Contemplo
con inquietud desde la lejanía mediterránea cómo mi tierra de nacimiento se ve
sometida a diversos terremotos culturales. Inquietud personal, en primer lugar,
porque temo que lugares que siempre visitábamos -hasta convertirse en una
referencia entrañable-, como el centro de arte LABoral, puedan desaparecer. Las
noticias se han ido sucediendo: la dimisión de Rosina Gómez-Baeza, el
esperpéntico cierre del Niemeyer, la incertidumbre sobre la Semana Negra , la destitución de
Cienfuegos al frente del festival de Cine de Gijón… Hechos que por encima de
cualquier otra consideración se han producido con pésimas formas, y sin
alternativas claras e ilusionantes, en lo que en definitiva parece el habitual
ejercicio de cainismo propio de la política española. La lectura de los
titulares provoca una reacción de inmediato rechazo hacia las autoridades que
han adoptado tales decisiones, a menudo con modales tabernarios impropios de
una posición institucional, y al mismo tiempo la empatía propia de quienes de
una u otra manera nos hemos sentido siempre ligados al mundo cultural. No nos
han convencido, en el caso del Niemeyer por poner un ejemplo, las acusaciones
de irregularidades en las cuentas -pese a sus inquietantes perfiles a los que
luego me referiré-, puesto que carecen de credibilidad desde el momento en que
no se inician las acciones judiciales correspondientes. La legitimidad política
de Foro Asturias necesita convertirse en legitimidad cultural mediante la
aportación de proyectos solventes. De no ser así, la formación política
ganadora de las elecciones pasará a la historia democrática reciente como un
burdo ejemplo de revanchismo y estrategia de tierra quemada, sin otro logro que
el daño que hacen a determinadas personas -triste mérito- y el del desprestigio
en que sumen a una tierra amable y querida en el resto de España.
Ahora
bien. He hablado de la lectura de los titulares porque la cuestión va
adquiriendo matices a medida que uno profundiza en las noticias; profundizar,
digo, a la manera contemporánea, que no sólo se detiene en los medios de prensa
habituales, sino en la repercusión que las noticias generan en foros, blogs y
redes sociales. Últimamente he seguido el asunto del Festival de Cine de Gijón
y he reconocido algunas voces y comportamientos que me han hecho pensar en que,
al igual que a los cuerpos abotargados por los excesos y el sedentarismo, no
viene mal que de vez en cuando se aplique al mundo cultural una sesión de
drenaje y una buena purga. Frente a la elegancia y firmeza con que el director
destituido, José Luis Cienfuegos, ha salido defendiendo su gestión, los cinfueguistas han comenzado a
manifestarse –en sentido literal y figurado- a través de distintas vías con
unas formas y contenidos que dejan a los responsables políticos asturianos como
perfectos y ecuánimes caballeros.
La
alcaldesa de Gijón ha explicado que la relación que unía a Cienfuegos con el
Ayuntamiento era un contrato de asistencia técnica. Con peores maneras Cascos
ha declarado que “aquí no hay fijos de plantilla”. Lo que nos sitúa ante un
primer y relevante aspecto de la cuestión: la naturaleza jurídica de esa
vinculación entre el director del festival, como ocurre en muchos otros casos,
responde a lo que podríamos calificar como un cargo de confianza política.
Confianza por cuanto no se fundamenta en la celebración de un proceso
licitatorio renovable cada cierto tiempo, y en el que fuese posible la
presentación de alternativas tanto nacionales o internacionales que sometiesen
al criterio de los órganos decisorios la posibilidad de abordar la organización
del festival desde distintas perspectivas. Se trata en cualquier caso de un
procedimiento estrictamente legal y plausible en la medida en que se apueste
por dar continuidad a la dirección técnica de un determinado evento o servicio.
A nadie debió extrañar, por tanto, el nombramiento de Cienfuegos en su día, más
allá de las discrepancias –con mayor o menor fundamento- que siempre suscitan
esta clase de decisiones. Y aquí está la clave del asunto: produce sonrojo
observar los aspavientos con que ese personal variopinto que denominamos “los
cinfueguistas” ha reaccionado ante la noticia de su sustitución al frente del
festival. Y es que uno tiene la sensación de que los hayan echado de su casa,
vaciado su nevera y arrojado los enseres por la ventana. Ah, claro. Es música
conocida.
Los
creadores y creadoras jóvenes, así como en general las y los técnicos,
gestores, investigadores y demás integrantes del mundo cultural recién salidos
de la universidad entenderán perfectamente a qué me refiero. Constituye, de
hecho, uno de los motivos fundamentales de la imparable desafección de buena
parte de los votantes de entre dieciocho y treinta y pocos años con los
partidos de izquierda, cuando antaño eran su colchón electoral natural. Ha
estudiado durante muchos años, han leído y visto todo lo preceptuado para
formarse, han trabajado altruistamente o en condiciones en que la dignidad se
salvaguarda por los pelos y, sin embargo, no hay manera. Desde hace dos o tres
décadas una especie de oligarquía se ha aposentado a la derecha del padre –de
la administración pública, vaya- y han encarnado, como dioses modernos, la idea
de la Cultura. Ellos son la Cultura , la única posible,
la única que existe. Lo que conlleva, por supuesto, la acaparación de cargos,
subvenciones, becas y demás canonjías. Han ido tejiendo una red de contactos al
ritmo en que se desarrollaba la configuración del Estado Social-cuando todo era
más fácil y había menos competencia- hasta llenarlo de una tupida capa de
telarañas en la que hasta al aire le cuesta abrirse paso. Las generaciones
posteriores, por supuesto, tenían ya su papel adjudicado: el de espectadores,
cuya función se limitaba a llenar las salas de esos eventos gratuitos –que en
realidad pagaban ellos o sus padres vía impuestos-, aplaudir y admirar a los
únicos depositarios de las nobles virtudes culturales. En Asturias, como en
muchos otros lugares –y hablo desde la Comunidad Valenciana ,
desgraciadamente el más podrido de todos-, hay unos literatos oficiales, unos
cineastas oficiales, unos músicos oficiales, unos conferenciantes oficiales…
Gente que lleva veinte años organizando eventos, publicando libros y revistas,
prodigándose en bolos y talleres, viajando por España o el extranjero a cargo
del erario. A riesgo cero, por supuesto. Uno de las sorpresas más chocantes que
puede uno llevarse cuando toma distancia es la del escaso valor de todo lo que
hacen. Cuando vivía en Asturias asistí a numerosas conferencias y
presentaciones de libros o revistas en las que se hablaba de tal o cual persona
o publicación con caracteres míticos, o de grupos de artistas que marcaban
época. Basta sin embargo empezar a moverse por otros lares para que uno se de
cuenta de que en Madrid, Andalucía, Cataluña o la Comunidad Valenciana
prácticamente nadie conoce ni de nombre a tal o cual figura imprescindible, que
los grandes méritos de esto o lo otro apenas llegan como lejanas noticias a la
gente más informada, que lo indudablemente sólido, todo aquello que te hacía un
resentido o un miserable si lo cuestionabas, era de cartón piedra.
La
crisis económica ha traído como lema infame aquello de “se acabó la
fiesta”, cuando la gran mayoría de los
ciudadanos nunca estuvieron invitados a ninguna de las que existieron. La
fotografía de la España
de las últimas décadas vino bien representada en la serie de televisión
“Crematorio”: un alcalde o un concejal de urbanismo, un constructor, parajes
arrasados, lujos vulgares, inmigrantes esclavizados, un equipo de fútbol,
champán y sonrisas. Lo que ha quedado de todo ello lo estamos viviendo ahora, y
me satisface haberlo comentado mucho tiempo atrás. Sin embargo no estaría de
más que desde el mundo cultural, a quien se le presume mayores y mejores elementos
de juicio, se hiciese un poco de autocrítica. Porque en ese ámbito también hubo
una fiesta, sin duda mucho más modesta que las anteriores, pero no por ello
menos reprochable desde la ética: presupuestos inflados, contenedores vacíos
–como los famosos aeropuertos-, certámenes amañados, una frivolidad insultante
en los gastos, perpetuación de caras por afinidades “de partido”… Eso sí,
mientras que el contexto del ladrillo nadie tenía la necesidad de justificarse,
sino que bastaba simplemente con “crear riqueza” –para los promotores de la
cosa en el más amplio sentido de la palabra-, en el cultural siempre se ha
procurado amparar la vida regalada de los urdidores de la tela de araña en
solemnes declaraciones: esto es la
Cultura , nosotros la creamos y administramos para el pueblo…
amén. Así escuchamos ahora en el corifeo de cinfueguistas afirmaciones tan
paletas como “por aquí pasó Tom DiCillo” que provocarían risas sino causasen
tristeza. Porque estamos hablando de dinero público. Estamos hablando de una vinculación
inevitable con la política: la misma que en su día nombró, y ahora puede
remover, ni más ni menos. Pero esta clase de “intelectuales”, gente culta y
sensible, dicen, han conseguido verse en el espejo como Dorian Gray:
inmaculados, ajenos a los toscos avatares de la trifulca partidista. Al
encarnar a la diosa Cultura entre los hombres, consideran que deben mantenerse
inmunes a cualquier vulgar cuestionamiento de su actuación. Uno se puede
acordar de la madre de cualquier concejal, constructor o dirigente
futbolístico. Pero ni mentar al organizador de tal o cual evento, al director
de aquella revista, o al conferenciante habitual que día sí y día también se
pasea por centros educativos y culturales. Eso convierte a la masa espectadora
en sospechosos de fascismo, liberalismo, mercantilismo y otros males nefandos.
Y
es que, a pesar de que la política no los toca, cuando hace falta suelen
presentarse no sólo como deidades de la cultura, sino de la propia izquierda. Pero
sólo cuando hace falta claro, es decir, cuando les tocan el bolsillo, porque si
en otras ocasiones se precisa acudir en socorro de las opciones políticas o
sociales progresistas (partidos, sindicatos, colectivos diversos) suelen
desaparecer, ya que conocen el peligro de linchamiento y lo evitan –en realidad
muchos de ellos son verdaderos expertos en el “estado de bienestar propio”-. Nos
cuentan que a través de sus decisiones artísticas defienden a la izquierda, el
progreso, el arte arriesgado, le hacen frente al mercado, a los americanos, a
la iglesia y a los ejércitos si se tercia. Claro que basta someter ese
izquierdismo a determinados test, como puede ser el de género, para que el
escenario se caiga a pedazos. Abunda tanto la misoginia y el colegueo entre los
administradores del erario público cultural que al final vienen a ser la cara
opuesta de la misma moneda, donde en el anverso o reverso, según se mire,
encontraríamos al concejal de urbanismo y al constructor que hemos citado
antes.
Los
cinfueguistas se han encargado ya de fusilar a Nacho Carballo, el nuevo
director del Festival de Cine de Gijón. Recuerdo que uno de mis momentos de
extrañamiento, de esa sensación de decir “espera espera… algo no es como me
cuentan”, que diría Millás, fue al ver un enlace que colgaban en Facebook de
una entrevista que un periódico regional había realizado a Carballo. Antes de
leerla eché un vistazo a los comentarios: hablaban de su arrogancia
escandalizados, de su ignorancia en términos burlescos, era un facha que iba a
traer a Gijón a Paco Martínez Soria redivivo, un incapaz cuyo mérito único
consistía en su amistad con el hijo de Cascos… Luego abrí la entrevista y me
llevé una sorpresa. Nada era como me lo contaban. No había demasiadas cosas
relevantes, ni se apuntaba un proyecto definido e interesante, ciertamente,
pero desde luego tampoco se encontraba uno con Martínez el Facha presentando Cine
de Barrio. De hecho, para la que le está cayendo, Carballo se está mostrando
bastante conciliador, yo no tendría seguramente tanta paciencia. Los tribunales
me han enseñado a entender y aceptar la discrepancia como algo natural, pero
también a defender mi verdad –que a veces no es la buena- con vehemencia,
especialmente cuando de contrario se pasan en el énfasis. A lo mejor procede de
ser hijo de minero, pero no hay nada que más me reviente que un señorito, es
decir, aquel que se siente parte de una casta invulnerable y natural receptora de beneficios por razones
de cuna, de riqueza o de posición social. La cara A de la moneda a la que antes
me refería –concejales, constructores…- suelen aducir como barrera frente a
cualquier atisbo de interés por sus actuaciones eso de “he dado mucho trabajo”.
La cara B nos muestra los nombres de Abbas Kiarostami o Hal Hartley como una
suerte de documento que les confiere inmunidad diplomática –y, por cierto, en
el mundo del cine se combinan sin complejos tales gustos supuestamente
exquisitos con una ignorancia supina en materias como la literatura, pues no
son pocas las ocasiones en que los textos que se manejan en las películas
(guiones, adaptaciones) provienen de verdaderos materiales de derribo-.
Cuando
vi las fotos en la red de Nacho Carballo –normalmente ilustrando una retahíla
de exabruptos- recordé que había coincidido con él hará unos veinte años en un
curso de creación literaria celebrado en la Universidad de Oviedo.
Por entonces era un universitario apasionado por el cine que intentaba
adentrarse en la técnica de la escritura. Mis intereses iban más encaminados a
la literatura misma, y compartíamos charleta vocacional al acabar las clases.
Después le perdí el contacto, hasta que ahora lo veo tomando posesión de su
propia tumba –permítaseme la broma-. Pero no es esto de lo que quiero hablar,
sino de aquel curso concretamente. Hacía poco tiempo se había puesto en marcha la Escuela de Letras en
Madrid. Por primera vez en nuestro país se impartían al máximo nivel enseñanzas
de escritura creativa, a cargo de algunas de las figuras más conspicuas de lo
que se dio en llamar “la nueva narrativa española”, gracias a las cuales se
introdujo la modernidad en la novela española. Procedentes de la escuela
benetiana, a través de ellos accedimos a tradiciones narrativas que rompían con
el esquematismo realista de los autores que hasta entonces se nos habían
presentado como canónicos. Publicaban en editoriales como Anagrama, Alfaguara,
Debate o Plaza y Janés, y habían juntado fuerzas para poner en marcha, con
carácter privado, aquella iniciativa innovadora. Sus clases se impartían en
Madrid, y tenían un precio casi prohibitivo, pero se llenaban. Uno, que residía
en Mieres, soñaba con ese golpe de bonoloto que me permitiese dar el salto a la
capital y pasar un año formándome con la voluntad de un opositor a notarías. La
bonoloto no llegó, pero sí algo parecido. Un par de profesoras de literatura de
la Universidad
de Oviedo pusieron en marcha un convenio entre esta institución y la Escuela de Letras, de
forma que los profesores de ambas impartirían una docencia especializada en
escritura creativa allí, a veinte minutos de mi casa. Huelga decir que pocas
veces me he sentido tan arrastrado por una ilusión. Y que pocas veces me llevé
un batacazo mayor. La cosa comenzó bien, sobre todo las clases más teóricas a
cargo de los docentes universitarios. Un par de escritores también firmaron
algunas sesiones memorables, y he de admitir que su valoración y consejos
contribuyeron a apuntalar mi vocación narradora. Pero pronto empezó a degenerar
el asunto por parte de la “rama madrileña”: impuntualidades, clases sin
preparar o malgastadas con frivolidad en anécdotas y chismes, olvidos,
sectarismos transparentes que convertían su tiempo en una especie de ajuste de
cuentas propio de las revistas del corazón… Avanzado ya el curso tuvimos una
especie de catarsis colectiva con las directoras del mismo. Y allí salieron a
la luz otras cuestiones. A diferencia de lo que hacían en la Escuela de Letras, buena
parte de aquella enseñanza venía subvencionada por la Universidad de Oviedo,
de forma que para los alumnos resultaba mucho más asequible, mientras que los
honorarios de los escritores se veían intactos o superados. El problema era
otro, y a pesar del tiempo transcurrido recuerdo la frase literal con que una
de las profesoras ovetenses lo expresó: “cada vez que esta gente estornuda le
cuesta una pasta a la universidad”. Se alojaban en los mejores hoteles, pasaban
facturas completamente obscenas, con conceptos tan previsibles, tan de mal
guión picaresco, como whiskeys añejos y puros carísimos. La única jornada –o a
lo máximo dos- que pasaban en Oviedo llevaban un tren de vida que desde luego
no repetirían de regreso a Madrid en el resto del año. Pagaba la universidad
pública, es decir, mis padres, entre otros. Recuerdo también haber tocado fondo
en una ocasión en que tuve que ir a clase después de un problema en el negocio
familiar donde venía aprendiendo lo que era trabajar desde los trece años: se
habían obturado unas tuberías en los pisos superiores al garaje que
utilizábamos como almacén de productos de papelería. Subido en una escalera
bajo el hueco que nos habían hecho en el cielo raso, y a pesar de que se había
advertido a los vecino que no utilizasen los retretes, alguien decidió que
tenía todo el derecho ciudadano a tirar de la cadena, con lo cual me vi literal
y metafóricamente cubierto de mierda. Después de una ducha, cogí el autocar y
me fui a clase. No recuerdo cuál de los fumadores de habanos tocaba, pero sí
que me hice seriamente la pregunta: “qué hago yo aquí”. Valga la anécdota para
poner de manifiesto cuántas veces tras los nombres rimbombantes, las doctrinas
de refinada abstracción, las sesudas teorías sobre el futuro del arte, uno
rasca y encuentra mariscadas apocalípticas y whiskeys añejos.
Y
valga también, simplemente, para afirmar que nada, y en especial en estos
tiempos, se encuentra libre de valoración, crítica, redefinición o
sencillamente supresión cuando hablamos de dinero público. En unos tiempos en
que derechos absolutamente básicos se están royendo sin disimulo, en que mucha
gente, con trabajo o sin él, está viendo afectada su dignidad de una manera
irreparable, no caben compartimentos estancos. No caben ni para la cara A a la que antes me he referido
–véase la Comunidad Valenciana
donde vivo… poco a poco, pero van cayendo-, ni tampoco para la cara B. Nada más alejado de mi intención
que el discurso rancio que contrapone necesidades básicas y cultura, puesto que
si de algo adolece la gestión cultural en este país es de su incapacidad por
hacer comprender a la sociedad el ingente valor económico y potencial de
desarrollo que atesora. Pero precisamente por su contenido material la
actividad cultural debe estar sometida a análisis, auditoría y, en el caso de
cargos de confianza, decisión estratégica al igual que cualquier otro sector. Y
sobran esos suspiros, vahídos y alzamientos de barbilla de caballeros
ofendidos.
José
Luis Cienfuegos ha defendido su gestión económica y nada hay que pueda
reprochársele, según parece, en ese aspecto; al contrario de lo que ha ocurrido
en el centro Niemeyer, donde la ligereza completamente inmoral de algunas “justificaciones”
de gastos que se pasaron a cargo de lo público puso muy fácil el
desmantelamiento de un proyecto cultural a garrotazos (ya veremos lo que cuesta
reparar la imagen dañada). La legitimidad de la nueva etapa que se abre en el
Festival de Cine de Gijón habrá de ganarse año a año desde el punto de vista
del contenido. Pero este pésimo comienzo, con manifestaciones, burlas de todo
tipo en las redes sociales, boicots de abajo firmantes y demás parafernalia
acabarán poniéndoselo mucho más fácil a Carballo de lo que sus crucificadores
pretenden. Y da muestra, desgraciadamente, de que para algunas personas lo
público les pertenece por derecho natural. En mi trabajo como abogado de litigios me dedico actualmente a defender a la administración pública, y he aprendido a
tener bastante respeto por lo que es de todos, ya que en ocasiones mi trabajo
consiste en hacer fuerza para detener los embates que tratan de derribar la
puerta del castillo, aunque a veces, paradójicamente, procedan por vía
indirecta de su propio interior.
He
titulado este post con un guiño a aquella película descacharrante que se nos
vendió el año pasado como la culminación del arte cinematográfico. La batalla
por el Festival de Cine de Gijón se ha celebrado, hasta ahora, entre dioses (y
aquí no incluyo al director destituido). Espero que el nuevo equipo gestor esté
formado por simples hombres y mujeres que traten de hacerlo lo mejor posible,
sea cual sea su criterio. El tiempo habrá de juzgarlos, y el gusto del
amplísimo e infinitamente diverso público cultural. Pero mientras llega ese
momento sólo hay una postura digna frente a un linchamiento: ponerse en el
lugar del linchado.