jueves, 2 de febrero de 2012

Lisbeth (una respuesta a la crisis).

"Cuando adviertas que para producir necesitas la autorización de quienes no producen nada; cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes trafican no con bienes sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y las influencias más que por el trabajo, y que las leyes no te protegen contra ellos, sino que, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra ti; cuando repares que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un sacrificio personal, entonces podrás afirmar sin temor a equivocarte que tu sociedad está condenada."

Ayn Rand, Atlas Shrugged 


No queda una institución que no nos haya traicionado. Han entrado en el templo sagrado de todo aquello que nos es común tirando las puertas y rompiendo las ventanas, pese a que les habíamos entregado las llaves. Lo han saqueado durante años, se han repartido su riqueza, nos han condenado a la miseria. Sonreían y aseguraban que lo hacían por nosotros, pues eran los elegidos -por algo seguramente más trascendente que simples votos, aunque sólo ellos podían verlo, al parecer-. Cuando llegó el frío y el hambre descubrimos el templo en ruinas, las paredes negras por el fuego, la mugre de sus vinos y sus vomitonas en el suelo. No había donde cobijarse. 

Y entonces la miramos a ella. La lucha del siglo veintiuno es la lucha por la dignidad. Lisbeth Salander -habitante ya de la inmortalidad de la ficción, como escribió Vargas Llosa-  ejemplifica como nadie esa guerra. Paradigma de un nuevo individualismo, radical, inevitablemente escéptico -han sido demasiados palos-, incapaz de enrolarse en los dogmas y las promesas, pero al mismo tiempo solidario, guiado más que por la empatía hacia los otros por la necesidad de proporcionarles justicia. Porque sólo es posible vivir en una sociedad justa. Y cuando ese atributo no nos es concedido, no queda otro remedio que luchar por él. Hay muchas cuentas que ajustar antes de reconstruir el templo. 


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