domingo, 22 de enero de 2012

"El niño perdido", de Thomas Wolfe. La lírica del funeral.


Thomas Wolfe ha pasado a la historia literaria por la singularidad de una obra narrativa que, siendo paradigma del exceso, consigue mantener intacta la calidad en el fluir inacabable de su prosa. La saga narrativa que inicia "El ángel que nos mira" es, como bien expresó Faulkner, un fracaso exitoso, pues tal era su ambición que de por sí resultaba irrealizable. El afán fundamental de Wolfe consistía en atrapar la vida en palabras con una minuciosidad fotográfica. Tanto era así que una escena cualquiera podía alargarse durante decenas de páginas, en las que las conversaciones, los gestos y el entorno de los personajes eran descritos con la obsesión de quien buscase pistas de un misterio inexistente, más aún que simples detalles. Sus grandes novelas no hubiesen sido posibles, de hecho, sin la intervención del editor Maxwell Perkins, al que habría que reconocer su condición de coautor de obras tales como "Del tiempo y del río". Perkins supo apreciar el talento de aquella fuerza de la naturaleza literaria y trató de encauzarla de alguna manera. Reestructuró, podó y enseñó a Wolfe que, a fin de cuentas -y en palabras de Goethe-, el arte y la vida son dos cosas distintas: por eso una se llama arte y la otra, vida. Inútil propósito el de convertir la narrativa en una suerte de transcripción magnetofónica. Para la historia queda, no obstante, esta fotografía entrañable del escritor con uno de sus manuscritos, que sobresalía de la caja de madera en que lo transportaba. La imagen es también un homenaje a la vocación y a la capacidad de trabajo. Para el abajo firmante recordar a Thomas Wolfe es rejuvenecer veinte años, cuando descubrí en sus textos a un espíritu afín y a un maestro de indagación psicológica, creación de personajes vivos y empuje narrativo. 


Pero hay otro Wolfe apenas conocido en el mundo editorial español, el autor de relatos y nouvelles que, a decir verdad, no deben considerarse estrictamente como tales. El novelista que es no sabe o no quiere cambiar de registro, de forma que en estos textos más cortos no existe una estructura cuentística en cuanto tal, sino que constituyen episodios o incluso digresiones que bien pudieran formar parte de cualquiera de sus novelas. Encontramos en ellos la misma escritura barroca e impulsiva -abundante en adjetivación y uso de exclamaciones y puntos suspensivos con los que expresar la deriva del pensamiento-, la inexistencia de una trama, ya que no le interesan tanto los hechos cuanto las emociones que provocan, y la peculiar voz de los narradores, a la que podríamos calificar de nerviosa, como cuando alguien necesita contarnos algo muy importante y es tal la fuerza con que lo intenta que de vez en cuando necesita rehacer el propio relato, quizá porque a su entender demasiadas cosas se le estaban olvidando o no llegaba a reflejar los hechos en su profundidad. 


Hace unos cuantos años podía encontrarse por las librerías de viejo un tomo con dos relatos ("Tengo algo que deciros" y "No hay puerta") publicado por Caralt. Ahora Periférica rescata este "El niño perdido" que seguramente se trata de la mejor pieza corta de Wolfe, y una buena vía de enganche a sus obras mayores. Fiel a su interés por el material autobiográfico, convierte a su familia en personajes a través de los cuales reflexionar sobre la muerte de un hermano pequeño. El libro se configura a modo de funeral donde se concitan los recuerdos de unos y otros, precedidos por una primera parte en el que un narrador en tercera persona da voz al propio niño fallecido, en un instante en apariencia sencillo pero fundamental en su vida, y que desde el punto de vista literario funciona como un memorable ejercicio descriptivo. La plaza en que se encuentra es el centro del universo, y durante varias páginas asistimos a una verdadera celebración de los sentidos en la que nada es ajeno a la mirada del autor: la lluvia, los aromas, el movimiento de personas y vehículos, los escaparates frondosos y coloridos, las voces de los otros que llegan por azar, el espacio mudable y el caminar lento del tiempo. En esta pequeña pieza que abre el relato aparece el estilo característico de Wolfe, el que lo ha hecho clásico e inimitable -baste imaginarse, al lector que no lo conozca, semejante riqueza verbal prolongada durante ochocientas páginas-. Las tres partes posteriores pertenecen a los puntos de vista de la madre, la hermana mayor y el propio autor. Sorprende el primero de ellos por un tono ajeno a cualquier desgarro o sensiblería: con una templanza no exenta de emotividad la madre recuerda los instantes previos al derrumbe, y nos muestra a una mujer demasiado gastada por los avatares de la vida para permitirse un instante de melodrama. El siguiente capítulo, el de la hermana, nos suena a conocido: concretamente a los monólogos de los personajes faulknerianos, especialmente en El ruido y la furia. Ambos autores publicaron sus obras mayores en la misma década, y no cabe duda de la influencia que ejercieron el uno en el otro. Finalmente llegamos a la parte en que el propio autor toma la voz narrativa en primera persona y completa el velatorio: pese a las semejanzas con el estilo de la primera parte, ahora Wolfe se vuelve más delicado y lírico, y termina con una frase conmovedora que parece despedir a un espíritu y reclamar sosiego para quienes lo han invocado: "mi hermano y mi amigo, el niño perdido, se había marchado para siempre y no regresaría nunca jamás".

La publicación de este libro resulta oportuna para reivindicar a un autor que merece ser revisado, que presenta el mayor interés para los lectores exigentes de cualquier tiempo y una parada ineludible para quienes se vean tentados por la misma vocación que Wolfe trató de encerrar en grandes cajas de madera, afortunadamente sin ningún éxito. 

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