martes, 12 de abril de 2011

“Todo está perdonado”, de Rafael Reig -a quien nada se le perdona-.

Como no vivimos en una isla desierta en la que, de cuando en cuando, se nos suministrasen libros arrojados quizá desde un aeroplano, resulta complicado sustraerse al ruido ambiental que ampara –o desampara- publicaciones como ésta. Cuando llega a nuestras manos es fácil que hayamos leído unas cuantas reseñas, lo que de por sí no tiene que provocar efectos secundarios siempre que uno trate de mantenerse atento a lo que se cuece entre líneas.

En este caso el cocido huele a receta prejuiciosa, con altas pretensiones y escasa capacidad para disimular su aroma a inquina personal. Algunas de las críticas que ha merecido la novela son de traca: comienzan por recordarnos que el autor es una especie de amargado comunista que disimula su permanente insatisfacción con ironía gruesa, y después de este aperitivo pasan a analizar el libro desde el punto de vista literario, como quien disecciona un ratón de laboratorio tras habernos explicado que es un marrano y se lo hace todo encima. Un lector más ingenuo, o mejor persona que el que suscribe, no puede evitar entonces que las tachas que merezca el libro se vean relacionadas con la personalidad de su autor, a modo de supuraciones de ésta. Así que si algo recomiendo para acercarse a la novela –a cualquier novela, en realidad- es cogerla, abrirla, disfrutarla y olvidarse de si Rafael Reig es o no fiel a los principios fundamentales del movimiento –progresista-.

Porque “Todo está perdonado” nos ofrece lo suficiente para convertirse en una de las lecturas del año: una escritura de altísima calidad construida mediante técnicas no canónicas –párrafos muy cortos, frases casi sueltas, ausencia de subordinadas-, narrativa, poética o ensayística cuando le place; una historia tan realista en su trasfondo como experimental en su exposición; y una toma de postura acerca de nuestra historia reciente muy poco habitual en la literatura contemporánea, presa aún del pudor postfranquista hacia todo aquello que huela a “novela de tesis”. Lo que en los años ochenta era una obsesión por explorar la psicología de las nuevas clases medias urbanas y europeístas –sus desamores, soledades y laberintos sexuales- se ha sustituido ahora por el entretenimiento policial y la vaga ostentación de modernidad de algunas propuestas supuestamente novedosas, y en realidad sostenidas por la última bocanada de corporativismo mediático antes del tsunami de Internet. Reig, fiel a sí mismo, a la memoria, el pensamiento y la palabra, plantea una excusa argumental para hablar de todo y de todos. Esta invocación a lo colectivo se encuentra presente en la voz del narrador que reconstruye no tanto su memoria cuanto la nuestra, la de un país llamado España y una transición hacia la democracia embridada por los dueños del pasado, o sea los de siempre, para conducirla hacia el lugar más adecuado para los dueños del futuro, o sea también los de siempre.

La historia que podríamos denominar central, el enigma de un asesinato, se dispersa en diversas muchas otras conectadas entre sí a través del empuje ético que alimenta la narración, esa toma de postura a la que hacíamos referencia, y entronca con una tradición que encuentra su mejor referente en el cine de Berlanga, con su multiplicidad de personajes a cuál más mezquino, con su sentido del humor de una acidez tan peligrosa que dudamos entre reírnos o arrojar el libro a un lado maldiciendo esta mierda de país; al igual que Berlanga, Rafael Reig resulta incómodo por insobornable, así que corre el peligro de ser apadrinado por unos y otros como un personaje simpático e inofensivo –de momento parece que no hay riesgo, su novela escuece-. Sin embargo la palabra escrita permite adoptar una distancia que no siempre nos concede el cine, y aquello que aportamos al libro como lectores es, en este caso, lo que nos coloca en una situación lo suficientemente molesta para que “Todo está perdonado” no pase como una simple obra de intriga o de humor: debemos reconocer al leerla que en mayor o menor medida hemos participado –y continuamos haciéndolo- del perdón a que hace referencia el libro. Que formamos parte, en masa y con alborozo, de esa “ciudad deportiva” que inteligentemente contrapone el autor a la “ciudad subversiva”. Que nos gobiernan los mismos que antes del brillo y esplendor democrático, lo que se hace especialmente evidente en esta época de “mercados” y bancos centrales en la cúspide de todas las cosas. Que todo cambió para seguir siendo como siempre, que incluso a los que “luchas por el pueblo”, el pueblo les molesta.

Tiene esta novela algo de nota disonante, pero no a la manera de un enfático puñetazo en la mesa de la aletargada novela contemporánea, sino como un eructo –poniéndonos celianos- o un sonido de teléfono móvil en mitad de una conferencia o un concierto. “Qué vulgaridad”, pensarán algunos; pero a otros los despertará y les hará reconocer que la perorata del ponente era una basura, o que los instrumentos sonaban desafinados. Todo ello a través de la escritura, de una excelente escritura. El arte también, y quizá sobre todo, es esto.

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