miércoles, 7 de marzo de 2012

Animaladas: "Perros, gatos y lémures.Los escritores y sus animales", VV.AA. El artista y lo demás."Ética y bienestar animal", de Agustín Blasco. "Tú también eres un animal", de Kepa Tamames.

De nuevo, al igual que ocurría con "Trabajos forzados", reseñado anteriormente, nos encontramos ante una idea estupenda con un problema de enfoque. El título del libro sugiere una recopilación  de textos de autores acerca de sus animales. sin embargo buena parte del volumen responde al modelo de apunte biográfico sobre determinados escritores en el que la circunstancia de vivir acompañados por un animal, al igual que sucedía con los empleos referidos en el trabajo de Daria Galateria, es por completo secundaria. No íbamos a pretender que el protagonismo lo tuviesen los perros, gatos y lémures a que alude el título, pero resulta un poco cansino que en esta clase de libros la excusa temática sirva de mero subrayado para la fascinante (?) personalidad de los artistas.

De nuevo, insistimos, una oportunidad perdida para profundizar en la convivencia de los escritores con otros seres, y en el modo en aquellos vivieron esa relación. Los dos primeros textos, centrados en Byron y Laforgue, son paradigma de lo dicho, a poco de leerlos se olvidan. Mayor calado, aunque sea a modo de notas literario-biográficas, tienen los textos de Pilar Adón sobre los perros de  Virginia Woolf y  de Berta Marsé sobre la relación de Capote con el suyo. E interesante resulta el texto de Soledad Puértolas acerca de sus períodos de acercamiento-alejamiento hacia los perros, y la eterna interrogación a la que nos someten los animales: por qué parecen escogernos ellos a nosotros, y no al revés, y en qué medida piensan o les atribuimos emociones y capacidades que son un mero reflejo de sus compañeros humanos.

A propósito de esto recomiendo la lectura del ensayo "Ética y bienestar animal", de Agustín Blasco. Se trata de un libro singular dentro de la bibliografía sobre el tema, porque aporta un punto de vista científico a la discusión, con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva. Entre lo primero encontramos una llamada al rigor que atempera los excesos en que a menudo se incurre desde el lado de los defensores de los animales. Las explicaciones que ofrece eluden el lenguaje críptico de las ciencias y nos enseñan que existen muchos matices y aclaraciones necesarias en las palabras que a menudo empleamos con no poca inconsciencia. Sin embargo su exposición aparece guiada por un notable aliento ético, pues en todos los casos deja bien clara su postura en favor de evitar cualquier sufrimiento a los animales.

Precisamente por ello es de lamentar que esa legítima necesidad profesional de aclarar términos y categorías recuerde, salvando infinitas distancias de zafiedad, al pobre argumentario de los adalides de esas nobles tradiciones españolas que comportan someter a un animal a numerosos padecimientos con el fin de proporcionarnos diversión. Cuando el autor analiza palabras como "sufrimiento" y "autoconsciencia" y delimita el alcance de ambos en animales humanos y no humanos, corre el riesgo evidente de que uno de los dos bandos en disputa no quieran o puedan entenderlo. Blasco estudia los mecanismos del dolor en los animales y afirma que incluso en los insectos aparecen; los matices vienen de la mano de conceptos como "sufrimiento emocional" y el mencionado "autoconsciencia". Es aquí donde nos adentramos en el territorio peligroso del objetivismo científico, que sin embargo concluye en razonamientos de sorprendente simpleza como "los comportamientos emocionales pueden presentarse como resultado de estímulos (...) si tienen delante el estímulo -el bastón del amo-, continuarán manteniendo el comportamiento asociado, y este comportamiento desaparecerá al hacerlo el estímulo (...) Tu perro no mueve la cola recordándote cuando tú estás en el trabajo". De este modo, explicarnos que los animales no son capaces de "especular" con su propio dolor, desde el punto de vista de las emociones, recuerda a esos casos que los juristas manejamos y justificamos en los que algo se ha realizado utilizando los mecanismos de la ley -esto es, dentro de sus márgenes- aunque resulte de todas formas éticamente repugnante. Y debo dejar claro que el autor no defiende ninguna postura tolerante con el maltrato animal, más bien al contrario. Pero ocurre que, tras leer esos capítulos relativos al análisis científico del dolor y sus expresiones, uno termina preguntandose: ¿y? Recordemos el conocido caso del torturador de perros que colgó sus hazañas en internet y se hizo famoso: en algunos instantes reflexionaba en voz alta sobre el hecho de que el cachorro que estaba martirizando le trasmitía afecto. La mayor o menor capacidad de procesar la información relativa al daño, o las amenazas de daño, ni añade ni resta un ápice a las valoraciones que la ética y el derecho han realizado sobre el bienestar animal. De ahí que el plausible afán de profundizar y depurar conceptos que observamos en este libro no tenga al final otra utilidad que proveer de argumentos a los que afirman que al toro no le duelen las banderillas, ni el estoque. Insisto en que la misma sensación transmitimos los abogados cuando, ante un crímen aberrante, salimos con alguna puntualización procesal. Lo cierto es que cuando una vaquilla se ve rodeada por centenares de mozos que aúllan, la golpean, acorralan y confunden, las explicaciones de la ciencia sobre las diversas formas en que el animal interpreta cada uno de esos actos nos parecen argumentos baladíes que, si acaso, servirían para ratificar a los organizadores del engendro. Y decimos que "servirían" porque, en primer lugar, ninguna culpa cabe atribuir a este ensayo respetable; y más aún porque los maltratadores de animales no suelen leer mucha cosa, y sus opiniones proceden de una mera defensa de la tradición, y de su virulenta renuncia a cualquier atisbo de debate intelectual.

Más allá de las aportaciones científicas, el libro se da un paseo somero por las diferentes teorías éticas en torno al bienestar animal, y la evolución hitórica de los movimientos animalistas. Y es aquí donde comprendemos un poco mejor las ambigüedades que en algún momento hemos percibido en su discurso: un problema personal -familiar- aparece a modo de legítima reivindicación frente a los excesos teóricos de ciertos grupos, y mucho nos tememos que resulta inspirador de muchas de las páginas de este libro, lo cual no empece su propósito y su valor: el de introducir en el debate una apelación al estudio, el razonamiento y el sentido común. Que al final suelen ser las mejores herramientas para mejorar el mundo, pues de eso se trata cuando de respeto a los animales hablamos.


Y si de sentido común hablamos, le sobra a "Tú también eres un animal", de Kepa Tamames. Con mucha frecuencia se habla en las reseñas literarias de libros "necesarios", "imprescindibles" y demás ditirambos; de hecho aparecen cada quince días, y se olvidan en otros tantos. Sin embargo este es uno de los pocos casos en que se pueden emplear tales calificativos sin temor a equivocarnos. Probablemente es el ensayo animalista más recomendable en lengua española, no sólo constituye una excelente, profunda y didáctica introducción al asunto, sino que se han planteado un objetivo ambicioso del que sale con éxito: reunir todos los argumentos de quienes perpetúan el sufrimiento animal e ir rebatiéndolos uno a uno. Se trata pues de un excelente volumen dialéctico, cuyo único riesgo deriva precisamente de lo incontestable de sus razonamientos. Al igual que ocurre con las evidencias -grabaciones- de lo que ocurre en los mataderos y criaderos, que de tan elocuentes prefiere mucha gente obviarlas y mirar para otro lado.

Y es que ensayos como éste ponen la verdad encima de la mesa, para que al menos seamos conscientes de su existencia, y no quepa coartada alguna para mantener un statu quo insoportable: millones de animales viven y mueren a diario en condiciones de tortura sistemática para proveernos de alimento, abrigo o cosméticos. Y tales circunstancias no son imprescindibles ni mucho menos necesarias, es decir, incluso para quienes defienden que debe seguir empleándose a los animales no humanos con determinados fines, es muy sencillo entender que los llamados "métodos de producción" podrían llevarse a cabo de otra manera.

Pero más allá de todo eso, el libro de Kepa Tamames apunta alto y cuestiona muchos de los plateamientos éticos que sostienen nuestra relación con la naturaleza. Seguramente en alguno de sus capítulos reconoceremos contradicciones propias, y nos hará sentir incómodos. De ahí el saludable ejercicio intelectual que supone su lectura, siempre que se haga con la humildad y honestidad necesarias para afrontar cualquier diálogo de importancia. Así es, dicho sea de paso, como el autor lo ha escrito: reconociendo las posturas del contrario y tratando de rebatirlas con agudeza, prosa limpia y sentido del humor. Imprescindible.


Antes de terminar tengo que volver al libro del que hablaba al principio, "Perros, gatos y lémures. Los escritores y sus animales", porque hacia la mitad de sus páginas encontramos un texto memorable que nos recuerda lo verdaderamente importante, cuando hablamos de nuestra relación con los animales: el afecto, dado y recibido.  "De la muerte de Mora", de Andrés Trapiello, es uno de los textos más hermosos de despedida que haya leído nunca. Cuesta acabarlo sin ceder a las lágrimas, lo que indudablemente es patrimonio de la buena literatura. Lejos del sentimentalismo, sencillo y emocionante como la vida, el autor nos relata la muerte de un ser amado y el impacto que deja en quienes lo rodeaban. Al contrario que en la mayoría de textos que componen el libro, no divaga Trapiello de manera ingeniosa sobre una especie de complemento decorativo de la familia. Era una perrita, ya mayor. Una compañera. Se llamaba Mora, y afortunadamente todos hemos podido conocerla a través de la lectura. Hacía falta un punto de valor y honestidad para escribir sobre ello sin adornos, y también sin pudorosas censuras. Por eso las palabras finales nos atraviesan:

"Y sólo ahora sabemos que estuvo esperándonos para morir a nuestro lado, que no quiso morir mientras estuviésemos en Madrid (...) Llevábamos sin venir más de un mes, y hubiéramos podido retrasarnos otro. Pero resistió. Al vernos, su dolor se desbordó, y nos hizo entrega de su muerte como su más preciado don.
Por la tarde subimos los cuatro hasta el pino, y ya sin testigos, bajamos al rato, en silencio, llorando. Juntos los cuatro y cada uno a su aire, uno allí, otro un poco más cerca, más lejos, solos, porque lo que sufre, sufre solo".


Leyendo estas páginas, sin embargo, nos sentimos más acompañados en todo aquello -cariño, risas, llantos, ideas, interrogaciones- que tiene que ver con nosotros y los animales.

No hay comentarios:

Publicar un comentario