con tres mil cosas más. En realidad todo es acorde con el signo de los tiempos, el “la sociedad no existe, sólo los individuos” de estirpe tatcheriana, con el que se intentan desmenuzar las ideas para su consumo no compartido. No vaya a ser que arraigen, la gente abra los ojos, y la liemos. No cabe duda de que la libertad de la red conlleva numerosos beneficios, pero no podemos caer en la trampa de concebir ese radical individualismo como uno de ellos.
La viuda de Saint-Pierre