viernes, 15 de abril de 2011

“Liberación animal”, de Peter Singer. La palabra que cambia el mundo.

Hay un puñado de libros que han cambiado el mundo, que han violentado los resortes de la historia atacando el modo en que la realidad se nos presenta. Es precisamente el paso del tiempo el que da cuenta de su magnitud. Muchos aspiran a lo mismo, pero los años los borran de nuestra memoria y los confinan en la subescala de la moda editorial o la celebración partidista. “Liberación animal” ha cambiado el mundo a la manera en que se hacen estas cosas: instalando ideas en nuestra conciencia colectiva con aparente suavidad e invulnerable firmeza. En la bibliografía animalista abundan otros tratados de corte filosófico que profundizan con mayor rigor en los conceptos que aquí se apuntan, pero el valor de este ensayo consiste en vincular el pensamiento con la exposición descarnada de una realidad que apenas imaginamos: la de la tortura animal sistemática sobre la que se sustenta buena parte de nuestra vida cotidiana. Es algo, en realidad, tan insoportable que debe ser suministrado en dosis informativas de adecuada proporción, porque el efecto rechazo que puede provocar termina obteniendo un resultado precisamente opuesto al que se espera.

La estructura del libro es impecable: comienza por desarrollar una serie de principios básicos del pensamiento animalista, o mejor decir del pensamiento propio de cualquier ser humano con una mínima capacidad de razonar, ajeno a prejuicios o militancias. Los animales sienten. Sienten miedo, dolor, alegría, desamparo, precaución, placer… Y esto, sencillamente, es lo que los hace acreedores de derechos y respeto. No se trata de escalafones procedentes de la religión o la ideología, sino de una verdad que apela a nuestro sentido común, a nuestra inteligencia, empatía o mera aptitud para percibir el sufrimiento ajeno. Tras esta breve pero precisa introducción teórica Singer nos toma de la mano, previo aviso, y nos lleva a contemplar directamente el infierno. Los siguientes capítulos recorren la experimentación supuestamente científica con animales y la industria cosmética y alimentaria. Es entonces cuando se producen los descubrimientos que hacen tan incómodo este libro: productos de uso común en nuestro día a día, desde lociones faciales a limpiadores de horno, han invadido las cuencas oculares de conejos durante días, hasta reventarles los ojos; la carne pulcramente envasada que consumimos procede de la tortura masiva de miles de aves de corral o terneros enjaulados en condiciones insoportables (grandes avances se han conseguido en los últimos veinte años: por ejemplo, que los animales puedan darse la vuelta en la jaula o extender las alas, que no les corten el pico masivamente -provocándoles heridas que generan quistes- para que no se peleen de puro estrés y perjudiquen el producto-; también hemos logrado que a los terneros se les proporcione hierro, pues evitaba hacerse para que la carne tuviese un aspecto más blanco y lamían las jaulas con desesperación, lo que ocasionaba daños, de nuevo, en el producto). Y aun más: los llamados "experimentos científicos" esconden verdaderas aberraciones que se asemejan a los juegos crueles de unos chiquillos que se entretuviesen diseccionando insectos; así, no imaginábamos que la mayor parte de esas pruebas enloquecidas no se realizan en el mundo de la medicina, con vistas a solucionar las grandes patologías que amenazan al ser humano, sino en el de la psicología, donde pequeñas especies, como ratones y cobayas, pero también crías de chimpancé, son objeto de estudios muy "interesantes", aunque no se sabe para qué: por ejemplo, induciéndoles la depresión, el desamparo y la soledad mediante el aislamiento en cápsulas, el rechazo artificioso de su madre con descargas eléctricas, etc. etc.

En este punto, el amable lector o lectora que no haya leído el libro podrá preguntarse de dónde procede todo ello: ¿teorías conspiranoicas, información gratuita de internet? Nada de eso. Y aquí nos encontramos con una de las circunstancias más esclarecedoras del estado de cosas: los datos que nos ofrece Singer son extraídos de las propias publicaciones científicas de ámbito universitario, o de las de las grandes empresas productoras, incluida en ambos casos la publicidad de la maquinaria apta para obtener la máxima rentabilidad con el mínimo incordio, esto es, con el máximo sufrimiento animal. ¿Y como es que semejante catálogo de perversidades es perfectamente público? Porque a fecha de hoy el ser humano, o mejor decir el varón-blanco-occidental-de clase media-alta, continúa convencido de que la naturaleza ha sido puesta a su disposición para permitirle un disfrute sin límites. Ni siquiera existe excesivo debate acerca de estas cuestiones, y cuando surge basta una sencilla manipulación de bajo nivel para solventarlo, que se resume en que todo es imprescindible porque, en último término, todo es en nuestro favor.

Claro que de cuando en cuando alguna asociación entra en las cámaras de tortura con la grabadora y entonces se nos ponen los pelos de punta. Y ahí sí que hay respuesta por parte de los torturadores, pero no a causa de un inesperado prurito ético, sino porque aparece ante sí el mayor de sus miedos: el castigo del mercado. Y éste es uno de los caminos que podemos emprender: discriminar con nuestras decisiones de consumo a aquellas empresas que fundamentan su rentabilidad en el sufrimiento de los animales no humanos. Es fácil informarse, circulan numerosos listados, y afortunadamente hay marcas que han optado por todo lo contrario: "venderse" como respetuosas con ese mínimo ético exigible.

El problema último, al que no es ajeno Singer, se halla en la intrínseca tanto al mero conocimiento de la situación como a la posterior toma de decisiones: preferimos no saber porque saber puede llegar a ser insoportable. Gestos cotidianos que realizamos en los supermercados alimentan esta industria atroz del sufrimiento, y si bien no cabe imputar más responsabilidad de la debida a unos consumidores a los que se mantiene en calculada ignorancia, es claro que también hay pasos adelante que podemos dar, cosas que podemos hacer. Singer no nos fuerza a adoptar una dieta vegana, a no vestir pieles o no consumir determinados productos. Pero hace algo revolucionario, completamente transformador, que explica el éxito del libro y sus constantes reediciones en todo el mundo a lo largo de treinta años: proporciona información. Sólo eso. Nada menos que eso. Y después de recibirla, nada vuelve a ser igual para nosotros.

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