lunes, 6 de febrero de 2012

"Albert Nobbs", de Rodrigo García. "Another Year", de Mike Leigh. La felicidad como propósito.

Sorprendentemente el cine nos ofrece de vez en cuando excepciones a la mediocridad bipolar en que se desarrolla desde hace demasiados años, y en la que siempre insisto: películas infantilizadas cuya justificación se encuentra tan solo en una determinada forma de distribuir el producto -pensando en el consumidor de fin de semana que acude en pareja o en familia y realiza un gasto añadido en comida basura-, o bien los títulos pretenciosos, supuestamente artísticos, rebosantes de manierismos y guiños a un público igualmente estabulado -el que se siente reafirmado con los planos secuencia silenciosos e interminables, el exotismo sociológico o la dureza emocional-. Lo cierto es que con el paso del tiempo son pocas las películas que recordamos como memorables, que se incorporan a nuestro acervo cultural y sentimental,  que trascienden a la vida social en forma de recuerdos compartidos, de usos del lenguaje, de ideas y conceptos, de maneras de vestir, amar, reír, comer, luchar, interpretar el mundo, apreciar la belleza, sentirnos acompañados o sentirnos solos. Los clásicos se van formando así, poco a poco, haciéndose imprescindibles como las buenas amistades, con las que esperamos reencontrarnos aunque sea de cuando en cuando. Las dos títulos que reseño bien pudieran tratarse de uno de ellos. 


"Albert Nobbs" es mucho más que la interpretación apabullante de Glenn Close, merecedora del Oscar con todos los respetos para esa devoradora de personalidades que es Meryl Sreep. Se trata de una historia conmovedora y profunda, posee varias capas de sentido, está rodada con eficacia, al servicio de las actrices según exige el guión, y tiene un par de escenas inolvidables. Nos habla de la identidad como dilema, como pertrecho o lastre, en ocasiones, para avanzar por la vida. La masculina constituye un pasaporte con el que adentrarse en la esfera pública, lo que de por sí es expresivo de un contexto social tiránico más que opresivo; la femenina, por el contrario, es algo a conservar en la esfera privada, y siempre a condición de que no se desvíe un ápice de sus atributos supuestamente "naturales". Nobbs es una mujer que vive como un hombre y asume hasta tal punto ese rol que deambula por el mundo condenada a ser y no ser, a vivir en la ensoñación y la duda. La batalla cotidiana por el sustento ha acabado por convertirla en algo imposible: un varón que desea una esposa que lo complemente, y al mismo tiempo una mujer que no ha olvidado del todo que lo es. Emocionante resulta la escena en que su única amiga y ella deciden ponerse vestidos y pasear por la playa: Albert echa a correr de repente y la vemos sonreír por vez primera, pero apenas da unos pasos, trastabilla y se cae. Brillante metáfora de la dificultad de ser mujer y proyectarse en lo público. Para representar a este ser de impecable superficie y turbio interior hacía falta una actriz inteligente, y Glenn Close lo es. Dejando aparte su acertada caracterización, sabe dotar al personaje de un humor involuntario que nos recuerda a los payasos tristes y torpes de los espectáculos circenses: especialmente en el momento en que descubre a una afín, otra "disfrazada" como ella, que no encuentra manera más directa de revelar su secreto que enseñándole los pechos. La reacción de Nobbs, que echa a correr de una manera cómica, como un animal que se asustase al ver su reflejo en un cristal, consigue mostrarnos con delicadeza hasta qué punto la sexualidad es traumática para ella. Acierto igualmente de guionista y director, que hubiesen podido recurrir a episodios más directos y vulgares. 
El argumento avanza con amabilidad y se ve amenazado por un giro cruel de esos que tanto gustan en el cine de arte y ensayo -es decir, el de la grada B del recinto mercantil-, pero Rodrigo García sabe que en este tipo de historias que evocan a los clásicos literarios anglosajones no se permiten las groserías, así que existe un desenlace dramático, sí, pero lo suficientemente contenido para no verter lejía sobre el lienzo, y coherente con ese vivir en la fantasía que caracteriza las andanzas del personaje. 
Mención aparte merecería la lectura de género que podemos hacer de la película, demasiado extensa quizá  para una reseña como esta. De entre las muchas preguntas que nos surgen quedémonos con una inquietante: hasta qué punto en nuestros días numerosas mujeres que vemos en aparente paseo triunfal por la esfera pública no han debido adoptar roles masculinos para conseguirlo -cuántas veces observamos aspavientos machistas en ellas, como malas caricaturas de un estereotipo-; y en qué medida, cuando incumplen las reglas que definen su condición -por ejemplo en las preferencias sexuales-, no siguen estando obligadas a confinarse en lo privado. "Albert Nobbs"tiene el valor de contener unas cuantas respuestas sobre todo ello. 


"Another Year" nos cuenta que la felicidad a la que aspira el personaje de la película anterior es posible. No tiene buena fama cinematográfica el amor como realización, que no como anhelo. Y Mike Leigh nos lo presenta de un modo sencillo y realista. Tom y Gerri (sí, casi como los cartoons... ¿una especie de chiste que alude su supuesta imposibilidad humana?) son una pareja de cierta edad que lleva muchos años de matrimonio. Convivencia que les ha proporcionado estabilidad, afecto, dicha y muchas sonrisas. Sí, a veces pasa, por más que la ficción se empeñe en mostrarnos lo contrario, hasta tal punto que a quien así vive más le vale disimularlo. En algunos aspectos esta película es pedagógica al respecto: pese a que la historia transcurre sin mayores sobresaltos, un odio latente, una envidia corrosiva intenta cercar a los protagonistas, que con naturalidad logran salir ilesos. Y es que si algo nos enseña la película es que ser feliz no es tanto cuestión de mágicas casualidades, o de milagros de la diosa fortuna, sino sobre todo de la simple voluntad de serlo. Claro que para ello se hacen necesarias ciertas cualidades: la generosidad, la cortesía, el apasionamiento, cierto control de las emociones -muy sano, especialmente en público- y el sentido del humor. Tom y Gerri poseen todo eso, y se ven rodeados por una serie de personajes cuyas carencias resultan más evidentes por contraste. La película retrata una sociedad desquiciada porque, sencilla y absurdamente, dirige su empeño hacia ese objetivo, pudiendo escoger otros. 
La humanidad en el trazo de personajes propia de Leigh recuerda a sus logros mayores (Secretos y mentiras, Dos chicas de hoy, El secreto de Vera Drake), el guión abunda en esos diálogos frescos y aparentemente inocuos, pero reveladores de las profundidades de cualquier vida, que tan bien reflejan lo cotidiano, y los actores merecen el mayor de los halagos por algo tan difícil como escaso: hacernos olvidar que lo son, esto es, que están interpretando. Más que un proyectar un documental parecen invitarnos a pasar por su casa y conocerlos. En realidad el espectador/a se convierte en una mas de sus amistades, lo que no deja de ser peligroso: al igual que ocurre en la película, corremos el riesgo de que su felicidad nos ponga a prueba. Y algo bueno dirá de nosotros si salimos del cine contentos y reconfortados. 



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