Decir que este libro constituye una radiografía
certera del continente latinoamericano quizá sea excesivo, por cuanto no ese
ese su propósito: mientras que algunos de los textos en él recogidos ahondan en
la realidad político-social de un país, otros presentan carácter anecdótico, al
ocuparse de cuestiones menores de carácter humorístico (‘El colombiano más bajito’,
‘En qué semejante rasca’ –feliz historia del romance de Mario Jurisch Durán con
el ron-, ‘La larga pena del Sátiro Alado’), de perfiles o episodios biográficos
de grandes artistas (Borges, Monsiváis, Dylan, Pavese, Guillermo Kuitca, los
Rolling Stones) o mitologías populares (Gloria Trevi, Gardel, los grandes
clásicos futbolísticos).
Sin embargo lo que queda en la memoria son los
reportajes descarnados, vibrantes, que nos acercan a situaciones tan incómodas
como complejas, desde los secuestros de las FARC a la estremecedora batalla de
Lydia Cacho, desde la violencia paramilitar a la violencia estructural
pinochetista –tratada por la sorprendete vía indirecta del análisis de su
biblioteca-; pero también resultan memorables los artículos de más pequeña
ambición pero igual calado, en que las vidas de personas comunes y corrientes
se vuelven imagen esclarecedora de un tiempo y un lugar: así, conocemos la
dureza de la supervivencia económica cuando no hay oportunidades ni salidas, o
la épica de los arrabales del deporte –el boxeo y la lucha libre-, o los
cuerpos lacerados por las operaciones de cambio de sexo.
El libro contiene la suficiente variedad de temas y
estilos para complacer a cualquier lector-a; en él tienen cabida el lenguaje
callejero y la erudición literaria, la narrativa novelesca de sustrato real
–acudiendo a ese género híbrido que tan bien cultivó W. G. Sebald- y el
artículo de opinión. Funciona a la perfección como muestrario de un género, el
reporterismo, al que acechan no pocos peligros. Así que no está de más que este
volumen haya levantado acta de lo hecho hasta ahora, con el fin de tomar
aliento para seguir adelante –los propios autores recopilados o quienes hayan
de tomar su relevo- o de rezar una última plegaria por una tradición literaria
tan necesaria como hermosa.
Y es que las páginas finales vienen dedicadas a
reflexionar sobre la crónica como género, su razón de ser, especificidad y
dificultades. Se abordan aspectos éticos, estrictamente ténicos –la escritura
del reportaje requiere de una especie de despojamiento del “yo” en favor de los
otros, aun desde la perspectiva subjetiva del observador-, o de difusión e
impacto en la era de las redes sociales. Sin embargo echamos de menos un
aspecto más mundano, si se quiere, y por ello más inquietante: en qué medida
pervivirá un género que precisa de un cierta solvencia económica por parte de
los medios que lo acogen entre sus páginas. Y ello por cuanto el futuro
incierto de la prensa escrita, y la cultura de la gratuidad en la red, parecen
compadecerse mal con esta forma de artesanía periodístico-literaria que
requiere de un tiempo demorado en su elaboración, de la capacidad de reescribir
y fracasar, de buscar y no encontrar nada. Es, ni más ni menos, el horizonte
incierto de la investigación, de cualquier investigación, en un futuro que
parece abocado a la consigna, la frase corta, el retweet y la opinión gratuita,
apenas meditada, y encerrada en un puñado tasado de caracteres.
Confiamos en que este libro interesante, entretenido y
profundo nos recuerde que la prosa puede ser el más eficaz de los medios para
conocer el mundo propio y el ajeno, para retar al poder, acercarnos a nuestros
afines y comprender la diversidad que nos rodea. Leerlo nos ayuda a seguir
confiando en los libros. Y no es poca cosa en estos tiempos, cuando parece que
ya nada merece nuestra confianza.
