jueves, 22 de marzo de 2012

El 25 de marzo, manifestaciones contra el maltrato animal. No faltes.

Es algo cotidiano en este país desgraciado. Las imágenes de un sadismo insoportable de la granja de Murcia en la que un puñado de valientes ejercitaba su psicopatía con los pobres cerdos (animales mucho más similares a nuestros perros de compañía de lo que estamos dispuestos a admitir...); cinco casos de maltrato animal en la provincia de Castellón en los  dos últimos meses, incluyendo unos cuantos galgos ahorcados; un cazador arroja a su perra de siete años a un pozo, donde sobrevive varios días malherida, sin agua ni alimento, y cuando la encuentran por casualidad, el servicio de emergencias responde que no pueden hacer nada por culpa de los recortes. No hay semana en la que no tengamos noticia de algún juicio en el que se condena a un tipejo por matar a golpes a su perro (se condena, me refiero, a una multa, más la inhabilitación para tener animales domésticos, y a vivir). Y día tras día asistimos horrorizados a este espectáculo que parece no tener fin. Más allá del escándalo que ocasionan ciertas imágenes, las cosas siguen como están, o los avances son escasos y demasiado lentos. 


Pero seamos optimistas. El movimiento no al maltrato animal continúa convocando manifestaciones por toda España y recogiendo firmas para promover reformas legislativas, que al final es lo único que realmente funcionará. Al mismo tiempo los chicos y chicas de Igualdad Animal, auténtica mosca cojonera contra el silencio oficial, no cesan en su propósito de divulgar el horror, horror real, simplemente filmado, cinéma vérité que remite a nuestras peores pesadillas. Y es que hay cosas que ya no podemos tolerar, como el comportamiento de los cazadores (ah, qué noble gremio), a quienes a veces se nos intenta vender como ecologistas y preservadores del medio ambiente. Uno se pregunta por el grado de humanidad de una persona que, una vez que su compañero animal -que le ha servido durante años- se encuentra menos ágil para responder a las exigencias de la cacería, lo ahorca, le inyecta lejía en las venas o, simplemente, lo arroja a un pozo. El hecho de que no exista ni un atisbo de piedad en ese último instante, esto es, que ni siquiera se gaste un cartucho, lo dice todo.


La pasada legislatura se solicitó a un grupo de expertos un informe con vistas a la eventual promulgación de una Ley Estatal sobre bienestar animal. La comparecencia de los investigadores ante la Comisión del Congreso es una lectura aleccionadora, que pone de manifiesto el atraso secular que llevamos en estos aspectos, la profunda raigambre intelectual de los derechos de los animales (no ha habido filósofo relevante del siglo veinte que no se haya ocupado de ello), la ignorancia mastodóntica que el ciudadano de a pie manifiesta sobre estos temas (puesto que nadie se ha molestado en informar, aunque es cierto que también por parte de los consumidores se prefiere no saber), y más aún, la desatención que evidencian determinados expertos que suelen caracterizarse por sus saberes omnívoros (divertido resulta que el megacatedrático de derecho administrativo García de Enterría desconozca que existe una norma reguladora de la clasificación de los huevos con unos códigos que indican el grado de sufrimiento animal durante la producción). Como tantas otras cosas, ese proyecto permanece en el congelador, y es de esperar que sea retomado en algún momento por el Gobierno actual, pues es indudable que nos encontramos ante un debate ajeno a partidismos, y que en la medida que se divulge, recabará un importante consenso social. Sería además muy importante esa toma de postura, puesto que se tiene que acabar con la actitud defensiva que surge inmediatamente cuando se tocan estos temas: hay que hacer comprender a la gente que cuando pedimos que se reflexione y se debata sobre el sufrimiento animal no se está atacando ninguna esencia de la españolidad. Ciertas prácticas no pueden constituir nuestra esencia. Querer que tu país cambie y evolucione a mejor supone más quererlo que traicionarlo.

Entretanto debemos seguir con nuestra canción, y tratar de que cada vez más personas quieran oírla. Hay un trabajo importante que hacer en el nivel divulgativo y en el activismo, pero no debemos olvidar que la tarea jurídica será la que finalmente aporte soluciones eficaces.


El veinticinco de marzo, todos y todas a la calle para pedir reformas legislativas, seamos humanos, animales o teleñecos, como se dice con gracia en este vídeo de la convocatoria, que no deja de ser fiel reflejo del espanto cotidiano y de la necesidad cada vez más perentoria de hacer algo al respecto:


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