miércoles, 30 de noviembre de 2011

"Riofrío", de Santiago Muñoz Machado. V de Vendetta.


Este es un libro singular y plausible en cuanto a su propósito: recoge las reflexiones de un abogado con motivo de un largo y complejo proceso judicial en el que con frecuencia estima vulnerados sus derechos. Nos permite, por tanto, acudir a este escenario teatral —como con acierto él mismo lo describe— y conocer las entrañas de la obra. No abundan las reflexiones escritas y publicadas de los juristas sobre el desarrollo de su trabajo, y en este sentido es de agradecer que uno de ellos, notoriamente prestigioso, encare la tarea en el contexto arduo de una batalla judicial que adquirió relevancia pública y se alargó durante muchos años.

Claro que el contenido del libro no debe conducirnos al engaño de pensar que nos encontramos ante un texto jurídico, cuya lectura y valoración deba realizarse con las herramientas y el sentido propios del derecho. El autor ha escogido una forma conscientemente literaria, narrativa incluso, a modo de crónica personal de unos hechos vividos muy de cerca y en la que no faltan por tanto las apreciaciones surgidas del impacto emocional que el transcurso del procedimiento, con sus distintas fases, iba causando en él, así como digresiones de orden memorístico o intelectual que componen un texto de buen acabado artístico. Insisto en que, hallándose siempre el Derecho presente en los grandes debates de nuestro tiempo, de todos los tiempos, echamos en falta más testimonios de este tipo, especialmente cuando proceden de una pluma bien trabajada y una mente brillante como la del profesor Muñoz Machado.

Ahora bien: hagamos un punto y aparte en cuanto a la forma y abordemos el contenido. El proceso del que da cuenta tiene que ver con una instrucción abierta en la Audiencia Nacional a propósito de la supuesta vulneración del porcentaje de participación de una serie de empresas en la cadena de televisión Telecinco. La instrucción se prolongó durante años, y celebrado el juicio penal, la sentencia fue por completo absolutoria.

En las Facultades de Derecho se nos explica la diferencia entre verdad procesal y verdad material para hacernos entender que lo que se dilucida en el proceso judicial es realmente la primera, por mucho que las normas que lo regulen tengan como objeto descubrir la última —por así decir, la verdadera—. En efecto, a un abogado puede pasársele proponer determinados medios de prueba, de forma que algo de lo que se discute no quede acreditado en la causa, aunque ciertamente exista en la vida “real”, fuera de ella. El juez debe pronunciarse en torno a los elementos de juicio que se someten a su consideración en el pleito, y pretender por su parte ir más allá no sólo vulneraría unos cuantos derechos fundamentales, sino que lo dibujaría con la personalidad de un semidiós que se cree peligrosamente infalible, y que confunde sus deducciones con la única “verdad” posible. Algunos autores, singularmente Montero Aroca, han alertado sobre la tendencia de las normas procesales a extralimitar los poderes del juez en perjuicio del principio de aportación de parte, o lo que es lo mismo, la configuración del asunto a discutir por la vía primordial, que no exclusiva, de lo que cada uno de los contendientes sostenga y trate de probar en el transcurso del juicio.

Valga este excurso para poner de manifiesto que Muñoz Machado no nos habla en este “Riofrío” de lo que ha ocurrido en el proceso, sino de una verdad material que se deduciría de él y que puede resumirse en lo siguiente: siendo los imputados claramente inocentes, un juez prevaricador montó artificiosamente una causa contra ellos con el fin de satisfacer su ego en el intento de capturar una pieza pública de espectacular relevancia, nada menos que Silvio Berlusconi. El autor de este libro no se conforma con explicar la epopeya sufrida a lo largo de la batalla judicial que conduciría a su victoria en forma de absolución, sino que intenta que la conclusión inequívoca del lector sea ésa, que el señor juez se salta a la torera el Estado de Derecho, que es un peligro para todos, que merece ser condenado en la nueva causa que el propio escritor y abogado ha comenzado contra él.

No podemos acompañarlo en ese viaje. No, porque no nos resulta más fiable que cualquier opinión de parte que incurriese en alarmante tendenciosidad al articular su discurso. Y comencemos por una licencia retórica que se toma para formularlo: desdoblarse, en primer lugar, en “el abogado” (defensor) y “el profesor” (imputado), condición que se desvela al final —aunque no imaginamos a quién podría confundir— de una manera bastante ingenua, y que desde luego no hace que tomemos una mínima distancia con respecto al punto de vista del autor; y en segundo y más relevante lugar, evitar en todo momento nombrar al juez, decisión por completo absurda, o mejor decir maniquea: “el juez” pasaría a ser de ese modo una amenaza objetiva que debería hacernos a todos sentirnos implicados con la peripecia de los investigados; sin embargo, tanto éstos como las diversas circunstancias de la causa se nos relatan con suficiente explicitud, de forma que ¿cómo no saber que se trata de Baltasar Garzón? El caso es que “el profesor” o “el abogado” no quiere ni mentarlo en su afán por presentarse como escrupuloso defensor de la justicia y el Estado de Derecho; podría ser cualquier juez, parece decirnos.
Pero no podría ser cualquier juez. Porque de otro modo no cabe explicar la publicación de este libro (que recopila y reescribe una serie de artículos procedentes de una revista especializada de difusión mucho menor) justo en el momento en que acaba de ser defenestrado, por iniciar una investigación contra el franquismo, en un proceso promovido nada menos que por la Falange. Aparece ahora esta crónica elegante y educada para coger otra piedra del suelo y arrojarla sobre el cuerpo medio enterrado. Y aparece también, cómo no pensarlo, para reforzar la nueva batalla judicial que el autor ha comenzado contra Garzón, con motivo de los delitos que éste habría cometido al instruir el anterior procedimiento.
Muñoz Machado relata irregularidades procesales, filtraciones a la prensa, actuaciones arbitrarias del juzgador… muchas de las cuales, como el propio escritor reconoce, constituyen los delitos por los que debería ser condenado. Este relato indudablemente parcial se despeña de cuando en cuando por la elocuencia de su lenguaje y los caracteres que a través de él se nos presentan: Berlusconi es un tipo encantador, leal con los suyos, simpaticote, extrañado por los desmanes de la justicia tercermundista española (a los italianos les sonarán ahora estos argumentos); “el juez”, además de ególatra enloquecido, resulta ser un manipulador, un jurista grosero y una persona vulgar que supuestamente hunde la cara en una tarta de merengue para celebrar uno de sus éxitos. A este merece la pena referirse: la causa que inició contra Pinochet y a la que Muñoz Machado, de nuevo pacato, se refiere en unos términos que revelan mejor que ningún otro su posición moral: “dictadorzuelo jubilado”, lo llama, y entonces lo entendemos todo. Ay, cómo traicionan las palabras. Frente a los calificativos e incluso motes (“juez Vidriera”) que le merece Garzón, Pinochet es una especie de figura de opereta, y el proceso que buscaba su enjuiciamiento, una extravagancia sin mayor interés. Sustituyamos “dictadorzuelo jubilado” por “genocida” o “asesino de masas” o “torturador fascista” y la iniciativa de Garzón cobra otros tintes, ¿verdad?
El libro termina siendo así un thriller de buenos (los honestos empresarios y sus asesores en las operaciones mercantiles de alto nivel) y un malísimo, y la moraleja es que a cualquiera de nosotros podría aparecérsenos el ogro en cualquier momento. Vigilemos el Estado de Derecho (o mejor, la libertad de mercado), que nos lo comen… El discurso es sobradamente conocido.

Qué curioso y diverso es el mundo éste de la abogacía. Por un lado encontramos a profesionales empecinados en la defensa de los derechos humanos, gente que arriesga a diario su vida y que ha hecho avanzar al mundo a golpe de sacrificio; en medio, la mayoría de compañeros que en el día a día ejercen su trabajo de la mejor forma posible en defensa de los intereses de sus clientes, se trate del tema que se trate, mediante la aplicación de las herramientas del derecho, y sometidos a no pocas presiones; en el otro extremo encontramos a juristas pulcros especializados en los “grandes ratios”, entendiendo por tales la confección de entramados mercantiles más o menos legales con el fin de que los que tienen mucho dinero tengan muchísimo más dinero, y a ser posible eviten ser importunados por el fisco, la seguridad social o los mismos jueces. Bien es verdad que llevamos treinta años escuchando que esto último es lo que sostiene el mundo, la creación de riqueza, las oportunidades para todos… En una proporción de uno para ti y diez mil para mí, claro, lo que hace necesario que sigan existiendo abogados del segundo grupo, y por supuesto del primero al que me he referido. Por lo general esa clase de profesionales del entramado y la macrooperación, así como los clientes a quienes asesoran, cuentan con abundantes medios materiales para que dinero no tenga olor ni sabor, vuele, se difumine y se multiplique con eficacia y discreción. Frente a ello, de escasas herramientas dispone tanto la administración pública como los juristas que defienden a los trabajadores o pequeños propietarios.

Este libro contribuirá sin duda al apuntalamiento del discurso del mercado, la creación de riqueza, el trabajo como regalo divino… Y lo hará muy bien, porque se encuentra enriquecido por no pocas citas intelectuales: jurídicas, filosóficas, literarias… Mucho Huizinga, Orwell y Calamandrei (hay que tener cuajo para aplicar a su caso el opúsculo de este autor en defensa del derecho en plena época nazi… otra hipérbole significativa), pero nada de ello, en realidad, consigue que identifiquemos la verdad procesal vivida y ganada por el autor con una realidad material que nunca conoceremos, y menos aún que identifiquemos la absolución de una serie de imputados con la prevaricación del juez instructor. La buena prosa y el aliento intelectual no son suficientes para encubrir la miseria moral con que Muñoz Machado ejecuta su venganza y, provisto de un hacha en forma de libro editado por un sello comercial, arranca otro trozo de leña del árbol caído.
Dentro de cien años Baltasar Garzón será recordado, entre otras cosas, por haber proporcionado consuelo y una elemental justicia a las víctimas de algunos de los crímenes más repugnantes de la historia de la humanidad. De Muñoz Machado quedarán, con seguridad, sus estudios jurídicos menos perdurables (por la propia evolución legislativa); y, en la memoria de algunos pocos, su eficiente contribución a una cierta creación de riqueza. Lo demás, a los tribunales.


(Actualización o coda escrita el 14 de febrero de 2012: Garzón ha sido condenado por prevaricación a raíz de las escuchas del caso Gürtel. Repasando este post me agrada comprobar la frase con que finaliza: lo demás, a los tribunales. Así ha ocurrido, y a diferencia de muchos la sentencia del Supremo no me incita a salir a la calle y manifestarme. Creo tanto en la imparcialidad del juicio técnico-jurídico como en la parcialidad del relato narrativo.  Esta última me resultaba molesta en el libro de Muñoz Machado, mientras que a la primera nada debo objetar. Determinados juicios te llevan a tomar partido, pero esa actitud tiene el alcance limitado del contexto en que se ha producido: el personaje del "abogado-profesor" del libro termina siendo un narrador manipulador que suscita rechazo, y que te lleva a colocarte del lado del objeto de sus odios. Eso no supone que uno se haga del club de fans de Garzón. En otro contexto podría haber dicho que siempre fue un instructor bienintencionado aunque zarrapastroso -algo imperdonable en derecho, el reino de la precisión y el rigor-, un escritor nefasto y un ególatra tan beneficioso para las grandes causas como peligroso para sí mismo. Ahora ha acabado su tiempo. Legítima es la sentencia, que apuntala el derecho de defensa, y legítimo es el libro de Muñoz Machado. La primera, la acatamos. Al segundo le damos cera. Porque -y ahí está la clave que parece no haber entendido el autor- ambas no son la misma cosa). 

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