viernes, 23 de marzo de 2012

"El fin de la raza blanca", de Eugenia Rico. Virtuosismo y ventriloquía


Hay momentos en la trayectoria artística de un músico en los que se siente capaz de ponerse a prueba concibiendo un álbum donde pone en práctica todo lo que ha aprendido con los años y exprime sus facultades hasta casi agotarlas. El resultado suele mostrar una variedad de estilos y registros que apabulla, sin perder un ápice de voz propia. Ignoramos si "El fin de la raza blanca" marcará un hito en la carrera de Eugenia Rico, pero lo cierto es que parece responder a ese instante y a ese propósito de intensidad creadora. 
Se trata de una colección de relatos tan variada como brillante, en los que el interés se renueva con los cambios de tono y tema, y donde encontramos un manejo de las técnicas narrativas adecuado a cada uno de ellos. Esa comunión entre forma y fondo es lo que suele distinguir al mero contador de historias del autor literario, y no cabe duda de que, por encima de logros precedentes, Eugenia Rico se sitúa con este libro entre los segundos.

El volumen se abre y se cierra con sendos microrrelatos a modo de pequeños apuntes inquietantes. El primero nos sugiere seguir leyendo, y el final, lamentar que se haya acabado. Porque por en medio podemos disfrutar de todo un muestrario de voces y contenidos en los que la autora no se permite ni una sola caída. Estructurado en tres secciones, evoluciona desde el trabajo artesanal con el lenguaje hasta la trepidación de argumentos potentes, donde la violencia, el engaño y el abuso a los débiles encuentran acomodo. Vamos allá:

-"La línea gris" es un monólogo faulkneriano que invoca los recuerdos de la guerra civil y desliza con habilidad una trama de tensión creciente en los recovecos de lucidez que va dejando una voz narradora próxima a la locura.
-"Tren de vida" es quizá el más lírico y abstracto del libro, lleno de instantes poéticos que acompañan a una prosa lenta que, digamos, traquetea, en un ritmo opuesto al del cuento precedente. Así nos va llevando, como cuando apoyamos la cabeza en la ventana del tren, tomamos el sol y nos dejamos ir, hasta un final de corte fantástico que bien puede entenderse como una metáfora perfecta de la cobardía y el ensimismamiento contemporáneos.

-"One way": regreso a la voz monologal para contarnos una realidad de pesadilla relacionada con el error al tomar un avión, pero ahora con frases cortas y palabras crispadas, sin renunciar ocasionalmente al hallazgo.
Hasta aquí la sección que podríamos considerar más recomendable por su ambición literaria, sin que ello suponga que las dos siguientes no resulten igualmente plausibles. En ellas se inicia un camino gradual hacia el realismo, el cuento fantástico y la fábula.

-"La chaqueta": relato intimista en el que esa prenda ejerce de testigo que pasa de una mano a otra en la carrera del amor.

-"La sala de espera": indagación psicológica de los miedos relacionados con la maternidad, con un guiño al anterior "One way".

-"Selena": historia conmovedora, brutal, que adopta inicialmente el punto de vista de una perrita para focalizar posteriormente sobre una mujer y un niño, todos ellos víctimas de maltrato. Y quién puede negar que ocurre así, que la violencia, ya sea de género, contra los niños o contra los animales es ejercida por la misma clase de ser humano, si es que se le puede calificar de tal modo. Este relato es un ejemplo de cómo la literatura tiene sus particulares medios de reflexión, a menudo más efectivos que el mejor de los ensayos.

-"Desperdicios": como una suerte de contrapunto a "La chaqueta", constituye una representación del amor gastado o, mejor, podrido.

Y abandonamos la sección "purgatorio" para adentrarnos en un "infierno" alucinatorio poblado de monstruos y fantasmas.

-En "El muerto" se cruzan Le Carré y Poe, y hay una irónica vuelta de tuerca al final que remata el cuento con inteligencia.

-"La noche de la Candelaria" es probablemente el más convencional, en el sentido de que adopta una voz narradora que remite a las historias orales sobre los dramas de nuestra guerra civil. Pero incluso esto está bien hecho.

-"La primera vez": algo nos recuerda en este cuento espeluznante al tono del primero del libro, aunque la tensión formal cede ante la fuerza del argumento, relacionado con los abusos infantiles.

-"La gata negra": variación sobre Poe, de nuevo con los malos tratos de fondo. El más extenso, y disfrutable como uno de esos postres excesivos que nos escandalizan pero atacamos sin remilgos.

-Lo mismo podemos decir de "El fin de la raza blanca", donde el registro alude ahora a "Las mil y una noches" pasado por una narradora que practica la manipulación mediante palabras inocentes y serviles.


Como vemos, el libro tiene mucho de ventriloquía, de entrega a la pasión de contar, y de interés por explorar todas sus posibilidades. Evita así el error en que incurren otros volúmenes de relatos: la insistencia empalagosa en un estilo, la agotadora sucesión de golpes de ingenio y, muy a menudo, el vacío disfrazado de minimalismo (cuánto daño ha hecho Carver -o el editor de Carver, ya sabéis-). Esperemos que contribuya al reconocimiento en nuestro país de un autora mejor valorada en el extranjero, como suele ocurrir con los grandes.


P.D.: Es un lástima que el libro se haya visto sometido a una polémica absurda relacionada con las citas periodísticas que adornan su portada y contraportada. Las editoriales deberían replantearse esta política estúpida de llenar de halagos ajenos la presentación de una obra que, como en este caso, se defiende por sí sola. Se lo han puesto en bandeja a los trolls que deambulan por la red con el hacha en la mano, a la espera de algo que cortar. En fin, cuando el ruido pase, quedará "El fin de la raza blanca", así de simple.



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