viernes, 6 de enero de 2012

"El verano sin hombres", de Siri Hustvedt. Temblor.



En un notable libro anterior de corte autobiográfico ("La mujer temblorosa") abordaba Siri Hustvedt los trastornos nerviosos, su dificultad de diagnóstico y la peculiar posición, ante el mundo y ante sí mismos, en que sitúan a quien los padece. Como una suerte de prolongación creativa de aquella obra surge esta su última novela, al colocar en el centro de su ficción a una de esas mujeres afectadas, en términos cercanos a la histeria, por el derrumbamiento psicológico que sigue a un hecho traumático. Mia Fredricksen, narradora y protagonista, es abandonada por su marido tras treinta años de matrimonio, y esta circunstancia la afecta de un modo que va más allá de lo que nos dicen sus palabras. Ahí está quizá el mayo valor de la novela, puesto que con habilidad -no sabemos hasta qué punto consciente- la autora traza una doble línea en el discurso de la narradora: por un lado es ella misma la que nos manifiesta el dolor que padece, la que expone sus razones y las del otro con ánimo más de explicar que de persuadir a quien la lee, todo ello mientras relata sus vivencias en el retorno al lugar de su infancia, especialmente en lo que se refiere al trato con otras mujeres (de ahí el título, suponemos) pertenecientes a muy distintas generaciones; sin embargo hay otra realidad que vive la protagonista y a la que accedemos a través de los pasadizos que nos descubre su voz temblorosa, el tono crispado de algunos párrafos, su percepción dubitativa de la realidad, la existencia de determinados episodios que no sabemos si achacar o no a su imaginación... A lo que podemos añadir los dibujos que de cuando en cuando interrumpen la prosa, las citas a libros de otros autores y a una especie de diario que la narradora va componiendo. Algo va mal, por tanto, y no es precisamente (o no sólo) lo que ella quiere indicarnos. 

¿Es suficiente ese logro para sostener un libro? Nos tememos que no, pues al fin y al cabo la construcción de una voz original debe tener como destino último aquello que quiere contarnos. Y esto resulta ser más bien poco. Los encuentros, conversaciones, modestas intrigas sentimentales y supuestos análisis de la condición femenina en sus diversas edades (las amigas de su madre, las alumnas de sus talleres) resultan tan desvaídos que las páginas del libro van transcurriendo son dirección alguna, para acabar precisamente en la llegada mas previsible, que no adelantaré para no fastidiar a quien se decida a leerla. Y es que el temblor literario se hace tan presente que inunda por completo la obra, y apenas podemos sacar conclusión alguna de lo que ha supuesto para la protagonista ese "verano sin hombres", ese aprendizaje o recuperación quizá del universo femenino, e incluso nos decepciona que, a tenor del final, el verano en Bonden le haya servido de poco.

Da la impresión de tratarse de uno de esos libros en que la escritura surge y se impulsa por el desarrollo de la voz narrativa, pero tal vez hubiese sido necesario un período de detenimiento para reflexionar sobre cuál era su propósito. A medio camino entre la literatura experimental y la novela que con la misioginia habitual el marcado suele calificar de "femenina", la verdad es que "El verano sin hombres" se queda en tierra de nadie. Su recta hubiese venido seguramente de la mano de una mayor decisión por parte de la autora, esto es, de haber tenido el valor de llevar la fragilidad emocional de la protagonista hasta sus últimos términos -ahondar en la locura-, o bien de haber trabajado mejor las historias más novelescas de su regreso al hogar. Lástima. 

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