domingo, 11 de marzo de 2012

'El tiempo es un canalla', de Jennifer Egan. El clasicismo irónico.

Esta novela contiene un powerpoint, comencemos por aquí. En el último tercio del libro, una voz adolescente se expresa a través de semejante herramienta. Nos cuenta algo pero lo hace a través de una presentación elaborada con ese software, de forma que, sin dejar de tratarse de un fragmento estrictamente narrativo, nos obliga a perseguir su sentido a través de pantallas impresas, llamadas y autorreferencias varias, frases escuetas y gráficos que adquieren tanta relevancia semántica como las propias palabras. Más que sorprendente resulta divertido, porque lo cierto es que se puede seguir el hilo del pensamiento que va elaborando el personaje mediante un medio tan inusual en literatura como expresivo y natural para la personalidad de quien lo utiliza. Su inclusión es pertinente, y le añade singularidad al libro sin estorbar su fragmentado discurso.

Ahora bien, que a partir de ahí se haya propagado la idea de que nos hallamos ante una novela "vanguardista" no deja de ser otro síntoma más de la pereza con que se aborda la crítica literaria hoy en día. Da la impresión de que lo único que cuenta es etiquetar o encasillar inmediatamente al libro, y en cuanto alguien le aplica el primer sello, todo lo demás viene rodado. Y poco importa que el asunto responda a alguna clase de intención oculta de la propia editorial, o incluso de la autora, se entiende que una vez la obra es ofrecida al público debe ser éste quien saque sus propias consecuencias, ya hablemos del lector de a pie o del dudosamente autorizado por pertenecer a ciertos medios influyentes.

Y es que "El tiempo es un canalla" (traducción libérrima y zumbona del original "A visit from the Goon Squad"...) tiene los suficientes méritos para que no le hiciesen falta demasiados añadidos publicitarios. En realidad responde al patrón de novela "clásica" (pero clásica del siglo veinte) en cuanto a la ambición de profundidad psicológica combinada con una escritura sutil y de engañosa trasparencia, el uso del tiempo narrativo irregular, con idas y venidas que, junto con la alternancia de puntos de vista, obligan al lector/a a componer el puzzle generando así una forma de "intriga" que nada tiene que ver con giros argumentales, sino con las meras turbulencias de la vida, desordenadas e imprevisibles.

En este caso seguimos las andanzas de una serie de personajes relacionados con la industria musical, lo que si acaso añade algún toque de humor extravagante, pero que no deja de ser un paisaje de fondo que arropa una historia sobre el paso del tiempo y los cambios que provoca en ellos, de forma que cuando páginas más adelante los recuperamos, aunque filtrados por el punto de vista de un tercero, contemplamos su evolución con ternura. Jennifer Egan no se permite el efectismo o la sensiblería, pero tampoco elude la posibilidad de que nos sintamos conmovidos. Compone así una novela moderna, enraizada en el más escrupuloso clasicismo de la narrativa psicológica anglosajona y sus refinadas técnicas, y aderezada con un guiño al office que, más que del signo de los tiempos, es señal de la habilidad de la autora para manejarlos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario