domingo, 22 de enero de 2012

Citas acotadas (I)

Jaume Cabré en 'El Cultural':

"descubrí que los personajes de mi segundo libro me estaban atrapando de tal manera que necesitaba distanciarme, porque me salpicaban (...) Dije: "corten" y a partir de ese momento me distancié, porque era una ficción. Y me dije que era muy inteligente. Lo malo es que al acabar el libro sólo pude avergonzarme de mí mismo como escritor (...) A partir de ese momento me di cuenta de que lo que valía la pena era vivir con ellos. Si no, la escritura no tiene sentido, al menos para mí. La vida literaria es un trayecto lento y largo, de evolución lenta, pero hay una serie de bases que no puedes abandonar"

Las grandes novelas sobreviven en el tiempo por la creación de personajes. Ahí tenemos el año Dickens, y su condición intacta de tótem literario por mucho cibertexto y demás merchandising cultureta de ese que se nos vende. Crear personajes es sentirte acompañado por ellos, pero también sufrir a su lado, reírte, ensuciarte con sus barros, pelear para que venzan las dificultades que uno les pone -como en esas partidas de ajedrez en que los jugadores se retan a sí mismos-, echarlos de menos cuando faltan. Al terminar 'Una cuestión de prueba' sentí que se me iban unos buenos amigos. Ahora que han vuelto, aunque aún no los he visto, disfruto preparando su recibimiento. Que entre ellos y yo seamos capaces de hacer una gran novela está por ver. Pero que intentándolo viviremos juntos una experiencia insustituible es ya seguro. Son las bases que uno no puede abandonar. 



Jane Gardam ('El viejo juez'):

"en alguien condicionado a llevar una vida de actor (como cualquiera que se desenvuelve en el mundo de la abogacía)...".


El misterio de la abogacía: caminos inciertos y esquivos de la humildad para conquistar pequeños territorios del ego. El abogado pide justicia con la mirada unos centímetros más baja que la del juez, reconociéndole su mejor condición, ofreciéndole argumentos a considerar como un tendero que dibujase un arco con las palmas de las manos sobre sus cajas de fruta. El abogado habla con los clientes de igual a igual, solidarizándose con sus injusticias, transmitiéndoles una empatía que dura lo justo para extraer de ellos toda la información necesaria, incluso esa que no nos quieren dar y suele ser la más importante. El abogado trata con testigos y peritos hostiles, que aborrecen verse en vueltos en algo que les es ajeno, o que consideran que sus conocimientos superan con mucho la vana charlatanería del leguleyo, y lo hace agachando de nuevo la cabeza, al igual que los animales admiten con un gesto la fortaleza de otro y se someten, aunque sea para a continuación darles un zarpazo; cuántas veces sus interlocutores comienzan esas entrevistas desde una posición inamovible, para acabar, tras muchas sonrisas, comentarios halagadores y sugerencias, tomando nota de lo que deben decir o hacer. El abogado se dirige al resto de los llamados 'operadores jurídicos' (funcionarios, procuradores, profesionales diversos relacionados con la justicia) convirtiéndose en compañero que entiende sus desdichas, que se ve acuciado igualmente por ellas, y que en mitad de esas catarsis colectivas se las arregla para deslizar una petición que suele verse inmediatamente respondida. 

Sí, un trabajo de actores. De modestia tan persistente como poco sincera. De maniobras de aproximación y disimulo. Días, semanas o meses de caminar agachado para de repente levantarse y sonreír como para el espejo: justo después de leer la sentencia, en la soledad del camerino.

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