Hay ocasiones en que la calidad
literaria de una novela se encuentra directamente relacionada con la elección
de la voz narradora y el punto de vista desde el que nos habla. Una decisión
que, si resulta errónea desde el principio o se desarrolla de manera deficiente,
puede hacer fracasar el proyecto por muy interesante que sea su contenido.
Lo que hace de Kallocaína una
obra notable es, en primer lugar, el acierto en la construcción de un narrador
que presentaba no pocas dificultades: se trata del arquetípico súbdito fiel de
una dictadura y militante fanatizado de las ideas del partido político que la
sustenta. Ambos aspectos lo convierten en una figura tan peligrosa como
ingenua, y esa capacidad de hacer daño con un temperamento pueril provoca que
la credibilidad del relato dependa mucho de la capacidad de el autor o autora
para conseguir que los lectores se crean el personaje.
Karin Boye no sólo supera el
reto, sino que logra poner en pie un protagonista que bien pudiera consolidarse
en la historia literaria como el mejor reflejo posible de la vida del ser
humano bajo un régimen dictatorial. Y es que la novela nos cuenta la dictadura
desde dentro, no en cuanto descripción de su tejido de instituciones y
normativas absurdas, sino explorando el interior de las personas sometidas que
deben asumirlas. Y así, sin que existan episodios de acción o suspense
propiamente dichos, la historia es apasionante y estremecedora.
La visión enfermiza del narrador
dibuja el mundo que lo rodea con involuntaria precisión: una sociedad regida
por la cobardía y el miedo, cuya única recompensa individual se cifra en el
“honor” de servir eficazmente al poder gobernante. El personaje busca alcanzar
“la perfección de la gran colectividad” mediante la aportación del fruto de sus
investigaciones: una droga –la Kallocaína- capaz de extraer los pensamientos
del “material humano” al que se obliga a consumirla. Ilusionado por poner en
práctica esta herramienta, y por los beneficios que reportaría a su mundo –la
eliminación de cualquier forma de
delito, aun manifestado en meras ideas e intenciones; o, en sus palabras,
legislar “sobre la criminalidad del carácter”-, el invento comienza sin embargo
a traer consecuencias incontrolables. Al fin y al cabo lo que saca a la luz son
los subterráneos de las conductas reprimidas por la intolerancia dictatorial, y
la autora nos cuenta con acierto la sorpresa que causa en el personaje el hecho
de que muchos de los que lo rodean tengan una suerte de mundo interior en el
que la libertad personal ha conseguido refugiarse. Él no puede permitirse los
matices, y sin embargo acaba teniéndolos aunque no llegue a reconocerlo. La voz
que nos cuenta la historia no reflexiona sobre su propia evolución, y aun así
los lectores la percibimos, lo que constituye una de las claves del éxito de la
novela.
Las pruebas que se realizan con
la Kallocaína sobre ciertas cobayas humanas tratan de forzar situaciones en que
la fidelidad al Estado se ponga en cuestión al entrar en conflicto con otras
fidelidades personales o familiares. Semejante crueldad se desarrolla con una
naturalidad asfixiante, en la que los seres humanos aparecen despojados de su
condición. El personaje principal, reflejo como decimos del ciudadano medio del
régimen, ejerce la fuerza de la autoridad sobre otros, mientras que al mismo
tiempo se siente permanentemente observado y en peligro. De ahí que ciertos
comportamientos de sus superiores, en los que aparecen atisbos de libertad y
personalidad propia, lo sorprendan e inquieten. Ese “desapego condenable” que
detecta en ellos sólo se lo permite, en su caso, dentro de los sueños.
Sin ánimo de adelantar nada del
argumento, lo cierto es que a medida que la historia transcurre el narrador se
ve sometido a tensiones que ponen en cuestión su propia y aparentemente
inamovible entereza. Entonces Karin Boye nos muestra la miseria moral que
subyace en todas esas grandes ideas que convierten las sociedades en prisiones
perfectas, y cómo los mecanismos opresivos que generan son utilizados muy
frecuentemente en oscuras revanchas personales.
Al final del libro hay una vuelta
de tuerca argumental de un pesimismo coherente e irreprochable: las dictaduras
se propagan y convierten el mundo en una especie de jungla donde unas especies
devoran a otras y donde el destino último del ser humano es precisamente ese:
servirles de alimento para garantizar su supervivencia.
Novela discursiva, acaso
necesitada de mayor riqueza en la trama, pero que gracias a su buen estilo
nunca se hace pesada. También tiene el valor, en los tiempos que corren, de
hacernos pensar, o peor aún, presentir lo que puede que se nos venga encima.
Que nadie diga que Karin Boye no nos había avisado.
