jueves, 31 de mayo de 2012

"Algún día este dolor te será útil", de Peter Cameron.

El tránsito entre la adolescencia y la edad adulta ha sido tratado ya en numerosas novelas. Cabe preguntarse, pues, qué puede aportar un nuevo intento como el que realiza Peter Cameron en este interesante título. La respuesta se encuentra en sus páginas: honestidad, sencillez, ausencia de prejuicios -entendidos como una toma de postura previa de carácter artístico o intelectual que pretendiese de alguna forma dar la réplica o complementar a cuantos lo han precedido-. Cameron construye un personaje creíble porque no es el más listo, el más irónico, el que mas sufre o el eternamente incomprendido. Se trata, simplemente, de un muchacho que a punto de dar el paso que supone abandonar el hogar e irse a la universidad siente que no va a encajar allí, porque en realidad no lo hace en ninguna parte. 


Semejante planteamiento, sin duda reconocible, se nos presenta mediante un narrador en primera persona que, quizá desde un punto en el que todo parece ya menos amenazante, recuerda esos días en que tuvo que tomar algunas decisiones. Aunque existe otro plano en su memoria: el relacionado con un instante de derrumbamiento y posterior huida que le sirve como referente. Ahora el protagonista se encuentra de nuevo en la misma tesitura: la de aceptar la "vida adulta" tal como viene, o la de escapar seguramente hacia ninguna parte. 


Peter Cameron compone una obra sutil en la que son los lectores quienes debemos indagar entre líneas y llegar a ciertas deducciones para entender a los personajes. El libro, más que concluir, se detiene y nos deja con la sensación de que habría podido continuar siguiendo al narrador durante muchos años. Apenas encontramos giros argumentales, y los pocos que hay parecen producirse de manera azarosa, fruto del temperamento oblomoviano del protagonista, que se nos antoja espectador de su propia existencia. Aun así abundan las escenas divertidas, los diálogos inteligentes y los pensamientos ingeniosos de un adolescente que más que plantearse las grandes cuestiones del mundo se pregunta por qué se empeña la realidad en no dejarlo tranquilo. Y mediante ese tono impasible el texto acaba burlándose de los terapeutas, del supuesto amor paternal y maternal, del arte contemporáneo y sus cultivadores, de la alegre muchachada universitaria y sus comportamientos grupales, de la masculinidad clásica asociada al despacho lustroso y el consumo de filetes sangrantes, de las redes sociales, de la histeria urbanita... El estilo recuerda a los primeros libros de David Leavitt, al menos en su contenida emotividad, pero con unas dosis más altas de ironía. 


Tan sólo parece haber algo auténtico en la vida del protagonista, y es el mundo antiguo, afectuoso y cabal representado por su abuela, a quien acude siempre que las cosas van tirando a mal. Los mejores pasajes de la novela transcurren en esa casa antigua donde ambos comparten mesa y una simpática esgrima verbal. Instantes conmovedores que, sin mayores subrayados, sirven de anclaje en mitad de la tormenta. 


Nueva York y sus traumas post once de septiembre son el escenario de fondo. Pero más allá de eso está el temible instante de la bifurcación en que debemos decidir si seguiremos creciendo en el abandono de todo lo puro que había en nosotros o bien somos capaces de conservarlo. Quien más quien menos hemos tenido que escoger el camino deseado, y aún seguimos haciéndolo. Por eso la novela de Peter Cameron resulta aconsejable para leer en la juventud, e imprescindible en la madurez, cuando corremos el riesgo de olvidar que alguna vez nos sentimos así. 

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