lunes, 16 de abril de 2012

"Variaciones sobre un tema romántico", de Juan Benet. El placer de volver.

Comienza el tiempo del ajuste de cuentas. Queda lejos la época en que Benet representaba una de las dos facciones literarias enfrentadas -como siempre- de forma artificiosa en un país con querencia por los extremismos. Aquella polémica, en realidad, se prolongó en el tiempo mucho más allá de sus textos ensayísticos sobre el realismo y su impugnación de ciertos nombres canónicos. Benet era el paradigma de la literatura "difícil", hermética y retadora, de la que desdeñaba el argumento en favor del estilo, y de la que apelaba a tradiciones literarias extrañas a la nuestra -al menos a la que hasta entonces se había considerado como única posible-. Suele ocurrir en estos casos que lo peor de tales figuras que se ven convertidas en símbolo de algo son sus corifeos. Los benetianos han hecho mucho más daño a la obra del autor que sus propias tomas de postura. Hablamos, sin embargo, de los años noventa. La década de dos mil ha acabado con las discusiones, el mercado editorial lo ha devorado todo, las influencias foráneas son connaturales a cualquier manifestación artística y un miembro conspicuo de la logia del grand style como Eduardo Mendoza, que teorizaba -de manera más bien simple- sobre el fin de la novela burguesa, se ha hecho millonario practicándola y saltando de un premio a otro y tiro porque me toca -ganarlo-.

Quedan, pues, los libros de Juan Benet, que continúan siendo visita indispensable para quien decida emprender el camino de la literatura. Son una escuela tan inabarcable como inmediata de técnica narrativa, de manejo del lenguaje y construcción del discurso. Y, por encima de todo, constituyen una experiencia lectora insustituible, en ese nivel de impregnación que sólo el gran arte alcanza, y del que no podemos salir intactos. Años después recordamos la prosa de Benet como un territorio fascinante al que nos gustaría volver, más allá de personajes, tramas o escenarios.


Y ahora tenemos una oportunidad extraordinaria de recuperarlo en los formatos en que mejor desarrolló su maestría: el ensayo y la narrativa (algo de teatro y poesía hubo, también destacable). Aparecen, ambos en Lumen, dos volúmenes de interés: "Ensayos de incertidumbre" (hermoso título) y las "Variaciones sobre un tema romántico" que aquí reseñamos. Este segundo tiene el valor añadido de tratarse de textos inéditos, lo que de por sí supone que nos hallemos ante una de las publicaciones más importantes de los últimos años, pese a haber salido a la calle sin mayores aspavientos.


Ya se hablaba sobre este libro, como un proyecto inacabado, en la impagable biografía escrita por el "tesinando" Francisco García Pérez, y ciertamente una vez concluido nos quedamos con la sensación de que falta "algo", una suerte de coda que a la manera del autor pudiese cerrar la narración. Aun así los diversos fragmentos que la componen son una summa benetiana que presenta las mejores virtudes del novelista, y que permiten, contemplado en la distancia, completar su perfil: Juan Benet era sobre todo un gran humorista, aunque nadie lo diría por la densidad de sus libros. Pero no es difícil distinguir en ellos una parodia constante de determinados usos del lenguaje: el empaque administrativo, los manierismos protocolarios entre caballeros, señores y señoritos varios, los diálogos jamesianos que de tanto eludir acaban por insinuar lo contrario de lo que pretenden comunicar... Por otro lado, apreciamos en él su capacidad de elaborar intrigas sin historia, a través de una pugna constante con el lector, un juego de resistencias en el que la prosa se opone al deseo de comprender, en el que los personajes parecen saber mucho más de lo que dicen, pero dialogan como conscientes de que alguien al otro lado trata de descifrar sus palabras. La literatura benetiana tiene, de este modo, mucho de juego intelectual, y de forma inesperada termina siendo tan entretenida como otros artefactos narrativos que operan en exclusividad con el manejo de la trama.


En estas 'variaciones', que parten de una escena inicial de violencia perturbadora, no podemos esperar un entrelazado argumental que nos ofrezca respuestas. Debemos limitarnos a emprender la escalada y disfrutar del paisaje, ciertamente variado: desde un fragmento de un erotismo poco usual en el autor hasta las habituales escenas de conversación desabrida entre dos personajes, o el relato oscuro de ecos fantásticos. El libro no añade nada relevante a la obra de Benet, pero tampoco encaja mal en ella y puede servir de excelente introducción a la misma.


El ajuste de cuentas suele ser implacable con algunos nombres glorificados por las modas y que apenas han resistido el paso del tiempo (Moix, Montalbán). Y aguarda a otros a quienes sus cualidades literarias sugieren un buen resultado (Cela, Delibes). En el caso de Benet, lleva camino de saldarse con ganancias para él y sus lectores. Las dos ediciones de Lumen a las que hos hemos referido contribuirán a ello.

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