La
compartimentación en géneros y edades con que suele presentarse la narrativa
provoca que determinados lectores se sientan inmediatamente excluidos al
encontrarse con una de esas etiquetas. Entonces, de vez en cuando, aparece un
libro no clasificado que se empeña en tumbar prejuicios o saltar con desparpajo
de una casilla a otra jugueteando con todas. Además de un golpe de frescura nos
hacen ver la inutilidad de reprimir o censurar nuestra curiosidad lectora,
cuánto nos perdemos por estar demasiado atentos a las ramas de los árboles que
forman bosque, en vez de apartarlas –y si acaso detenernos a contemplar su
belleza- y seguir el rumor del río que encontraremos tras ellas.
“La
esposa diminuta” es una fábula ilustrada, lo que en principio podría tentarnos
para encasillarla. Pero si nos dejamos llevar por la primera impresión, cuando
tenemos el volumen –primorosamente editado por Capitán Swing- entre las manos,
nos perderemos una historia que ofrece sobrados alicientes para que la forma en
que se nos muestra tenga algo de culminación estética de un fondo de por sí
interesante.
No
es difícil, a medida que van pasando las páginas, interpretar la metáfora que
nos propone el autor a través de ese ladrón de objetos personales valiosos que
estima estos más lucrativos que el dinero guardado en la caja fuerte del banco
que atraca. Los personajes, al verse despojados de tales pertenencias, asisten
al progresivo desmoronamiento de sus vidas.
Y
es que cada uno de las posesiones entregadas tenía un carácter simbólico que
definía, en realidad, la personalidad completa de sus propietarios, que asisten
tan sorprendidos como el lector al modo en que aquéllas se revelan en su naturaleza definitoria y, más aún, se rebelan contra quienes las habían hecho
imprescindibles.
A
la esposa de la que habla el título le encantaban las matemáticas, su mundo
estaba ordenado en números, así que entregó al ladrón una calculadora. El hecho
de que, con posterioridad, comience a disminuir de tamaño la lleva a reaccionar
del mismo modo en que siempre ha encarado las adversidades: midiendo y tasando,
llevando un control detallado que se centra más en lo superficial de los hechos
que en las causas profundas de lo que le ocurre.
Kaufman
tiene el acierto enriquecer su relato con tonos surrealistas, a la manera de
los grandes cuentos clásicos, de forma que la lectura no cae en la simpleza.
Ayuda a ello una prosa transparente pero rápida y seca, que nunca explica y
tampoco deja aliento para excesivas especulaciones, así que a veces nos obliga
detenernos y releer con mayor atención. Mención aparte merecen las
ilustraciones, como sombras proyectadas sobre una página blanca, que saben
aunar, al igual que la escritura, lo real y lo fantástico con belleza y
efectividad.
El
final –así ha de pasar en toda buena fábula- permite que las cosas encajen
pero, de nuevo, eludiendo escenas o frases trilladas. Aprendemos no obstante
que a veces es necesario perder lo que consideramos más valioso para descubrir
que no era eso, o no lo era tanto. Quizá lo que desea el malvado autor y los
pérfidos editores es que todos los lectores/as de este libro delicioso pongamos
en cuestión nuestras prioridades, precisamente en los tiempos que vivimos. Ah,
bandidos…