lunes, 20 de febrero de 2012

"Trabajos forzados", de Daria Galateria. Lavorare Stanca. (Y unas consideraciones sobre la era de la "cultura libre").

La mera existencia de este libro da fe de una anomalía, al menos vista desde el momento presente: el hecho de que los trabajos alimenticios de los escritores sean merecedores de un volumen semejante. Y es que lo extravagante e inútil de su contenido no es tanto su pretensión inicial cuanto la forma como se desarrolla. Podría la autora tomar como referencia la jornada laboral de los novelistas o poetas con la finalidad de arrojar luz sobre el modo en que tales horas perdidas (o ganadas, quién sabe) influyeron en la elaboración de su obra, o bien explorar el conflicto, en su caso, que el tiempo robado en otras tareas o la necesidades de dedicarles sus mejores fuerzas provocaba en ellos. No cabe duda de que algo así tendría interés, y pondría de manifiesto aspectos de la vida literaria no por desconocidos menos relevantes. La creatividad exige, en primer lugar, un largo período de aprendizaje, a menudo solitario; después un esfuerzo constante por dominar la técnica, y finalmente un inacabable proyecto en el que abundan más los fracasos que los éxitos; todo ello acompañado por el reciclaje permanente que supone la lectura. Es claro que una vocación tal requiere de tiempo, y que el "trabajo", entendiendo por tal el remunerado, aquello que sostiene las necesidades básicas -o no- de la vida, a menudo se convierte en un sumidero donde van a parar todas las horas, las reales y las soñadas. 

Daria Galateria, sin embargo, opta por otra vía en esta obra singular y un tanto frustrante: recopila apuntes biográficos de una serie de autores y da cuenta de sus empleos con un tono a medio camino entre la curiosidad y la humorada. La clave del asunto es, pues, que la simple circunstancia de que tales genios trabajen resulta simpática o al menos curiosa. El mito romántico del artista revive pues en estas páginas, por más que estén llenas de polvo del camino y ácaros de los viejos legajos de expedientes administrativos. 

Aun así, la fuerza natural de alguno de los autores, convertidos en personaje, hace la lectura amena y nos permite descubrir incluso ciertos momentos brillantes en el análisis: así, la lucha de Svevo contra su vocación narrativa por provocar interferencias en su labor comercial, y el recurso a otras artes-placebo -tocar el violín, en su caso- con las que dar de comer al sentimiento creativo y paliar su voracidad, toda vez que una sola frase literaria podía arruinarle toda una semana; también resulta interesante conocer la humanidad del Kafka agente de seguros, de quien se recoge una gran frase (imaginamos que del libro de conversaciones con Gustav Janouch): "he intentado ser agricultor y jardinero, tareas más hermosas y más interesantes que el trabajo en la oficina de seguros. Aparentemente nos tienen en mayor consideración, pero es solo una apariencia. En realidad estamos solos, y además somos infelices. El trabajo manual, sin embargo, nos acerca a las personas"; otro gran momento es la invención del merchandising por parte de Colette, que hace de sí misma una especie de celebrity de la época con especial aptitud para generar rendimientos. De menos vuelo nos parecen algunas semblanzas que en principio generaban mayores expectativas: la vida sosa de Elliot -su capítulo parece más bien una entrada de un diccionario de autores-, el mero ir y venir de Céline o el apuntalamiento de la mitología bukowskiana, ya sabéis, alcohol, vagabundeo, autodestrucción...


En cualquier caso los "trabajos forzados" a que alude el título no siempre lo son. A pesar de lo superficial de las anécdotas que se relatan podemos deducir que en muchos casos no sólo se compatibilizan con la escritura sin mayor problema, sino que constituyen una especie de garantía de estabilidad. Así debería ser: la literatura, como el resto de las artes, es un territorio libre donde no debería haber otras concesiones o ataduras que las que el propio autor decida ponerse, para soportar y consentir ya está el trabajo alimenticio, en su caso. Lo que está en juego, al fin y al cabo, es la vieja aspiración humana a la felicidad, que queremos alcanzar en cualesquiera ámbitos. Sería ideal que la jornada laboral nos recompensase en todos los aspectos, pero si no resulta posible, lo que debemos conseguir es que al menos no contamine los momentos preciosos de creación.

En definitiva, consideramos que queda pendiente un libro que verdaderamente profundice en esta idea. Lástima por el loable intento de una editorial tan entrañable, de puro imprescindible, como Impedimenta.


A propósito de todo esto podemos traer a colación la polémica reciente surgida a raíz de unas declaraciones de la escritora Lucía Etxeberría sobre el hecho de que ya no le compensaba escribir ficción por culpa de la piratería. Como suele ser habitual en estos casos, se lió parda a la manera contemporánea, es decir, mediante la previsible cascada inane de comentarios en twitter, mayoritariamente contrarios a la autora. Su postura parte de una realidad cierta, pero no deja de expresarse de modo lamentable: en primer lugar porque da a entender que la única motivación que posee al sentarse a escribir una novela es el hecho de que le puedan pagar por ella; y en segundo lugar por la ingenuidad que supone pensar que la "amenaza" de dejar de escribir pudiese mover a alguien en la dirección correcta. La única revolución posible en nuestros tiempos vendría de la mano de la suspensión de la liga de fútbol. Todo lo demás es fungible.

Por otra parte, incide en una idea que los llamados "creadores" (categoría que en ocasiones parece tasada, al parecer) propagan con cierto patetismo: el hecho de que al ver disminuidos sus ingresos y verse obligados a buscar otro (o "un") trabajo su labor artística acabaría por completo imposibilitada. Semejante falacia procede de una posición social muy concreta: la de stablishment cultural que desde los años ochenta ha poblado de camarillas el panorama creativo, ha acaparado bolos y prebendas, ha inflado los precios y ha impedido radicalmente cualquier renovación generacional. Ciertamente, las posibilidades tecnológicas que ofrece la red permiten, desde hace unos años, una nueva vida a los artistas, y a día de hoy conocemos a muchos más músicos, escritores, pintores, creadores audiovisuales, etc., que en aquellos tiempos en que determinados medios y determinadas personas nos decían lo que se debía escuchar, leer o contemplar. De ahí que el lamento referido a que, de seguir así las cosas, habrá que "ponerse a trabajar" suene bastante ridículo y justifique el afilamiento de ciertos colmillos siempre dispuestos. La historia de las artes nos ha enseñado en sobradas ocasiones que la exclusiva dedicación a ellas no ha dejado de ser una circunstancia más de la vida, que podía darse o no darse, sin más. Y que el ser humano no ceja en su impulso creativo, ya se circunscriba a determinadas horas del día esforzadamente ganadas o, por el contrario, a la totalidad del mismo. Es claro que el ambiente ideal para componer cualquier obra es el de libertad mental, tiempo por delante y ausencia de permanentes preocupaciones: pero la solución para la carencia de tales condiciones no se encuentra en la partida presupuestaria de la concejalía de cultura y en la camarilla, sino ante todo la batalla personal del creador por lograr que así sea.

Dicho lo cual también merece detenimiento la parte de realidad que tenían las declaraciones de Etxebarría. El debate es tan amplio que mejor lo ceñimos a una serie de consideraciones:

1.- Las industrias culturales han cometido y cometen graves errores. Lo hicieron las discográficas al obviar internet hasta que internet se les vino encima como una avalancha de nieve. Pero lo más sorprendente es que las productoras y distribuidoras cinematográficas, así como las editoriales, no hayan aprendido nada de esa experiencia piloto de resultados evidentes.

2.- No existe oferta legal en el mundo del cine y la literatura que permita aprovechar las posibilidades de la red. Sí la hay en el de la música actualmente: Spotify e Itunes, entre otras cosas. Estoy abonado al primero, que incluso tiene una modalidad gratuita con razonables limitaciones, y aun así compro determinados discos que ofrecen un plus ajeno a la descarga digital (el packaging y demás fetichismos para fans... De esa forma espero el álbum de Rufus Wainwright, o el de Saint Etienne). Spotify me está permitiendo volver a disfrutar de la música como cuando era adolescente y me pasaba las horas rebuscando vinilos en las tiendas, descubro muchas propuestas nuevas y me reafirmo en lo buenas que son las de siempre. El mercado literario, por otro lado, cuenta con una gran ventaja: por muchos modelos de lector electrónico que se nos presenten, no hay nada como leer un libro, en especial cuando se trata de literatura, así que ambos sistemas convivirán sin problema a elección del consumidor. En mi caso utilizo los formatos electrónicos para obras de consulta, artículos, legislación, etc. Sin embargo el empeño en poner a la venta e-books a pocos euros menos que la edición en papel es un disparate incomprensible, que obedece al mismo empecinamiento de las discográficas de antaño -hoy día desaparecidas en su mayoría, por cierto-. En el cine el tema es aún más sangrante: cada semana los medios periodísticos publicitan estrenos apetecibles, generan actualidad y debate crítico con ellos, expectativa, en definitiva... Pero la manera de acceder a tales películas sigue pasando por el embudo del cine "de toda la vida", que en realidad no es tal, sino el que han modelado los centros comerciales. Eso supone, acudiendo en pareja, abonar no menos de quince euros por algo que quizá te decepcione. Y eso supone que cada vez estés menos dispuesto a asumir el riesgo, y que niegues espontaneidad a tu afición cinematográfica, que llevaría seguramente al visionado de tres o cuatro películas a la semana. ¿A qué mercado le interesa un consumidor retraído? Si pudiésemos ver los estrenos en nuestra casa, pongamos a tres euros, muchos miles de personas más accederían al cine, se generarían nuevas formas de interacción social y cultural -pases colectivos en la casa de un amigo-, se consumirían más y más películas, y la accesibilidad provocaría que toda expresión artística encontrase su público. Existe Filmin, sí -también nos hemos abonado-, pero la selección de películas resulta bastante insatisfactoria, y comparte problemas con otras plataformas: la expectativa generada por esa publicidad a que hemos hecho referencia se ve frustrada porque deben pasar no menos de seis meses hasta que uno accede a obras de su interés, cuando no las olvida. En un futuro, tras muchas batallas y demasiados cadáveres por el camino, tanto el cine como los conciertos estarán a un par de clicks del salón de nuestra casa, creadores y consumidores saldremos ganando y compartiremos gustos con miles de personas de todo el mundo. Entretanto, la camarilla se resiste. Y el mundo cultural se divide en los dos sectores que tanto les interesan: lo "oficial" y lo marginal. Sectorialización llamada a desaparecer, porque cada lector, oyente o espectador decidirá lo que es maravilloso o aborrecible para él.

3.- Todo lo anterior no justifica en absoluto la miseria moral en la que vivimos. Resulta increíble que estos tiempos, con la que está cayendo, parte de la gente joven no tenga otro horizonte motivador que la lucha contra los artistas que les proporcionan algunos de los mejores momentos de su vida. Porque al final, los que más sufren, son la mayoría de artistas, y meter en el mismo saco a todos ellos es un reduccionismo, amén de estúpido, profundamente injusto.

4.- Las contradicciones de los defensores de la llamada "cultura libre" son tan groseras que descalifican esos supuestos razonamientos con que justifican el saqueo. La descarga ilegal se fundamenta en la discusión sobre el precio y los medios de distribución del producto. Pues bien, es llamativo que tal movimiento intelectual de cuestionamiento de las condiciones de mercado se quede exclusivamente en lo cultural. Nadie discute con tanta intensidad los servicios bancarios o, por acudir a un ejemplo menos tópico, la industria alimentaria. A nadie parece importarle que el pollo que comemos haya estado flotando en antobióticos, que los animales estén sometidos a unas condiciones tan crueles como peligrosas, para ellos y por ende para nosotros. Se trata de un simple ejemplo sobre el que podríamos escribir centenares de paginas concretando mucho más, y a cada cual podría ocurrírsenos otro. Pero no, la gran batalla contemporánea se encuentra en si podemos descargar o no toda la discografía de Bowie, o la última de Spielberg. Alucinante. Estamos pagando el ADSL más caro de Europa, los lectores de e-books costaban seiscientos euros hace un año, y ahora cien, de golpe, porque lo dice la industria. Y todo eso no importa, se paga lo que haga falta a quien haga falta, salvo a los creadores de contenidos que dan sentido a la mera existencia de redes y aparatos de consumo cultural. Decía hace poco Rafael Reig en un artículo memorable que tenía mérito el hecho de que las compañías suministradoras de ADSL hayan conseguido permanecer ajenas al debate. En su casa, partiéndose de risa, y tarifando. Por cierto, la mera contemplación de las condiciones de vida del adalid de Megaupload debería haber provocado una reacción visceral en los consumidores culturales, y de hecho ha sido así, ¡pero contra los artistas!, el mundo al revés. Otra consecuencia surrealista de la "cultura libre": los llamados "internautas" (¿no lo somos todos?) han decidido que los músicos no deben vivir de la venta de canciones, sino de los conciertos, y se dice muy ufanamente que al fin y al cabo tienen más que nunca. Bien, pues esto ha provocado que los habituales de la camarilla, esos de las radio fórmulas y los programas de la tele, hayan inflado sus cachés de una manera sobrenatural, cualquier grupo de tres al cuarto no baja de 50.000 euros, y el problema añadido es que hasta el derrumbe de las administraciones públicas el noventa por ciento de las contrataciones iban a cargo del erario. En resumen: los partidarios de la libre cultura permiten que el Ayuntamiento abone tales cantidades a ciertos artistas, y tan panchos. El cantante melódico de moda da un concierto gratis en la plaza del pueblo, cobra una millonada y todos contentos porque nos hemos bajado su disco. La lógica perversa de tal clase de espectáculos municipales provoca que al final las administraciones subvencionen precisamente a quienes no lo necesitan, es decir, a los músicos más populares. De tal forma que las compañías promocionan a los artistas no para vender discos, sino para que luego salgan bolos igualmente gratuitos o medio gratuitos, porque en realidad el dinero lo ponemos todos. Y otra vuelta de tuerca más: los que han decidido que la música debe ser gratis porque los músicos se ganan la vida en los conciertos no admiten matices o excepciones. Pienso en Paddy Mcaloon, compositor e intérprete que lideró un grupo pop de éxito en los años ochenta, Prefab Sprout. Pues bien, tiempo después se vio aquejado por una enfermedad degenerativa que a punto estuvo de dejarlo ciego y sordo. Hace un par de años sacó un disco basado en composiciones antiguas, que fue produciendo y arreglando lentamente, pues en el trabajo de estudio es capaz de hacer cosas, aunque no de tocar acompañado por otros músicos en una banda. Los defensores de la libre cultura han dictaminado, empero, que Paddy Mcaloon no puede ganar un euro con los discos, puesto que su trabajo debe estar al servicio de la humanidad, aunque no lo estén sus tratamientos médicos. Paddy debe salir a dar conciertos, y si no puede, que se joda.

5.- Porque esta es otra clave del asunto: la imposibilidad de que un autor decida sobre su propia obra. Es decir, que le apetezca ponerla a la venta en el formato que quiera y al precio que le dé la gana. Si le da por colgar un disco en mp3 y venderlo a 30 euros uno piensa que lo peor que le podría ocurrir sería que la gente dijese "menudo gilipollas", y nadie comprase su disco. Pero no es eso lo que le pasaría: sus archivos serían desprotegidos, copiados y colgados en determinados portales, donde a su lado aparecería una pantallita en la que una chica desnuda enfocada por una web cam nos sugiere que entablemos con ella una animada charla ¿cultural?.

6.- A ello debemos añadir la singular desigualdad en que se plantea el supuesto diálogo y debate que tanto se reclama: de un lado, los llamados "internautas"; ellos pueden decir en la televisión: yo me bajo de todo, y nadie va a denunciarlos o siquiera recriminárselo, porque en las discusiones siempre se deja de lado al consumidor, y únicamente se habla de los portales de descarga. En el otro lado encontramos a la gente de la industria cultural, que si se atreve (pocos lo hacen) a decir sus opiniones en voz alta, pueden verse ridiculizados, amenazados, insultados, hackeados, sus datos personales expuestos... Esto de por sí da muestras de la enfermedad moral que subyace en todo ello. Algún día se examinará con la suficiente distancia temporal, y el ser humano seguirá preguntándose los porqués de esta beligerancia.

7.- Pasemos, para acabar, a mi postura personal. Soy editor de mis propias obras, que ofrezco en descarga gratuita por una sola razón que nada tiene que ver con la "cultura libre", sino con el simple hecho de que no puedo garantizar la calidad del formato para determinados lectores de libros electrónicos. Se pueden bajar en pdf, y el epub en pruebas de Bubok presenta problemas. En el momento en que logre asegurar esa calidad en la lectura, por supuesto que se cobrarán. Es una cuestión de dignidad personal, y de respeto por mi esfuerzo. El precio será simbólico porque no vivo de esto, ni pienso en hacerlo nunca. Siempre he trabajado en otra cosa -es sanísimo, y muy interesante-. Por otra parte, mis libros también pueden adquirirse en papel: en este caso se cubre el precio del coste de impresión y envío, y el pequeño óbolo al que me he referido.

8.- En la actualidad cabe la posibilidad, remota, de que una de mis novelas encuentre acomodo en una editorial convencional. Mi criterio acerca de la manera en que los lectores se acerquen a ella sería muy claro: me encantaría que se la pasasen en papel o que la sacasen de las bibliotecas. Si saliese en formato electrónico, no me importaría en absoluto que entre amigos o familiares se la pasasen igualmente; tampoco que en un foro de discusión literaria varios desconocidos se la enviasen; y voy más allá, consciente de que la mayoría de los autores no opinan lo mismo: tampoco tendría problema con el hecho de que estuviese expuesta en ese mismo foro literario a disposición de cualquiera, aunque sin duda esto excede ya de lo razonable (hace poco escuché una buena comparación, la figura jurídico-laboral de los trabajos familiares: un hijo puede trabajar en el bar del padre ocasionalmente y no por ello es necesario darlo de alta o contratarlo; pero si el propietario de una empresa de treinta trabajadores no cotiza por ellos ni les paga un duro con el pretexto de que todos son primos suyos, o primos de primos, estaríamos ante un fraude y algo parecido a la esclavitud. La diferencia entre un caso y otro la da el sentido común). Ahora bien: si mi libro formase parte de un portal de descargas donde un fulano se aprovecha de mi trabajo para ganar pasta con la publicidad del porno, los tonos de móviles, el software supuestamente útil y en realidad malicioso, o las agencias de viajes, pues vaya, respeto mucho su afán por la divulgación intelectual, pero como que a lo mejor nos vemos en un juzgado...


9.- Por lo demás, la lectura y la escritura, la música, el cine, el arte, forman parte de lo mejor de la vida, de aquello que, junto con ciertas personas y ciertos animales (jeje), nos hace más felices. Esto es tan importante que lo mínimo en que deberían empeñarse las dos partes que se han arrogado la representatividad de todos nosotros sería tener un poco de sensatez.

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