lunes, 21 de mayo de 2012

"El hijo de Brian Jones", de Jesús Ferrero. Literatura sample.

Jesús Ferrero es uno de los narradores más singulares de la literatura española. Con una obra extensa a sus espaldas, cuya importancia irá estableciendo el tiempo, muchos lectores/as teníamos la impresión de haberlo perdido de vista, a pesar de que su ritmo de publicación apenas había decrecido en los últimos años. Lejos queda su irrupción rompedora en la novelística contemporánea con aquella Bélver Yin que no significaba tanto una apertura de nuevos caminos cuanto la constatación de que la tradición narrativa era un concepto mucho más amplio de lo que se nos explicaba en los medios literarios oficiales y los programas académicos. En obras posteriores podemos afirmar sin duda que Ferrero no dejó género por explorar, pero permaneciendo siempre fiel a un mundo propio caracterizado por un estilo reconocible, y no tanto por una visión del mundo que acababa desleída en el juego de las variaciones temáticas: la novela negra, histórica, mitológica, intimista... Cada uno de los títulos ofrecía una cara distinta del autor, aspecto que lo convierte en uno de nuestros novelistas más meritorios, aunque sólo sea por su voluntad permanente de indagar en las corrientes que lo han precedido. Ello conllevaba, no obstante, como efecto secundario una cierta sensación de superficialidad, de tránsito vacuo entre universos argumentales. Las novelas de Jesús Ferrero prometían más de lo que finalmente daban, y era reiterada la caída hacia la mitad de sus páginas, cuando el contexto ya se nos había presentado y comenzábamos a echar de menos la profundización en los personajes, o bien una construcción eficaz de la trama, o al menos la capacidad de emoción y sugerencia en el lenguaje. El autor era, en realidad, un ejemplo prototípico de la modernidad narrativa en lo que tiene de traslación de técnicas procedentes de otras artes: la improvisación jazzística, la rapidez del rock,  el libérrimo montaje de escenas de la nouvelle vague, e incluso el drop painting. 




Con "El hijo de Brian Jones" Ferrero regresa a la actualidad literaria en lo que para muchos lectores/as ha supuesto un redescubrimiento. Vuelve, sí, y uno tiene la impresión de que siempre ha seguido ahí, porque la impresión a ratos ilusionadora y a ratos frustrante que producían sus historias permanece intacta en la última. El tema es atractivo, al situarse en la atmósfera del rock de los sesenta -con su representación paradigmática, los Rolling Stones- y adoptar, esta vez, el ropaje de una novela de iniciación que sigue los pasos de una serie de personajes jóvenes que se suben al tren frenético de un mundo en pleno cambio. El momento histórico no puede presentar mayor interés por lo que tiene de transformación en las costumbres sociales, de libertad y locura, de experimentación y riesgo. Sin embargo la escritura zigzageante de Ferrero no logra poner en pie a unos personajes creíbles, y los párrafos van pasando de uno a otro, y de una situación a otra, con un aroma excesivo de improvisación, de errabundia y de búsqueda de ciertos objetivos discutibles: la escena arquetípica de la época, con mucho delirio y tumulto, o la frase inesperadamente poética, que rechina en una prosa por lo demás austera. A ello tengo que añadir un reproche decididamente subjetivo, y que por tanto puede no ser compartido por muchas personas: me refiero a lo cargante que resulta la figura del artista maldito, tocado por los dioses, que se refocila en el exceso siempre al borde de una locura supuestamente creativa... Pienso en aquella película fallida de Jim Jarmusch, Last Days, donde la cámara seguía a un clon de Kurt Cobain en una sucesión aburridísima de escenas herméticas en las que lo único que quería ponerse de manifiesto era que el músico andaba todo el día puesto -otro caso similar es la sobrevalorada Control, de Anton Corbijn-. Luego podemos idear algún otro sentido redentor, como el del niño perdido en un mundo hostil, o el tormento del creador, y demás, pero mucho me temo que la mayor parte de las veces bajo esa representación epatante se esconde la nada. Las páginas de este libro dedicadas a Brian Jones son un ejemplo de lo que digo: a medida que trascurren, y permítaseme ser un poco burro, uno acaba por desear que se tire a la piscina de una puñetera vez. Y es que en realidad esos artistas fueron, en su proyección pública, tan indescifrables que tendemos a revestirlos de una absurda y repetitiva mitología -el Cobain de Jarmusch, el Curtis de Corbijn o el Jones de Ferrero serían intercambiables-.




Alrededor del personaje que da nombre a la novela figuran otros tan inconsistentes como él, igualmente dotados de ese aire de malditismo impostado. Se pierde así una excelente oportunidad para la gran literatura, en torno a un tema y un tiempo en que la realidad cambió por completo y pilló a mucha gente joven en medio. El desconcierto de los protagonistas de "El hijo de Brian Jones" parece haber contagiado a la narración misma, y aunque habrá quien encuentre en ello alguna suerte de transposición de las técnicas compositivas o interpretativas del rock, o incluso un reflejo artístico de aquella época libérrima, los lectores de Ferrero sabemos que no, que se trata de lo de siempre. Amagar y no dar. Claro que esto, en ocasiones, también recibe el nombre de "estilo propio", y provoca que de alguna extraña forma muchos sigamos enganchados al autor. Paradojas de la narrativa. En fin, ahí está el libro, las cartas sobre la mesa... Y a vosotros os toca doblar.

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