lunes, 21 de mayo de 2012

Antonio Muñoz Molina y las responsabilidades colectivas.

El artículo tiene un año de antigüedad, pero estos días se está moviendo por las redes sociales entre ese público acomodaticio que necesita de gurús oficiales, cual máquinas expendedoras de "verdades como puños" para tiempos de incertidumbre. Hace un año Muñoz Molina, en un texto titulado "Hora de despertar", nos hablaba de los excesos de los políticos, de las inversiones desmesuradas, del dinero público repartido como golosinas entre los cercanos al poder... Y de la incomprensión que sufrían quienes tenían los arrestos de denunciar que no íbamos por buen camino, como él mismo, por ejemplo. Hablaba de visitas al Centro del Instituto Cervantes de Nueva York "con todo pagado", de alcaldes y ediles manirrotos, de la necesidad de una administración rigurosa y de una imprescindible, purificadora autocrítica. 


Cómo no estar de acuerdo con él. En estos momentos en que, al parecer -y subrayo y entrecomillo y coloreo en rojo ese al parecer-, no queda otro remedio que ser implacablemente austeros con los servicios públicos, echamos la vista atrás y nos avergüenza el comportamiento de nuestros dirigentes, las inauguraciones plagadas de risas estrambóticas, las fotografías sonrojantes de políticos zafios -perfectas encarnaciones de los personajes paródicos de la comedia chusca española- acompañados de famoseo diverso, amén de numerosos "seres oficiales": el constructor oficial, el abogado oficial, el deportista oficial, el arquitecto oficial... (Escribo en masculino porque, como suele ocurrir en los grandes males de la historia, eran todo tíos.)


Sí, es muy desagradable y duele recordarlo ahora. Se trata de esa fiesta que dicen que se acabó y que resulta, en cuanto concepto, profundamente ofensiva. Porque hubo muchas personas que nunca estuvieron invitados a ella, que se limitaron a estudiar, trabajar y vivir su vida sin contacto alguno con el maná del aprovechamiento urbanístico y sus aledaños. Lo malo es que el llamado "fin de fiesta" también les ha afectado a ellos, y en ocasiones como principales damnificados. Por eso debemos ser muy cuidadosos al hablar en primera persona del plural o mentar al colectivo para repartir las culpas e insinuar que todos, en mayor o menor medida -como si esto no importase, cuando la gradación es incluso un principio básico del derecho penal-, somos responsables. 


Y esa especial sensibilidad que debemos exigir al discurso comienza por el orador. Muñoz Molina alza el dedo acusador hacia los políticos grotescos que entraban en la sede del Instituto Cervantes de Nueva York como en el hall de un puticlub. Pero se olvida de posar esa mirada sobre el anfitrión que los aguardaba... Un escritor llamado Muñoz Molina, que veinte años antes había trabajado como funcionario durante siete ejercicios en el Ayuntamiento de Granada. Y tras dedicarse de lleno a la literatura es nombrado en 2004 director del Instituto Cervantes de Nueva York. ¿Se siguió un procedimiento abierto de concurso, o similar? ¿Era él el más capacitado para el cargo? Si consideramos que la dirección de una sede tan importante es un puesto de primer nivel en la gestión cultural... ¿Acreditaba el currículum de Muñoz Molina conocimientos y experiencia suficientes para acceder al mismo? No cabe duda que desde los primeros años ochenta se fue labrando un prestigio notable como novelista, más allá de las legítimas discrepancias que pueda suscitar su obra, pero lo cierto es que nunca antes había accedido a un trabajo de nivel similar, y que si hablamos de gestión cultural en sentido estricto, llevaba casi veinte años sin ejercerla, tras su paso por el Ayuntamiento de Granada. Durante esos decenios un grupo de profesionales lograron implantar, desde la nada, los estudios y la profesión de cultural management en España, pero por supuesto que ninguno de ellos consiguió tocar los cielos. Eso estaba reservado para ciertos nombres "oficiales", los mismos que durante todos estos años se han paseado por los pueblos y ciudades perorando a cargo del erario sobre de sus novelas o los males de la humanidad. Ah, los bolos... Ah, los premios patrocinados por administraciones públicas... Mejor no analizar todo esto, ¿verdad?


Vivimos tiempos en que cada vez resulta más imperiosa la lucha por la dignidad y la justicia. Una no puede entenderse sin la otra. Y para conseguir la segunda habrá que ser críticos, caro que sí, y exigir responsabilidades al máximo nivel. Habrá también que perder el miedo a decir con orgullo "yo no he tenido nada que ver con todo esto". Y habrá que tener el valor de mirarse a uno mismo en el espejo y afrontar con entereza la monstruosidad propia antes de denunciar la ajena. 

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