martes, 22 de mayo de 2012

"La puerta estrecha", de André Gide. Sentido y sensibilidad.


Esta novela es un ejemplo de cómo a través de una prosa cuidada, tan elegante como intensa, que saber ser delicada a pesar de transitar por la desolación de los personajes, un escritor de talento consige levantar una obra memorable a partir una historia que no se encuentra precisamente poblada de acontecimientos y golpes de efecto. 

“La puerta estrecha” es un modelo de novela intimista, donde las emociones suplen a la acción y resulta innecesario dibujar con detalle tanto los escenarios como los rasgos físicos de sus protagonistas. Novela intemporal, pues habla del amor y la renuncia, de la incomprensión y la estrechez de miras que provoca una moralidad exacerbada, de los pequeños instantes de felicidad que se nos regalan y del sencillo modo en que podemos perderlos. 


Podemos definirla asimismo como novela clásica, relatada por un narrador en primera persona que frecuentemente cede su lugar a otras voces, en particular la de la mujer amada, en forma de cartas extractadas. Desde el punto de vista argumental se ocupa de un tema que podemos emparentar lejanamente con nuestra “La Regenta”. Se trata del enfrentamiento entre la fe religiosa y el amor carnal, pero a diferencia de la novela de Clarín no existe aquí un personaje manipulador que pretenda guiar a una alma cándida por ambos territorios, sino que el sentimiento místico que aparta a Alissa de su relación con Palissier es, digámoslo así, fruto de su época. 


Esta es quizá la mayor dificultad que se encuentra el lector o lectora contemporáneos al acercarse al libro: el asunto nos queda ya lejano contemplado desde nuestro mundo desprejuiciado y hedonista, y algunos pasajes de frenesí romántico pueden sonarnos demasiado pueriles. Sin embargo también nos aporta un puñado de sensaciones que la actualidad apenas nos permite: el tiempo demorado, la sensibilidad descarnada y el gusto por nombrarlo todo con palabras precisas y bellas, como sólo sabe hacerlo la buena literatura. 


En definitiva, no estamos ante una novela para cualquier tiempo y lugar. Necesita de una de esas temporadas en que nos sentimos cómodos en el lado más sutil, esquinado y tenue de la vida, donde el amor y la tristeza son dulces por igual, y donde pasar unas horas leyendo un libro es, indudablemente, la mejor manera de celebrar la existencia. 

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