miércoles, 23 de mayo de 2012

"Una puerta que nunca encontré", de Thomas Wolfe. Memoria y lírica.


La edicion de “El niño perdido” por Periférica el año pasado supuso que muchos lectores/as se reencontrasen con Thomas Wolfe. Al menos con un Wolfe menor, pero aun así incuestionablemente característico de un estilo que alcanzaría sus cotas más altas en el ciclo de novelas largas que inició “El ángel que nos mira”. 

La editorial tiene el acierto de publicar ahora “Una puerta que nunca encontré” (título más acertado que el más pacato y literal “No hay puerta” con que podía encontrarse en las librerías de viejo bajo el sello de Caralt), que de alguna manera viene a complementar al anterior. 


Nos encontramos de nuevo ante una novela corta que, al igual que sus hermanas mayores, carece de argumento o trama propiamente dichos.  Constituye, no obstante, un excelente ensayo del estilo lírico y la peculiar mirada puntillosa del autor. Si “El niño perdido” comenzaba con un alarde de descripción literaria en torno a un niño y una plaza, “Una puerta…” lo hace instalada ya en los mecanismos de la memoria tan queridos por Wolfe, ahora con la excusa de una conversación evocadora a lo largo de una cena. Ahí aparecen sus temas predilectos, la soledad y la errancia, que en los tres capítulos posteriores se ven complementados por el paso del tiempo, la ausencia de los seres queridos –el padre, en esta ocasión- la naturaleza exuberante como única compañía de los seres humanos, el proceso formativo, intelectual y emocional, del narrador en su juventud…


El recuerdo no es para Thomas Wolfe un mero ejercicio de nostalgia, sino la oportunidad de reunir a vivos y muertos, a personas, paisajes y objetos, en la ceremonia creadora de la escritura. Resulta admirable su capacidad para la descripción, y la peculiar energía que desprende su prosa, reflejo de una personalidad voraz que trata de engullir, en cada libro, la vida entera y las posibilidades del arte por igual. 


Apenas hay diálogos en “Una puerta…”, otro de los aspectos en que el autor solía demostrar su maestría, pero sí abundantes descripciones realistas y pasajes del pensamiento consignados con el tono a medio camino entre la lirica y la exaltación que tantas páginas memorables ofreció en sus obras de mayor extensión. Podríamos definirlo, de hecho, como un instante en la biografía de ese narrador habitualmente mimetizado con el propio Wolfe, un instante en el que el tiempo se detiene y la memoria vaga libremente.


En un pequeño volumen como éste encontramos ecos de los ejercicios indagadores de Proust, de las audaces técnicas constructivas de Faulkner, del naturalismo de Thoreau y de la narrativa clásica americana representada, digamos, por un Sherwood Anderson. Al igual que el anterior, se trata de una buena introducción a la novelística de Thomas Wolfe, que quizá sepa  poco si, en efecto, no impulsa al lector a dar el salto a sus títulos mayores, donde encontrará las mejores virtudes del autor amplificadas hasta el exceso. 

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