lunes, 16 de abril de 2012

"Starman", de Paul Trynka. Biografía del enigma.

Este libro tiene un par de precedentes en el mercado editorial español: "Bowie, una extraña fascinación", de David Buckley, y "Bowie. Amando al extraterrestre", de Christopher Sandford. No deja de ser curioso el fenómeno, pues  en general no abundan los textos biográficos de los músicos, al menos los que afrontan la tarea con un mínimo rigor alejado de esos refritos que pueblan la sección "Música/Cine" de nuestras librerías. La tarea exige acercarse al artista con la misma exigencia y prolijidad con que se afronta el análisis de venerables figuras políticas o históricas. De entre los tres títulos que mencionamos, el de Paul Trynka es el que mejor ha abordado al personaje. Y esto se percibe desde sus primeras páginas, donde se plantea la gran pregunta: ¿es Bowie un auténtico "camaleón" guiado por su instinto, honesto y valiente, o por el contrario un hábil manipulador de audiencias capaz de adecuar sus giros estilísticos al efecto que espera obtener de ellos? Como era de prever, el libro no llega a una conclusión evidente, quizá porque no la hay. El Bowie persona que sostiene al Bowie artista es tan brillante, voluble, contradictorio y hermético que no es fácil radiografiarlo en un puñado de páginas.


 
Y es que, en realidad, plantear un recorrido por su vida con el mero propósito de responder a ese interrogante resulta peligroso, puesto que se puede caer en la conclusión fácil de que durante los años que se corresponden con sus obras maestras ( Aladdin Sane, Ziggy, Young Americans... así hasta Scary Monsters) se trataba de un músico auténtico, mientras que el resto de su carrera supone un vulgar ejercicio de mercadotecnia. Hemos leído esta teoría muchas veces, y ya cansa. Paul Trynka elude tal simplificación, y sin dejar de reconocer la grandeza de los buenos tiempos, se extiende más que los títulos precedentes por las épocas aparentemente declinantes.


Para empezar formula lo que en los círculos de erudición bowieana será visto como un auténtico sacrilegio: valorar de forma positiva el giro musical dado con Let's Dance, y atribuir su mérito al propio David por encima del productor Nile Rodgers, a quien siempre se ha visto como el muñidor de abismo comercial en que se habría arrojado el Duque Blanco. A partir de ahí desarrolla lo que en mi opinión es la etapa más interesante de su vida: sí, no pienso que la intuición talentosa de la juventud ponga punto final a la carrera de los artistas, sino que a partir de ella empieza la ardua labor de la supervivencia. Así ha ocurrido con muchos de los grandes: ¿cómo continuar ofreciendo creaciones -musicales, literarias, etc.- al público después de haber parido varias obras maestras consecutivas? El Bowie más fascinante no es el marciano de pelo rojo puesto de coca que improvisaba en el estudio, sino el músico adulto que debe evitar ser devorado por su propio mito.


Para muchas generaciones Bowie comenzó y terminó en los años ochenta, y resucitó en los noventa con algunos discos a los que el tiempo aún debe hacer justicia. Starman, el libro, nos habla de la etapa errática y malograda de Tonight y Never Let Me Down (reconozcámoslo: a estos dos no hay manera de salvarlos), pero también del rubicón purificador de Tin Machine, y de los notables intentos de recuperar el pulso que supusieron Black tie, white noise, Outside y los más recientes Heathen y Reality. Es un poco  injusto con Earhtling y Hours, que están rejuveneciendo año tras año, y sin embargo reclama nuestra atención hacia el apenas escuchado The Buddah of Suburbia. En lo personal, nos cuenta cómo David Bowie tenía la necesidad de huir constantemente hacia adelante, mientras que David Jones anhelaba el momento de echarse a un lado y, sencillamente, ver la vida pasar.


 
Y aquí llegamos a uno de los momentos más fascinantes de su vida, y que va a acabar por convertirlo en un enigma aún más fascinante que aquel "loco del pelo rojo" que introdujo la androginia en los grises hogares británicos de los setenta: ¿qué ha pasado con Bowie en los últimos años? Sabemos que durante la gira de Reality, en 2004, sufrió un accidente cardiovascular que precisó de una operación complicada. Y a partir de ahí todo cambió... ¿o no? Paul Trynka tiene su propia teoría, con la que no podemos estar sino de acuerdo. Bowie no desapareció realmente tras un problema de salud, de hecho volvió a dejarse ver en alguna actuación esporádica pero muy bien calculada, como veremos. ¿Qué ocurrió entonces para que no hayamos vuelto a tener noticias suyas? Pues algo muy simple, nos dice el autor de este libro: por fin pudo cumplir una de sus fantasías más secretas, que lo había acompañado a lo largo de toda su carrera, incluso en los momentos de mayor éxito. Se trata de la necesidad de desaparecer, de escaparse a lo Houdini de las infinitas ataduras que constreñían al Bowie personaje. Esto explica que no haya habido un último adiós, un comunicado, la asistencia a un homenaje, un disco-despedida. Sencillamente, se ha esfumado.


 
¿Ha querido previamente escenificarse como un ser humano herido? Ahí está la enigmática ínterpretación de Life on Mars en el año 2005, después de la operación. Emotiva, obsecena incluso en su excesivo patetismo: un cantante maduro, ridículamente ataviado con pantalones de talle alto, una venda y un ojo morado, en apariencia nervioso y llegando con dificultad a ciertas notas:





Apenas un año antes era este artista pletórico que en largos conciertos de la gira "Reality" tocaba todos sus éxitos:

Aquí, en la maravillosa The man who sold the world:



Puede que dentro de años contemplemos este mutis inextricable como la mejor de sus performances. Se ha ido de una manera en la que no podemos dejar de hablar de él. Se ha ido para permanecer, como Salinger.

Entretanto, sigamos disfrutando de sus discos. Y en este sentido quiero acabar reivindicando su etapa "madura":


Dead man walking, extraído del Earthling, al que se acusó de apuntarse tarde al sonido urbano de los noventa, olvidando quizá que ese sonido había mamado precisamente de Low y Station to Station:


The heart's filthy lesson, uno de los vídeos más potentes e inquietantes de toda su carrera:


Jump the say, otro vídeo excepcional, un tema brillante y ecos personales del suicidio de su hermano:


Thursday's child, procedente de su álbum más tranquilo, Hours..., que daba fe de su capacidad intacta para escribir buenos temas y -de nuevo- convertir el videoclip en una pequeña obra de arte:



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