miércoles, 23 de mayo de 2012

"La jungla", de Upton Sinclair. Un clásico incómodo.


Comencemos por dejarlo claro: estamos ante una obra maestra, uno de los libros más influyentes del pasado siglo, al menos hasta que la economía de mercado nos aseguró la felicidad eterna y entonces novelas como ésta dejaron de considerarse necesarias. Visto con la perspectiva del tiempo, y el terrible punto de vista de la situación actual, el olvido de “La jungla” en la preceptiva literaria resulta bastante sarcástico. 

Debemos añadir a lo anterior, no obstante, que se trata de excelente literatura, que a nadie asuste el argumento porque sería muy limitado considerar la novela como “literatura social”, por mucho que –ya sabéis- se recurra a esa etiqueta para identificarla de alguna manera. Upton Sinclair es un escritor importante, profundo en sus planteamientos temáticos, pero dotado asimismo de una indudable capacidad estilística, lo que proporciona una vitalidad y cercanía a la historia que la lleva a alcanzar el logro mayor al que aspira toda literatura: trascender al tiempo en que ha sido creada y permanecer en la memoria eterna de las reediciones, las recomendaciones entre lectores, las bibliotecas. Pasarán muchos años más, y seguiremos necesitando que “La jungla” nos recuerde, a través de los sutiles mecanismos del arte, el mundo en el que vivimos, o mejor dicho, aquel del que procedemos y al que la historia nos condena a regresar cada cierto tiempo (y ahora parece que toca de nuevo). 

Upton Sinclair maneja con maestría un expresionismo literario de corte realista que dibuja ante nosotros escenas de una peculiar belleza, a pesar de retratar un universo sucio, violento y desesperanzado. Desde el arranque magistral del libro, con la boda de los protagonistas -momento en que la ilusión y la confianza en las propias posibilidades aún es posible-, hasta el vigoroso retrato de “la jungla” en que proyectan su vida, la prosa nos conduce a un tiempo por las peripecias de los personajes –de una crudeza a menudo estremecedora- y por la huella que estas dejan en su pensamiento. En este sentido la evolución de Jurgis, el patriarca de la familia, es ejemplar por la sutileza y lentitud con que se aborda: desde una omnipotente seguridad inicial –a todas las vicisitudes responde con la misma sentencia: “trabajaré más”- a su progresivo desengaño de la sociedad entera por vía del conocimiento de sus mecanismos, esto es, de la explotación del ser humano en aras del beneficio económico, de la división radical entre clases sociales y de la miseria moral en que todo ello discurre, hasta el punto en que cualquiera puede ser engañado por cualquiera, y no hay un verdadero minuto de respiro. La metáfora de la jungla es idónea: uno tiene la impresión de que los personajes deben moverse por ella sin orientación, pero en constante alerta. 

Trabajos sin unas mínimas condiciones de dignidad, viviendas insalubres, explotación constante, abusos y estafas en los servicios, ausencia de garantías o posibilidades de defensa, de curación, de progreso… Los rasgos de esa sociedad del Chicago de finales del diecinueve y principios del veinte proyectan un inquietante aroma de reconocimiento sobre nuestra sociedad actual. ¿Volvemos hacia ese punto en aras de la dinamización de la economía? La lectura de esta novela resulta tan perturbadora que quizá sea el único pero que podemos ponerle: al igual que exclamó Inocencio X al ver el retrato que de él había realizado Velázquez, podemos afirmar que se nos antoja “demasiado real”. 

Sin embargo por eso mismo se hace imprescindible en los tiempos que corren, cuando la articulación colectiva de la sociedad parece cosa de otra época. Libros como éste nos recuerdan en qué contexto surgió la lucha, y que gracias a ella nos ha venido pareciendo, en los últimos decenios, innecesaria. 

Upton Sinclair inició la escritura del libro, curiosamente, por encargo: se trataba de investigar la industria cárnica de Chicago, sus malas prácticas laborales y sanitarias y sus posibles efectos perniciosos en la salud. Lo que podía haberse quedado en un informe se convirtió en un clásico de la literatura. Pero lo cierto es que consiguió que el Presidente Roosvelt se plantease una serie de cambios legislativos dirigidos a “humanizar” las condiciones de trabajo de los empleados de los mataderos. El alcance de tales reformas fue bastante más limitado de lo que prometían, y la batalla colectiva continuó siendo necesaria. La novela contribuyó a ello, pese a que no se muestra excesivamente optimista o ingenua en lo que atañe a la articulación política de las reivindicaciones laborales. Desde el punto de vista individual, es decir, desde la mirada de Jurgis Rudkus, “La jungla” es una fábula de aprendizaje, envilecimiento y desilusión. La luz quizá debamos aportarla nosotros, los lectores, al analizar la historia y concluir que todo fue yendo a mejor. Al menos hasta ahora –ay-.

Decir, por último, que hay otra realidad en el trasfondo de la trama de la que apenas se habla y que tal vez sólo nos aventuramos a imaginar de un modo superficial, porque sabemos que si nos adentramos en ella puede ser insoportable: hablamos del sufrimiento de los animales en el inicio de los modernos métodos de producción cárnica masiva. Sinclair se limita a un breve apunte, de por sí elocuente:

“El cerdo tenía cadenas en las piernas. De repente, se abalanzaba sobre él, agarrándole la pierna. La máquina agarraba el cadáver del cerdo del suelo y después lo ponía en el segundo nivel, pasando por una máquina maravillosa con muchos raspadores que se ajustaban al tamaño y a la forma del animal y lo echaba por el otro lado con casi todo su pelo afeitado. Luego, pendiendo de otra máquina, daba un paseo sobre un carro, ahora pasando por dos líneas de hombres, quienes estaban sentados en una plataforma elevada, cada uno haciéndole su trabajo específico al animal muerto cuando pasaba. Uno rasgaba el exterior de una pierna, el otro el interior de la misma. Con un golpe rápido y preciso le cortaba el cuello; con dos golpes más lo degollaba, cayendo la cabeza al suelo y desapareciendo en un hueco. Aún otro hacía una larga incisión; el segundo abría el cuerpo más anchamente; un tercero, con una sierra, le cortaba el esternón; el cuarto le aflojaba las entrañas; el quinto se las quitaba. Había hombres para rasgar cada lado y otros para rasgar el lomo; había hombres para limpiar adentro, para revolverlo y limpiar todo el cuerpo".


Los animales habrían de esperar sesenta o setenta años más para que se les tuviese mínimamente en cuenta. Y ésa es otra guerra que aún continúa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario