viernes, 6 de abril de 2012

"La esposa diminuta", de Andrew Kaufman. Verdades como puños de hada.



La compartimentación en géneros y edades con que suele presentarse la narrativa provoca que determinados lectores se sientan inmediatamente excluidos al encontrarse con una de esas etiquetas. Entonces, de vez en cuando, aparece un libro no clasificado que se empeña en tumbar prejuicios o saltar con desparpajo de una casilla a otra jugueteando con todas. Además de un golpe de frescura nos hacen ver la inutilidad de reprimir o censurar nuestra curiosidad lectora, cuánto nos perdemos por estar demasiado atentos a las ramas de los árboles que forman bosque, en vez de apartarlas –y si acaso detenernos a contemplar su belleza- y seguir el rumor del río que encontraremos tras ellas.



“La esposa diminuta” es una fábula ilustrada, lo que en principio podría tentarnos para encasillarla. Pero si nos dejamos llevar por la primera impresión, cuando tenemos el volumen –primorosamente editado por Capitán Swing- entre las manos, nos perderemos una historia que ofrece sobrados alicientes para que la forma en que se nos muestra tenga algo de culminación estética de un fondo de por sí interesante.



No es difícil, a medida que van pasando las páginas, interpretar la metáfora que nos propone el autor a través de ese ladrón de objetos personales valiosos que estima estos más lucrativos que el dinero guardado en la caja fuerte del banco que atraca. Los personajes, al verse despojados de tales pertenencias, asisten al progresivo desmoronamiento de sus vidas.



Y es que cada uno de las posesiones entregadas tenía un carácter simbólico que definía, en realidad, la personalidad completa de sus propietarios, que asisten tan sorprendidos como el lector al modo en que aquéllas se revelan en su naturaleza definitoria y, más aún, se rebelan contra quienes las habían hecho imprescindibles.



A la esposa de la que habla el título le encantaban las matemáticas, su mundo estaba ordenado en números, así que entregó al ladrón una calculadora. El hecho de que, con posterioridad, comience a disminuir de tamaño la lleva a reaccionar del mismo modo en que siempre ha encarado las adversidades: midiendo y tasando, llevando un control detallado que se centra más en lo superficial de los hechos que en las causas profundas de lo que le ocurre.



Kaufman tiene el acierto enriquecer su relato con tonos surrealistas, a la manera de los grandes cuentos clásicos, de forma que la lectura no cae en la simpleza. Ayuda a ello una prosa transparente pero rápida y seca, que nunca explica y tampoco deja aliento para excesivas especulaciones, así que a veces nos obliga detenernos y releer con mayor atención. Mención aparte merecen las ilustraciones, como sombras proyectadas sobre una página blanca, que saben aunar, al igual que la escritura, lo real y lo fantástico con belleza y efectividad.



El final –así ha de pasar en toda buena fábula- permite que las cosas encajen pero, de nuevo, eludiendo escenas o frases trilladas. Aprendemos no obstante que a veces es necesario perder lo que consideramos más valioso para descubrir que no era eso, o no lo era tanto. Quizá lo que desea el malvado autor y los pérfidos editores es que todos los lectores/as de este libro delicioso pongamos en cuestión nuestras prioridades, precisamente en los tiempos que vivimos. Ah, bandidos…


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