miércoles, 2 de marzo de 2011

“Mi perra tulip”, de J. R. Ackerley. El amor, ciertamente.


Estamos ante un libro excepcional que se encuentra entre los clásicos de lo que podríamos denominar “literatura animal”, pero se trata, ante todo, de una historia de amor sincera y emotiva que debería ocupar los más altos lugares en el apartado correspondiente de la preceptiva literaria. La sinceridad a que hemos aludido es responsable en buena medida de su valor: escribir sobre una mascota podría haber llevado la narración por los caminos despejados de la anécdota hilarante o la sensiblería. Ackerley no es un humorista ni un manipulador de trazo grueso, se trata de una persona asombrada que, al tiempo que recuerda, reflexiona sobre su asombro. Este sentimiento procede de su relación con la perra Tulip, a la que acogió tras ser rechazada de otra casa en la que había vivido en condiciones lamentables. El trato con ella hace el resto.

Uno, a estas alturas, desconfía de los libros que nos atrapan, más allá de su valor literario, con un lazo de afinidad o empatía derivadas de lo que cuentan. Para todos aquellos que hemos llegado en mitad de la vida, aproximadamente, al mundo de los perros, la obra de Ackerley nos afecta sin embargo con una intensidad especial que procede de la experiencia compartida y a la que es imposible sustraerse. Hasta que tuvimos la suerte de adentrarnos en ese territorio los animales resultaban algo lejano, a veces gracioso, a veces molesto y otras temible, una categoría de la realidad que en cuanto tal presentaba rasgos generales y hacía a sus miembros –“los perros”- completamente fungibles. Bestias que corretean, ladran, ensucian las aceras y, los mejor adiestrados, buscan y devuelven una pelotita con simpatía primero y aburrido automatismo después. De ahí que conocerlos con mayor profundidad pueda implicar una transformación en nuestro modo, no sólo de entenderlos, sino de contemplar la naturaleza entera.

Los perros son transparentes en sus sentimientos, su inteligencia, sus instintos heredados, esa información cultural que los científicos denominan “nemes” y que hacen que un animal que nunca ha vivido al aire libre realice ciertas acciones propias de sus ancestros (como rascar el suelo con una de las patitas traseras para enterrar los excrementos… en las muy urbanas aceras). Precisamente a causa de esa transparencia conocemos sus posibilidades y sus límites, y ahí radica el asombro. Porque tomar conciencia de ello nos sitúa en la perspectiva darwiniana de las especies como parte de un continuum evolutivo que difumina los escalones supuestamente “naturales” entre ellas. Desde niños hemos aprendido a contemplar a los animales en ese segundo nivel, y es claro que semejante carga cultural ha determinado el trato que les brindamos desde el principio de los tiempos. Así, las mascotas son juguetes, los animales de granja, elementos de trabajo, los destinados a la alimentación, meros portadores de carne y otros subproductos, y los que tienen la mala fortuna de ser ungidos con un valor “artístico”, torturados hasta morir entre aplausos. Desde el nazismo hemos aprendido que el primer paso para privar a otro de cualquier derecho es despojarlo del mínimo componente de dignidad: sólo entonces nos es permitido tratarlo como número, mercancía u objeto en todo caso utilizable con algún fin, aunque sea su propio exterminio. Esa es la carga cultural a que me he referido, el “escalón inferior” que tenemos tan interiorizado, y que condiciona nuestro comportamiento en relación a la naturaleza hasta extremos que bien conocemos.

Entonces, una persona dotada de la sensibilidad y la inteligencia que
hayan logrado sobrevivir a ese bombardeo de dogmas entra en contacto con los animales, al igual que le ocurrió a J.R. Ackerley. Y se descubre sintiendo cariño hacia ellos, pero también un camino de conocimiento del “otro” que no deja de proporcionarle sorpresas, preocupaciones, diversión y, ante todo, asombro. Esto es lo que narra el autor en un tono distanciado que lo hace, empero, tan próximo; porque Tulip aparece según es: una perra que tras haber sufrido en la primera fase de su vida intenta disfrutar de cada momento de la nueva, a su lado, con una libertad quizá excesiva y un sentimiento de pertenencia que sabemos reconocer: la de quien encuentra un lugar en el mundo, y se aferra a él. Los seres humanos lo manifestamos con recelos y actitudes defensivas. Tulip no quiere que la manoseen los veterinarios, rechaza a los galanes que la merodean, y sólo se siente verdaderamente feliz en compañía de su amigo Ackerley, ya sea dando paseos, aliviándose en frente de una verdulería o emancipada y salvaje en sus correrías por el bosque. Entremedias hay escenas que nos provocan la risa, y muchas más que nos inspiran ternura, sobre todo cuando el autor aprende a leer los sentimientos del animal en sus gestos. Mirar de frente a un perro y comprender que intenta decirte algo es una experiencia hermosa: ahí nos damos cuenta de que el lenguaje es algo mucho más amplio de aquello de lo que nos vanagloriamos. Los animales humanos escribimos tratados en los que analizamos las nuevas formas de comunicación entre nosotros, ya sea verbal o no verbal, con todo detalle: la vestimenta, los gestos, los olores, los sonidos que emitimos en aparente descuido, los códigos tatuados en la piel… Sin embargo continuamos menospreciando el lenguaje que los animales no humanos desarrollan al tratarnos: las señales con que nos comunican sus necesidades (comer, salir, defecar, jugar), o con que se solidarizan con nuestros estados de ánimo (saltarán alrededor si nos ven contentos, se tumbarán en nuestro regazo si estamos tristes o enfermos), amén de toda una serie de mecanismos gestuales que pueden llegar a ser tan sutiles que uno duda de que sean realmente ciertos. Cuando Ackerley nos dice que Tulip se sentía de tal o cual manera, o que le transmitía este o aquel mensaje, sabemos de lo que habla, y nos causa no poco regocijo al pensar que no estábamos equivocados: en nuestra mascota también hemos visto cómo nos advierte de que ha llegado una determinada hora en que solemos hacer algo, o que se ve imperiosamente sometida a un requerimiento fisiológico que no quiere satisfacer en casa, o que acaba de liarla parda, y trata de disimular, o que espera a que nos relajemos para liarla parda, si todavía no lo ha hecho, o que aborrece que nos dirijamos con afecto a quienes ve como competidores, o que no desea seguir paseando porque se estremece de frío, o que tiene miedo al dolor, al peligro y, sobre todo, al desamparo. Hay algo en lo que coincido particularmente con el autor: el rechazo a determinados programas de adiestramiento que convierten al animal es una especie de gadget que responde a las órdenes del “amo” como a los botones de un mando a distancia. Prefiere uno arrostrar los imprevistos del temperamento canino –nada serio, normalmente te partes de risa- antes que adoptar un peluche.

“Mi perra Tulip” es, pues, una historia de amor y de conocimiento. Entretenida y compleja, escrita con la elegancia y el esmero de la gran narrativa anglosajona. Incluso se permite algunas páginas de bello lirismo en el tramo final, que simboliza la comunión con la naturaleza a que ha conducido al autor ese camino de conocimiento: mientras Tulip explora el bosque con entusiasmo, Ackerley descubre la sangre de un abedul herido y de alguna manera se funde con él. Somos un todo, compartimos espacio y debemos tratarnos con respeto. Afortunados/as quienes llegan a comprenderlo, aquí se encuentra uno de los senderos secretos de la felicidad. El amor, ciertamente.


P.D.: La ilustración que he incluido en el post pertenece a una película de animación basada en el libro que se realizó en 2009. Es una belleza –no estrenada en España-.



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