23 de marzo de 2011
23 de marzo (diario de la bestia): la novela arrumbada, el misterio, la primera frase.
21 de marzo de 2011
21 de marzo (diario de la bestia): Foster Wallace, True Faith.
Something's got a hold on me
I get this feeling I'm in motion
A sudden sense of liberty
I don't care 'cause I'm not there
And I don't care if I'm here tomorrow
Again and again I've taken too much
Of the things that cost you too much
I used to think that the day would never come
I'd see delight in the shade of the morning sun
My morning sun is the drug that brings me near
To the childhood I lost, replaced by fear
I used to think that the day would never come
That my life would depend on the morning sun...
When I was a very small boy,
Very small boys talked to me
Now that we've grown up together
They're afraid of what they see
That's the price that we all pay
Our valued destiny comes to nothing
I can't tell you where we're going
I guess there was just no way of knowing
I used to think that the day would never come
I'd see delight in the shade of the morning sun
My morning sun is the drug that brings me near
To the childhood I lost, replaced by fear
I used to think that the day would never come
That my life would depend on the morning sun...
I feel so extraordinary
Something's got a hold on me
I get this feeling I'm in motion
A sudden sense of liberty
The chances are we've gone too far
You took my time and you took my money
Now I fear you've left me standing
In a world that's so demanding
I used to think that the day would never come
I'd see delight in the shade of the morning sun
My morning sun is the drug that brings me near
To the childhood I lost, replaced by fear
I used to think that the day would never come
That my life would depend on the morning sun...
14 de marzo de 2011
25 de marzo: contra el maltrato animal.
14 de marzo (diario de la bestia): Japón, Montero y Reig, La viuda de Saint-Pierre.
Nuestra herida japonesa
Estuvimos allí una sola vez, pero sabemos de ese “mal de Japón” que afecta (o no) a quienes conocen ese país. Si te gusta, si te atrapa, lo hace de una manera más intensa que cualquier otro lugar. A partir de entonces te sientes unido a él y los ojos se te quedan prendidos en cualquier noticia referida a la sociedad nipona, aunque sea con el habitual tratamiento despectivo que le ofrecemos en occidente. Por eso ahora es inevitable sentir mucho dolor ante lo que sucede, e imaginar ese mundo de gente amable e ingenua destrozado por una violencia inconcebible. Sin embargo, al mismo tiempo, confiamos en su capacidad de lucha, su sentido de lo correcto y su disposición para la unidad. Seguro que salen adelante, otras veces lo han hecho. Es tiempo de sonreírles como hacen ellos cuando los visitamos.
Montero y Twitter
Entrevista en El País Semanal a Rosa Montero con motivo de la aparición de su novela “Lágrimas en la lluvia”, que promete ser, quizá, la mejor de las suyas. Entrevista emotiva por algunas circunstancias personales e interesante en sus reflexiones sobre la escritura. Pero, como suele ser habitual, nos obsequia una de esas verdades evidentes que las y los intelectuales necesitan iluminar, de tan ocultas que se encuentran por la faramalla periodística habitual. Y se trata de algo tan simple como que Twitter es una estupidez. Y que el problema de su supuesta trascendencia para el devenir de los tiempos radica en que los medios de prensa que le dan relieve están dirigidos por generaciones ajenas a esa tecnología. Los niños de hoy crecen manejando las TIC con tanto facilidad como en sus tiempos se hizo con el teléfono, o la radio. Pero para algunas cabezas pensantes del periodismo, no deja de constituir un “fenómeno fascinante” lo que Rosa Montero define como “el parloteo de los chavales” de toda la vida. Y así es. Produce sonrojo leer que “los internautas dicen” o que “la reacción en Twitter no se ha hecho esperar”. Cuestión diferente es su potencial como vía de transmisión rápida de mensajes. Pero tras esos mensajes tiene que haber algo, una dirección hacia alguna parte, un pensamiento. Que un famoso diga que se encuentra a punto de comerse una gamba, o que doscientos mil usuarios anónimos nos informen minuto a minuto de sus nimiedades, sin otra elaboración que un lenguaje similar a la parodia expresiva de los indios en las películas antiguas, todo eso, de verdad, no va a cambiar el mundo. Si acaso lleva camino de empobrecerlo intelectualmente con la idea de que la única manera legítima de expresar el raciocinio y la creatividad humanas cabe en un puñado de caracteres. “Toy entrando en el metro”, “qué buenos están los boquerones de casa Manolo”, “Iniesta se merece el oro de balón” (con permiso de Delafé), “Cisne negro es una obra maestra”, “Cisne negro es un truño”… Volviendo a la legitimidad, produce repugnancia ver cómo mucha gente se la arroga en la red no por su capacidad, insisto, de crear o de pensar, sino sólo por la posibilidad técnica de “estar ahí” y soltar en dos palabras lo que le sale de los huevos. Así ocurre en los blogs de algunos escritores relevantes que de vez en cuando visito, es increíble cómo, sin venir a cuento, los “internautas” llenan incluso sus posts más neutros de comentarios repletos de odio, protegidos por el anonimato de la red (quisiera verlos, ay, hablando en público en un buen foro, sosteniendo su discurso y replicando el ajeno… ja). Uno se siente bien recogido en su modesto anonimato bestiajunglero, porque tengo claro que si la cosa se disparase de alguna manera –por ejemplo, a raíz de UCDP- cerraría este blog a los comentarios. Esto no es un foro democrático, sino mi casa, y en mi casa, aunque tenga las ventanas abiertas y se vea su interior, entra quien yo quiero. Internet sí que es un foro democrático, cree usted su blog en cinco pasos y llénelo de pensamiento, si lo hay…
Lleva razón Rosa Montero: el parloteo de los chavales, ni más ni menos, con todos sus pros y sus contras. Pero sólo eso.
Rafael Reig y el libro público
En relación con lo anterior, publica Rafael Reig un artículo excelente en ABCD en el que reflexiona sobre la aparición histórica del volumen de hojas cosidas frente a la lectura aleatoria y dispersa de las hojas sueltas. Destaca con ello las virtudes del libro como objeto compartido, abierto al debate público. El libro es aquello que todos leemos o podemos leer. Y hay infinitos para elegir. Cabe decir lo mismo de la prensa, aun con todas sus limitaciones e intereses más o menos ocultos. ¿Qué ocurre con la lectura deslavazada y profundamente individualista de la red? Pues justo lo contrario: se trata de una experiencia masiva, pero contradictoriamente subjetiva. Sí, bien, podemos comunicar unos a otros lo que leemos con mayor facilidad, pero no deja de tratarse de una mínima parte –un artículo, una noticia- que se verá seguramente apilada en la bandeja de entrada del correo electrónico junto con tres mil cosas más. En realidad todo es acorde con el signo de los tiempos, el “la sociedad no existe, sólo los individuos” de estirpe tatcheriana, con el que se intentan desmenuzar las ideas para su consumo no compartido. No vaya a ser que arraigen, la gente abra los ojos, y la liemos. No cabe duda de que la libertad de la red conlleva numerosos beneficios, pero no podemos caer en la trampa de concebir ese radical individualismo como uno de ellos.
La viuda de Saint-Pierre
13 de marzo de 2011
Pauline en la Playa en la Llotja, Elche.
Los discos de Pauline no aceptan su empleo como ruido de fondo, cuando nuestra atención está en otros asuntos y cualquier cosa nos distrae. Requieren más bien una escucha reposada en casa, con el libreto en la mano y la atención pendiente de los matices musicales y las palabras –la lluvia en los cristales y el fuego de leña no son imprescindibles, pero tampoco estorban-. Así que uno siempre tiene curiosidad por el modo en que se interpretan en directo. ¿Puede una receta de alta cocina prepararse y repartirse masivamente en una comida campestre? Pues todo depende del cocinero/a (la terminación femenina casi sobra, por cierto, en el mundo macho-gastronómico-ibérico, donde a excepción de Ruscalleda parece que el techo de cristal ha ido atizando sin piedad contra las cabezas de las guisanderas, pero éste es otro tema…), y del buen gusto de los comensales.
Funcionó lo primero en Elche el pasado sábado con una actuación espléndida. Las canciones, en directo, adquieren más fuerza sin perder poesía, se subraya el ritmo e invitan incluso al bailoteo. Las más delicadas permanecen bonitas y emocionantes, como “Tendencias de sastre”, sin duda una de las mejores, y la complejidad de los arreglos se solventa con la solvencia de una banda ajustada y eficaz. Pero quizá la clave se encuentre en que se lo pasan bien, o al menos esa es la impresión que dan, resulta llamativo ver cómo la batería o el teclista-saxo-clarinete-chicoparatodo tararean las canciones. Y luego están ellas, una más Lennon, y la otra más… Martes y Trece. Desde el inicio se espera el momento en que Mar descorche su labia y nos haga sonreír, el sábado quejándose de la distancia Gijón-Elche, las horas de furgoneta a 110 (ya será menos, alguna multa de radar caerá), los gastos del viaje y “los sueldos de éstos”, señalando a sus músicos. Divertida, entrañable y excelente en guitarra y coros. Al igual que Alicia con su voz tan personal en el panorama del pop español, que da mayor valor a unas canciones de por sí notables, y ese carisma sin estridencias de escritora brillante. Hubo temas del último disco, casi todos, y algunos ‘grandes hitos’ de los anteriores. Los muy fans echamos de menos el repertorio del maravilloso “Silabario”, pero me imagino que para los directos, en especial en ciudades pequeñas, habrá que optar por lo más accesible.
Al final montaron su tenderete de merchandising –allí Mar vendiendo camisetas, y uno se figura de que si se hubiese estropeado un foco cogería la escalera, un destornillador, y listo-, y se fueron tras dejarnos con una sonrisa en los labios y buena música en la cabeza.
Lo que distingue a la gente verdaderamente grande es su incapacidad para tomarse demasiado en serio, mientras que sí lo hacen con su trabajo, como es el caso. Pauline en la Playa componen excelentes discos, y su interpretación en directo se encuentra a la misma altura. Descubridlas ya, si aún no lo habéis hecho, antes de que en un futuro llegue la etapa de los álbumes homenaje y la mitología de culto.
P.D.: en la era de Spotify es indignante que la gente acuda a un concierto sin saber de qué va el grupo. Siempre hay alguno –son chicos-. Pero lo que es intolerable es que ese personaje nos toque una y otra vez al lado. De verdad, ya ha ocurrido antes. Están ahí, se toman una copa y, sobre todo, hablan y hablan sin parar con alguna santa, por lo general, que los soporta. Te mueves a un lado y a otro, y los pierdes de vista, pero de repente, cuando oyes los primeros acordes de una de tus canciones favoritas y la expectación te agita, reaparecen como los psicópatas de serie B tras haberse caído desde la azotea. En este caso el destino nos adjudicó un fulano que parloteaba sin parar intentando ligar con una chica, propósito noble, sin duda, pero para desarrollar en su puñetera casa. Os aseguro que el famoso vídeo de John Galliano se queda en una coreografía de Enrique y Ana comparado con las barbaridades que dijimos Nuria y yo sobre el sujeto en cuestión. Uno tiene fe en eso de que el arte nos hace mejores, pero Pauline en la Playa, como dije al principio, no vale como ruido de fondo. Así que este chico está por ahí, suelto, libre, en las calles de Elche, e igual de cafre que antes del concierto. Si os tropezáis con él –lo reconoceréis, habla mucho- espero que tengáis el valor que nosotros no tuvimos para ajusticiarlo.
8 de marzo de 2011
8 de marzo (diario de la bestia): nosotras.
5 de marzo de 2011
5 de marzo (diario de la bestia): Pa negre, Las hordas, el fúmbo, Clara, un poco de frivolidad, novela interruptus, Richter.
4 de marzo de 2011
“La mosquitera”, de Agustí Vila. “Sin retorno”, de Miguel Cohan. La mancha marrón.
El caso es que vivimos en la edad dorada de la manzana, al menos en teoría. Cada vez existen más variedades, aunque sospechosamente los sabores no cambian demasiado. Pero por encima de todo presentan un rasgo común que como mínimo es inquietante: su perfección. Da igual que nos inclinemos por la Golden, la Royal Gala o la Fuji: todas parecen perfectas, como si se tratase de réplicas de cera en vez de productos naturales sometidos a mil invasiones e inclemencias. Podemos aclarar fácilmente el enigma con el modo actual de producción, las cámaras donde las conservan durante años antes de sacarlas a la venta, los productos con que las tratan, responsables sin duda de la estupidez generalizada, como un efecto secundario... Claro que a veces la madre tierra se revela, y cuando les pegamos el primer mordisco crujiente e insípido, nos encontramos con una pequeña mancha marrón en su corazón. Y el contraste nos causa mayor rechazo que si esas señales de podredumbre se encontrasen, honestas, en el exterior de la fruta. La imagen impecable con que se nos ofrecen esconde una corrupción decisiva en cuanto rompemos la primera capa.
Valga esta metáfora para hablar de dos películas de reciente estreno y notable valor. Ambas atraviesan la piel reluciente de la manzana y descubren la turbiedad oscura que avanza desde el centro de su carne blanca, y que terminará acabando con ella.
“La mosquitera” se ocupa de la familia, ese gran campo de batalla donde
se desarrolla lo mejor y lo peor del ser humano. Un guión preciso y una dirección de actores inmejorable bastan para que con un puñado de personajes y escenas se realice un diagnóstico antropológico y social de primer orden. Además de entretenernos nos proporciona conocimiento de esa peculiar manera en que lo hace el arte: sin demagogias, ni siquiera discursos, colocando la cámara frente a los actores y actrices con morosidad, rodeándolos de silencio para que sólo los oigamos a ellos y nos detengamos en sus gestos, de forma que podamos comprender lo que realmente les pasa, nos pasa. Una pareja equivocada, que sólo recurre a sí misma para guarecerse frente a la incertidumbre, tras sendas excursiones extramatrimoniales en las que experimentan con el único fin de satisfacer su ego, sin reparo hacia el daño que puedan ocasionar a otros; un hijo adolescente cuya única salida es estar permanentemente drogado, sin que nadie repare en ello –son geniales las escenas en que le “dialogan” con él sin darse cuenta de que no está en condiciones de responder, da igual, el solipsismo radical de sus padres no necesita, ni desea, respuesta o interlocución alguna; una madre que maltrata con sadismo disfrazado de amor a su niña pequeña, en las escenas seguramente más elegantemente atroces del cine español contemporáneo; la mujer inmigrante, con hijo a su cargo y sin recursos, obligada a pensar sólo en sobrevivir y pese a todo, ay, cayendo en la trampa de los sentimientos; del mismo modo, los episodios en los que el señor progre-burgués trata de utilizarla como desahogo afectivo-sexual pero sin que lo parezca, sin perder nunca “las formas” y “el respeto”, son de una inteligencia prodigiosa, resultan perturbadoras y nos hieren con más eficacia que cualquier alegato humanitario; los abuelos enfermos, ya fuera del mundo, salvajes y crueles en su sinceridad.Este es el panorama estremecedor que nos presenta una película hábil, sarcástica y valiente, con una buena mano directora que aprovecha los espacios cerrados, los silencios y los diálogos educadísimos, pero terribles, para componer esa mosquitera que por aislar a los personajes del exterior los confina en un espacio enfermizo. Personajes, por cierto, que dan fe de la capacidad de las y los intérpretes españoles para hacer algo grande -Eduard Fernández y Emma Suárez, geniales- cuando hay un guión trabajado y un cineasta talentoso de por medio.
“Sin retorno” adopta una perspectiva más amplia y una técnica diferente.
Se trata de un thriller que sirve de excelente vehículo para revelarnos la mancha marrón que afecta a la justicia y aquello que denominamos “opinión pública”. Aunque, cómo no, el microcosmos familiar también se encuentra de por medio, a fin de cuentas esa concepción chata de la familia que hemos heredado culturalmente la define como el fundamento o embrión de la sociedad entera. De ahí que ambas películas se complementen, pues tras haber conocido el vacío y la suciedad que revela la primera, comprendemos mejor lo que nos cuenta la segunda.Un joven fallece atropellado en un accidente automovilístico. Su padre adopta el rol de “padre-coraje” para pedir justicia en las televisiones y tratar de investigar por su cuenta en vista de la lentitud e inoperancia de los medios oficiales. Y aquí encontramos un primer tema que se aborda con rigor y no poca asunción de riesgos: el respeto reverencial que merecen esa clase de personajes que aparecen en los medios como portadores de un dolor, ciertamente, incuestionable y como reclamantes de justicia con que repararlo en alguna medida. Es tal el impacto que su, en principio, justificada exhibición de sufrimiento provoca en la opinión pública que de ahí a considerarlos portadores de la verdad hay un pequeño paso. En nuestro país hemos conocido algún caso lamentable de juicio paralelo motivado precisamente por el empecinamiento de un padre o una madre en señalar a un culpable. La fuerza de sugestión que proyecta el desgarro acaba por convencer a todos de que ha sido como ellos piensan, por encima de los indicios, o las pruebas. Lo terrible es cuando ese encantamiento se traslada a la justicia con resultados fatales, sobre todo porque a él se une la dificultad para esclarecer los hechos y el ansia subsiguiente por encontrar una salida fácil. Esto es lo que ocurre en “Sin retorno”, donde una sucinta investigación termina por localizar a un culpable idóneo azuzada en gran medida por el impulso del padre de la víctima.
Sin embargo el interés de los creadores de esta película no se quedaba ahí, y de hecho pasan de puntillas por el proceso judicial y su finalización con una sentencia viciada. Por el contrario, son los personajes lo que centra el desarrollo de la historia, y es en ese foco múltiple donde encontramos otros temas de interés. Las heridas fatales de la vida y su impacto en el carácter, en primer lugar. El afectado por la segunda injusticia –la de la resolución de homicidio- se convierte en otro, aspecto magistralmente construido por un actor tan importante como Leonardo Sbaraglia. Más allá de los pequeños retoques de maquillaje, su transformación de una mitad a otra de la película impresiona al espectador/a tan intensamente que hace innecesario que el guión nos cuente por dónde ha pasado para llegar hasta allí. La familia como fortaleza irracional y defensiva es otro asunto relevante que se trata con el mismo brío: tanto el verdadero culpable como sus padres deciden cerrar los ojos y continuar adelante, pese a su conocimiento de que alguien estaba cargando con su responsabilidad. La facilidad con que ponen en práctica, decisión a decisión, esa estrategia defensiva es tan creíble como lacerante. El “todo por mis hijos” es otro lema justificativo que hemos aprendido a respetar, y que como vemos se encuentra relacionado con el primero de los ámbitos de análisis del guión –el de los padres-coraje-. Finalmente aparece una justicia acomodaticia, simbolizada en esa toma en que la Fiscal mira distraídamente su teléfono móvil poco antes de iniciarse un juicio donde tanto se jugaba.
Hay que decir que tales mimbres, como suele ocurrir, podrían quedarse en nada o componer una gran película. Miguel Cohan hace que todo se incline hacia esto último con un montaje solvente, que enlaza los distintos puntos de vista en tomas cortas y hace que la narración avance exenta de sensacionalismos pero apasionante. Luego se permite un par de elipsis tajantes y nos sitúa en la realidad nueva del final de la película, donde el guión resuelve con sutileza un argumento que podía malograrse.
“Sin retorno” es un ejemplo del vigor con que el cine argentino sabe abordar grandes cuestiones, de su exigente escritura –principal carencia de la cinematografía española- y de la valía de sus intérpretes –estremecedor y veraz el momento en el que el chico “estalla” en presencia de su padre-. La colaboración, el intercambio y la mutua influencia con este país puede ser una de las salidas para el pozo en que continúa escarbando nuestro cine, a salvo contadas excepciones.
2 de marzo de 2011
“Mi perra tulip”, de J. R. Ackerley. El amor, ciertamente.
Estamos ante un libro excepcional que se encuentra entre los clásicos de lo que podríamos denominar “literatura animal”, pero se trata, ante todo, de una historia de amor sincera y emotiva que debería ocupar los más altos lugares en el apartado correspondiente de la preceptiva literaria. La sinceridad a que hemos aludido es responsable en buena medida de su valor: escribir sobre una mascota podría haber llevado la narración por los caminos despejados de la anécdota hilarante o la sensiblería. Ackerley no es un humorista ni un manipulador de trazo grueso, se trata de una persona asombrada que, al tiempo que recuerda, reflexiona sobre su asombro. Este sentimiento procede de su relación con la perra Tulip, a la que acogió tras ser rechazada de otra casa en la que había vivido en condiciones lamentables. El trato con ella hace el resto.Uno, a estas alturas, desconfía de los libros que nos atrapan, más allá de su valor literario, con un lazo de afinidad o empatía derivadas de lo que cuentan. Para todos aquellos que hemos llegado en mitad de la vida, aproximadamente, al mundo de los perros, la obra de Ackerley nos afecta sin embargo con una intensidad especial que procede de la experiencia compartida y a la que es imposible sustraerse. Hasta que tuvimos la suerte de adentrarnos en ese territorio los animales resultaban algo lejano, a veces gracioso, a veces molesto y otras temible, una categoría de la realidad que en cuanto tal presentaba rasgos generales y hacía a sus miembros –“los perros”- completamente fungibles. Bestias que corretean, ladran, ensucian las aceras y, los mejor adiestrados, buscan y devuelven una pelotita con simpatía primero y aburrido automatismo después. De ahí que conocerlos con mayor profundidad pueda implicar una transformación en nuestro modo, no sólo de entenderlos, sino de contemplar la naturaleza entera.
Los perros son transparentes en sus sentimientos, su inteligencia, sus instintos heredados, esa información cultural que los científicos denominan “nemes” y que hacen que un animal que nunca ha vivido al aire libre realice ciertas acciones propias de sus ancestros (como rascar el suelo con una de las patitas traseras para enterrar los excrementos… en las muy urbanas aceras). Precisamente a causa de esa transparencia conocemos sus posibilidades y sus límites, y ahí radica el asombro. Porque tomar conciencia de ello nos sitúa en la perspectiva darwiniana de las especies como parte de un continuum evolutivo que difumina los escalones supuestamente “naturales” entre ellas. Desde niños hemos aprendido a contemplar a los animales en ese segundo nivel, y es claro que semejante carga cultural ha determinado el trato que les brindamos desde el principio de los tiempos. Así, las mascotas son juguetes, los animales de granja, elementos de trabajo, los destinados a la alimentación, meros portadores de carne y otros subproductos, y los que tienen la mala fortuna de ser ungidos con un valor “artístico”, torturados hasta morir entre aplausos. Desde el nazismo hemos aprendido que el primer paso para privar a otro de cualquier derecho es despojarlo del mínimo componente de dignidad: sólo entonces nos es permitido tratarlo como número, mercancía u objeto en todo caso utilizable con algún fin, aunque sea su propio exterminio. Esa es la carga cultural a que me he referido, el “escalón inferior” que tenemos tan interiorizado, y que condiciona nuestro comportamiento en relación a la naturaleza hasta extremos que bien conocemos.
Entonces, una persona dotada de la sensibilidad y la inteligencia que
hayan logrado sobrevivir a ese bombardeo de dogmas entra en contacto con los animales, al igual que le ocurrió a J.R. Ackerley. Y se descubre sintiendo cariño hacia ellos, pero también un camino de conocimiento del “otro” que no deja de proporcionarle sorpresas, preocupaciones, diversión y, ante todo, asombro. Esto es lo que narra el autor en un tono distanciado que lo hace, empero, tan próximo; porque Tulip aparece según es: una perra que tras haber sufrido en la primera fase de su vida intenta disfrutar de cada momento de la nueva, a su lado, con una libertad quizá excesiva y un sentimiento de pertenencia que sabemos reconocer: la de quien encuentra un lugar en el mundo, y se aferra a él. Los seres humanos lo manifestamos con recelos y actitudes defensivas. Tulip no quiere que la manoseen los veterinarios, rechaza a los galanes que la merodean, y sólo se siente verdaderamente feliz en compañía de su amigo Ackerley, ya sea dando paseos, aliviándose en frente de una verdulería o emancipada y salvaje en sus correrías por el bosque. Entremedias hay escenas que nos provocan la risa, y muchas más que nos inspiran ternura, sobre todo cuando el autor aprende a leer los sentimientos del animal en sus gestos. Mirar de frente a un perro y comprender que intenta decirte algo es una experiencia hermosa: ahí nos damos cuenta de que el lenguaje es algo mucho más amplio de aquello de lo que nos vanagloriamos. Los animales humanos escribimos tratados en los que analizamos las nuevas formas de comunicación entre nosotros, ya sea verbal o no verbal, con todo detalle: la vestimenta, los gestos, los olores, los sonidos que emitimos en aparente descuido, los códigos tatuados en la piel… Sin embargo continuamos menospreciando el lenguaje que los animales no humanos desarrollan al tratarnos: las señales con que nos comunican sus necesidades (comer, salir, defecar, jugar), o con que se solidarizan con nuestros estados de ánimo (saltarán alrededor si nos ven contentos, se tumbarán en nuestro regazo si estamos tristes o enfermos), amén de toda una serie de mecanismos gestuales que pueden llegar a ser tan sutiles que uno duda de que sean realmente ciertos. Cuando Ackerley nos dice que Tulip se sentía de tal o cual manera, o que le transmitía este o aquel mensaje, sabemos de lo que habla, y nos causa no poco regocijo al pensar que no estábamos equivocados: en nuestra mascota también hemos visto cómo nos advierte de que ha llegado una determinada hora en que solemos hacer algo, o que se ve imperiosamente sometida a un requerimiento fisiológico que no quiere satisfacer en casa, o que acaba de liarla parda, y trata de disimular, o que espera a que nos relajemos para liarla parda, si todavía no lo ha hecho, o que aborrece que nos dirijamos con afecto a quienes ve como competidores, o que no desea seguir paseando porque se estremece de frío, o que tiene miedo al dolor, al peligro y, sobre todo, al desamparo. Hay algo en lo que coincido particularmente con el autor: el rechazo a determinados programas de adiestramiento que convierten al animal es una especie de gadget que responde a las órdenes del “amo” como a los botones de un mando a distancia. Prefiere uno arrostrar los imprevistos del temperamento canino –nada serio, normalmente te partes de risa- antes que adoptar un peluche.“Mi perra Tulip” es, pues, una historia de amor y de conocimiento. Entretenida y compleja, escrita con la elegancia y el esmero de la gran narrativa anglosajona. Incluso se permite algunas páginas de bello lirismo en el tramo final, que simboliza la comunión con la naturaleza a que ha conducido al autor ese camino de conocimiento: mientras Tulip explora el bosque con entusiasmo, Ackerley descubre la sangre de un abedul herido y de alguna manera se funde con él. Somos un todo, compartimos espacio y debemos tratarnos con respeto. Afortunados/as quienes llegan a comprenderlo, aquí se encuentra uno de los senderos secretos de la felicidad. El amor, ciertamente.
P.D.: La ilustración que he incluido en el post pertenece a una película de animación basada en el libro que se realizó en 2009. Es una belleza –no estrenada en España-.