miércoles, 21 de marzo de 2012

"Por dónde empiezo", de Inma Turbau. Hablemos de dinero (que es de mala educación)..

Comienzan a oírse las primeras voces que reflexionan acerca de los efectos de la crisis en el mundo de la cultura. Hablamos de “voces” y de “reflexión” y a ellos nos atendremos, porque también abundan los lamentos y las pataletas de criaturas que consideran que el hermano mayor les ha arrebatado su juguete favorito, de ahí su reacción a medio camino entre el berrinche infantil y el martirologio pagano.
Un artículo reciente de WinstonManrique Sabogal titulado, nada menos, "Una tormenta perfecta azota el mundo del libro", hace un repaso por las amenazas y peligros reales a los que se enfrenta la industria editorial. Por otro lado, un gestor tan interesante como José Guirao se pronuncia en este vídeo:










Y en semejante panorama es interesante reseñar el libro de Inma Turbau, "Por dónde empiezo. Guía práctica para programar, financiar y comunicar eventos culturales", que sin habérselo propuesto proyecta algunas luces sobre el futuro de una profesión, la Gestor Cultural, que ha vivido también su pequeña "burbuja", aunque no fuese consciente de ello.  La autora trata de elaborar una guía práctica sobre la concepción y puesta en práctica de proyectos culturales, pero no a la manera de otros manuales clásicos, como el de Roselló, que incurren en el error de un cierto fundamentalismo conceptual con el que intentaban apuntalar la razón de ser de la profesión en torno a la elaboración del proyecto, convertido en elemento diferenciador y clave en la especificidad de una tarea que desde los años ochenta trataba de encontrar su sitio. Ocurre que la cosa no daba para tanto, y el afán por dotar a esa técnica de un carácter cuasi doctrinal acababa por encorsetar las ideas en una serie de plantillas o modelos sobre los que se han edificado decenas de programas formativos tan pretenciosos como ineficaces. Los numerosos posgrados en Gestión Cultural que han ido proliferando en las Universidades y Escuelas de Negocios españolas son reflejo de la anomalía en que continuamos instalados: la sobreabundancia de posibilidades educativas contrasta con su casi generalizada inhabilidad para situar al titulado en unas condiciones mínimamente aceptables en el mercado de trabajo. Y buena parte de la responsabilidad de ello caba achacarla a los encomiables pero equivocados esfuerzos teóricos por, insistimos, conceptualizar la labor del gestor a partir de los proyectos que elabora. No es de extrañar que los programas académicos de muchos Máster acaben convirtiéndose en una sucesión de charlas o conferencias vergonzosas a cargo de profesionales con nula aptitud académica, entreveradas de algunas clases de nivel básico sobre los aspectos que en realidad deberían ser la base fundamental para cualquiera que programe y organice eventos culturales, esto es, los económico-jurídicos, por un lado, y los de estricta gestión empresarial (organización, producción, comunicación -en la que el marketing es componente sustancial) por otro.

Y es que Inma Turbau da en la diana cuando menciona, casi de pasada, la alergia inveterada de los profesionales de la cultura a hablar de eso tan molesto llamado dinero. Lo cual conecta con los debates incipientes acerca de la crisis, es decir, de la ausencia de la disponibilidad económica que se ha venido disfrutando en los últimos decenios. José Guirao, director de La Casa Encendida, señala que nos encontramos ante un cambio de modelo: uno se acaba y el otro apenas está emergiendo. Turbau es más explícita cuando apunta al paradigma anglosajón de financiación privada, vía patrocinio y/o mecenazgo, y nos recuerda con acierto que se trataría, en realidad, de algo tan antiguo como la propia existencia del arte. De ahí que un elemento central de su libro consista en la elaboración del presupuesto, peleando por cada euro -es divertido y muy didáctico ver cómo regatea consigo misma en determinadas partidas, cómo se rige en todo caso la economía de opción-, y la consiguiente búsqueda y captación de fondos para cubrirlo. En un artículo reciente publicado en Babelia incide sobre lo mismo: el Gestor Cultural ha de comenzar a hablar el lenguaje de la empresa, buscar sponsors y deshacerse de cualquier vicio aprendido por la tradición que le impida enfangarse en el barro del euro, de la rentabilidad -no necesariamente de tesorería, sino también de impacto y proyección- y la comunicación con el público destinatario de los eventos.

No pecamos de pesimistas si suponemos que todo esto traerá consigo una limpia notable en el sector, comprensible si tenemos en cuenta que muchos de los titulados que ha vomitado la universidad española en la última década apenas han aprendido a gestionar un presupuesto que ya venía dado, subvención mediante. La realidad nos lo ha enseñado así: en cada municipio, en cada organismo, comunidad autónoma, departamento ministerial o chiringuito diverso, había una partida de "cultura" que con mayores o menores fluctuaciones se encontraba siempre ahí. Y si de repente se veía amenzada bastaba con invocar esa palabra mágica -"cultura"- para que cualquier decisión política contraria a ella adquiriese rasgos de delito de lesa humanidad. Sucede, sin embargo, que en estos tiempos que corren el término se ve enfrentado a otros tales como "educación" y "salud", y las cosas ya no están tan claras. Dejo aparte las manipulaciones que a ese respecto puedan realizar los políticos de uno u otro signo, y me atengo a los cambios que se han instalado para siempre en el entendimiento colectivo del dinero público: nos dirigimos hacia un futuro en el que ya no será posible adjudicar y gastar partidas presupuestarias sin una mínima justificación de su necesidad, y si de necesidad hablamos no cabe duda de que el terreno del arte es el más pantanoso.


Uno echa de menos en el discurso del sector cultural una mínima autocrítica. No puedo evitar indignarme a veces cuando leo artículos de reputados escritores que arreglan los problemas del mundo y arremeten contra las corruptelas y las injusticias... quizá días después de haber sido premiados con decenas de miles de euros de un Ayuntamiento, Diputación o Comunidad Autónoma, por la silenciosa vía de la negociación entre su agente y la editorial coparticipante. A eso se le llama malversación de fondos públicos, pero el escritor de turno no sabe nada, claro. Lo mismo podemos decir de los bolos, las residencias artísticas, los festivales "con todo pagado", etc. etc. Lo dicho, que no habría venido mal barrer la habitación propia y después denunciar con ganas la suciedad de la ajena. En adelante no va a ser extraño que nos preguntemos en qué medida las administraciones públicas han de ser promotoras de conciertos a fondo prácticamente perdido, o sufragar conferencias con más personas en la tarima de ponentes que en las filas del público. Quizá esos fondos deberían destinarse a educación, para que un pueblo culto e interesado por las manfiestaciones artísticas les de la importancia que realmente merecen y promueva así su existencia. Algo de esto pensaba el mes pasado, cuando asistí al concierto de un grupo indie de prestigio: cinco personas en la banda, con su despalzamiento, manutención y honorarios -y por supuesto entiendo que no serían excesivos- y apenas treinta en la sala. ¿De veras que la necesidad de "cultura" da para  semejantes inversiones... No sería más rentable en su caso ayudar a los artistas emergentes mediante licitaciones tan rigurosas como las de cualquier otro contrato?


Sin duda que eso es lo que nos espera, y voces como la de Inma Turbau nos ponen sobre aviso. Planificar un evento es algo mucho más prosaico, y no por ello menos apasionante, que teorizar acerca del sentido de la cultura en la sociedad contemporánea y su esquematización en intrincados proyectos. El Gestor Cultural debe programar, producir, ejecutar midiendo los tiempos -todo un capítulo del libro se ocupa de ello- y evaluar con arreglo a criterios económicos tan estrictos como deben serlo los del interés sustancial que tenga el acto en sí mismo.


Si algo se está poniendo de manifiesto ante este nuevo escenario es que hay profesionales que se están remangando para trabajar y aportar ideas, y otros que únicamente claman porque les devuelvan su juguete intacto. El tiempo pondrá en su sitio a cada uno de ellos.

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