lunes, 19 de marzo de 2012

"Cárceles imaginarias", de Luis Leante.


Vivimos una moda (o epidemia) de narrativa histórica que puede crear confusión sobre novelas de mayor enjundia literaria como ésta. Hay otros “productos” en el mercado literario que enmascaran tramas de culebrón, diálogos inverosímiles para la época y personajes arquetípicos de película de sobremesa en una faramalla de datos, usos y costumbres que satisfacen la curiosidad de cierto público. En realidad, si trocamos castillos por edificios de oficinas, armaduras por trajes y espadas por pistolas tendríamos historias comunes y corrientes, y en eso se encuentra la clave de la diferencia entre la buena narrativa histórica y el oportunismo literario. 


“Cárceles imaginarias” es, ante todo, un homenaje a la labor del investigador histórico. Algunos de sus mejores párrafos nos hablan de la pasión por el documento perdido, por las horas de encierro y el trabajo colectivo que lleva a compartir descubrimientos con ilusión de niños. Esa tarea saca al personaje protagonista de su voluntario aislamiento –a raíz de una tragedia personal- y vuelve a colocarlo en el mundo, a relacionarlo con otros semejantes y, más allá de todo ello, a conectarlo con la pasión que compartía con la persona amada, fallecida en un traumático accidente. 


Luis Leante es un buen prosista, de escritura ágil y limpia, que tiene el acierto de enteverar los diálogos en el propio párrafo narrativo, de forma que la acción discurre con fluidez y no deja de entretener nunca. Cuesta dejar el libro, y no cabe quizá mayor éxito. Pero además de su habilidad para componer las frases, ha puesto en pie una estructura de episodios alternos que funciona a la perfección, y que el lector adivina ya abocada a confluir en algún momento, como efectivamente sucede al final del libro.


Parte de él, pues, está dedicado a la progresiva resurrección de Ferré por vía de recuperar su vocación investigadora, la cual se proyecta en un doble sentido:  la indagación sobre los hechos relacionados con los movimientos anarquistas de finales del XIX (centrados en un concreto personaje y otros más que surgen a su alrededor) y la que tiene por objeto comprender el porqué del interés que su pareja fallecida manifestaba hacia esa época. La otra parte del libro relata con brío las andanzas del anarquista Ezequiel Deulofeu: sus orígenes y formación, sus viajes, relaciones personales y azares que acabaron convirtiéndolo algo parecido a un símbolo, tan ambiguo como inabarcable. 


Ambas secciones de la novela, en capítulos alternos, resultan igualmente interesantes, porque el autor maneja con pericia diferentes recursos para atrapar el interés del lector: la narrativa de suspense, la de acción, el relato de iniciación, la profundidad psicológica… Y una delicada sorpresa final que da sentido al argumento y culmina en una escena final de grato contenido poético. 



Está claro que hablamos de una buena novela, capaz de atrapar el interés de muy diferentes lectores y lectoras, ajena a las modas, honesta y ambiciosa. Luis Leante es un escritor silencioso que libro a libro va construyendo una carrera coherente, y en “Cárceles imaginarias”, hermoso título que adquiere pleno significado a medida que avanzan sus páginas, demuestra que ha llegado a un punto de pleno dominio de sus herramientas de escritor. Su techo estará allí donde plantee sus retos, y nosotros, a disfrutarlo.

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