viernes, 4 de marzo de 2011

“La mosquitera”, de Agustí Vila. “Sin retorno”, de Miguel Cohan. La mancha marrón.

Permítaseme un excurso para hablar de las manzanas. Uno, por su condición astur, es muy manzanero o manzanista. Los de esta especie solemos resultar aburridos y monotemáticos con nuestras preferencias frutales, si acaso admitimos naranjas en zumo, y poco más. Contemplamos los exotismos del mango, los persimmons, la papaya o incluso la piña como evoluciones bastardas de la fruta matriz, responsable, mira tú por dónde, de todos los males de la humanidad por la leyenda bíblica del pecado original y la tentadora Eva ofreciendo un bocado –cómo demonios va a existir igualdad de género partiendo de donde partimos, por cierto-.

El caso es que vivimos en la edad dorada de la manzana, al menos en teoría. Cada vez existen más variedades, aunque sospechosamente los sabores no cambian demasiado. Pero por encima de todo presentan un rasgo común que como mínimo es inquietante: su perfección. Da igual que nos inclinemos por la Golden, la Royal Gala o la Fuji: todas parecen perfectas, como si se tratase de réplicas de cera en vez de productos naturales sometidos a mil invasiones e inclemencias. Podemos aclarar fácilmente el enigma con el modo actual de producción, las cámaras donde las conservan durante años antes de sacarlas a la venta, los productos con que las tratan, responsables sin duda de la estupidez generalizada, como un efecto secundario... Claro que a veces la madre tierra se revela, y cuando les pegamos el primer mordisco crujiente e insípido, nos encontramos con una pequeña mancha marrón en su corazón. Y el contraste nos causa mayor rechazo que si esas señales de podredumbre se encontrasen, honestas, en el exterior de la fruta. La imagen impecable con que se nos ofrecen esconde una corrupción decisiva en cuanto rompemos la primera capa.

Valga esta metáfora para hablar de dos películas de reciente estreno y notable valor. Ambas atraviesan la piel reluciente de la manzana y descubren la turbiedad oscura que avanza desde el centro de su carne blanca, y que terminará acabando con ella.


“La mosquitera” se ocupa de la familia, ese gran campo de batalla donde se desarrolla lo mejor y lo peor del ser humano. Un guión preciso y una dirección de actores inmejorable bastan para que con un puñado de personajes y escenas se realice un diagnóstico antropológico y social de primer orden. Además de entretenernos nos proporciona conocimiento de esa peculiar manera en que lo hace el arte: sin demagogias, ni siquiera discursos, colocando la cámara frente a los actores y actrices con morosidad, rodeándolos de silencio para que sólo los oigamos a ellos y nos detengamos en sus gestos, de forma que podamos comprender lo que realmente les pasa, nos pasa. Una pareja equivocada, que sólo recurre a sí misma para guarecerse frente a la incertidumbre, tras sendas excursiones extramatrimoniales en las que experimentan con el único fin de satisfacer su ego, sin reparo hacia el daño que puedan ocasionar a otros; un hijo adolescente cuya única salida es estar permanentemente drogado, sin que nadie repare en ello –son geniales las escenas en que le “dialogan” con él sin darse cuenta de que no está en condiciones de responder, da igual, el solipsismo radical de sus padres no necesita, ni desea, respuesta o interlocución alguna; una madre que maltrata con sadismo disfrazado de amor a su niña pequeña, en las escenas seguramente más elegantemente atroces del cine español contemporáneo; la mujer inmigrante, con hijo a su cargo y sin recursos, obligada a pensar sólo en sobrevivir y pese a todo, ay, cayendo en la trampa de los sentimientos; del mismo modo, los episodios en los que el señor progre-burgués trata de utilizarla como desahogo afectivo-sexual pero sin que lo parezca, sin perder nunca “las formas” y “el respeto”, son de una inteligencia prodigiosa, resultan perturbadoras y nos hieren con más eficacia que cualquier alegato humanitario; los abuelos enfermos, ya fuera del mundo, salvajes y crueles en su sinceridad.

Este es el panorama estremecedor que nos presenta una película hábil, sarcástica y valiente, con una buena mano directora que aprovecha los espacios cerrados, los silencios y los diálogos educadísimos, pero terribles, para componer esa mosquitera que por aislar a los personajes del exterior los confina en un espacio enfermizo. Personajes, por cierto, que dan fe de la capacidad de las y los intérpretes españoles para hacer algo grande -Eduard Fernández y Emma Suárez, geniales- cuando hay un guión trabajado y un cineasta talentoso de por medio.


“Sin retorno” adopta una perspectiva más amplia y una técnica diferente. Se trata de un thriller que sirve de excelente vehículo para revelarnos la mancha marrón que afecta a la justicia y aquello que denominamos “opinión pública”. Aunque, cómo no, el microcosmos familiar también se encuentra de por medio, a fin de cuentas esa concepción chata de la familia que hemos heredado culturalmente la define como el fundamento o embrión de la sociedad entera. De ahí que ambas películas se complementen, pues tras haber conocido el vacío y la suciedad que revela la primera, comprendemos mejor lo que nos cuenta la segunda.

Un joven fallece atropellado en un accidente automovilístico. Su padre adopta el rol de “padre-coraje” para pedir justicia en las televisiones y tratar de investigar por su cuenta en vista de la lentitud e inoperancia de los medios oficiales. Y aquí encontramos un primer tema que se aborda con rigor y no poca asunción de riesgos: el respeto reverencial que merecen esa clase de personajes que aparecen en los medios como portadores de un dolor, ciertamente, incuestionable y como reclamantes de justicia con que repararlo en alguna medida. Es tal el impacto que su, en principio, justificada exhibición de sufrimiento provoca en la opinión pública que de ahí a considerarlos portadores de la verdad hay un pequeño paso. En nuestro país hemos conocido algún caso lamentable de juicio paralelo motivado precisamente por el empecinamiento de un padre o una madre en señalar a un culpable. La fuerza de sugestión que proyecta el desgarro acaba por convencer a todos de que ha sido como ellos piensan, por encima de los indicios, o las pruebas. Lo terrible es cuando ese encantamiento se traslada a la justicia con resultados fatales, sobre todo porque a él se une la dificultad para esclarecer los hechos y el ansia subsiguiente por encontrar una salida fácil. Esto es lo que ocurre en “Sin retorno”, donde una sucinta investigación termina por localizar a un culpable idóneo azuzada en gran medida por el impulso del padre de la víctima.

Sin embargo el interés de los creadores de esta película no se quedaba ahí, y de hecho pasan de puntillas por el proceso judicial y su finalización con una sentencia viciada. Por el contrario, son los personajes lo que centra el desarrollo de la historia, y es en ese foco múltiple donde encontramos otros temas de interés. Las heridas fatales de la vida y su impacto en el carácter, en primer lugar. El afectado por la segunda injusticia –la de la resolución de homicidio- se convierte en otro, aspecto magistralmente construido por un actor tan importante como Leonardo Sbaraglia. Más allá de los pequeños retoques de maquillaje, su transformación de una mitad a otra de la película impresiona al espectador/a tan intensamente que hace innecesario que el guión nos cuente por dónde ha pasado para llegar hasta allí. La familia como fortaleza irracional y defensiva es otro asunto relevante que se trata con el mismo brío: tanto el verdadero culpable como sus padres deciden cerrar los ojos y continuar adelante, pese a su conocimiento de que alguien estaba cargando con su responsabilidad. La facilidad con que ponen en práctica, decisión a decisión, esa estrategia defensiva es tan creíble como lacerante. El “todo por mis hijos” es otro lema justificativo que hemos aprendido a respetar, y que como vemos se encuentra relacionado con el primero de los ámbitos de análisis del guión –el de los padres-coraje-. Finalmente aparece una justicia acomodaticia, simbolizada en esa toma en que la Fiscal mira distraídamente su teléfono móvil poco antes de iniciarse un juicio donde tanto se jugaba.

Hay que decir que tales mimbres, como suele ocurrir, podrían quedarse en nada o componer una gran película. Miguel Cohan hace que todo se incline hacia esto último con un montaje solvente, que enlaza los distintos puntos de vista en tomas cortas y hace que la narración avance exenta de sensacionalismos pero apasionante. Luego se permite un par de elipsis tajantes y nos sitúa en la realidad nueva del final de la película, donde el guión resuelve con sutileza un argumento que podía malograrse.

“Sin retorno” es un ejemplo del vigor con que el cine argentino sabe abordar grandes cuestiones, de su exigente escritura –principal carencia de la cinematografía española- y de la valía de sus intérpretes –estremecedor y veraz el momento en el que el chico “estalla” en presencia de su padre-. La colaboración, el intercambio y la mutua influencia con este país puede ser una de las salidas para el pozo en que continúa escarbando nuestro cine, a salvo contadas excepciones.


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