sábado, 30 de junio de 2012

"Porque la vida no basta. Encuentros con Miquel Barceló", de Michael Damiano. "Un objeto de belleza", de Steve Martin. El valor del arte.


El acercamiento biográfico a los artistas, especialmente cuando es realizado por un autor que es al mismo tiempo admirador de su arte, presenta un riesgo que va más allá de la mera parcialidad: no es extraño que trabajos de este tipo pequen de una distancia excesiva, en la que los episodios vitales y el recuento artístico aparezcan revestidos de una falsa objetividad con el fin de ocultar lo que hay de personal, para lo bueno y para lo malo, en la mirada del observador. “Porque la vida no basta” ha asumido, sin embargo, la posibilidad de que el resultado final del proyecto se pareciese bastante poco a su propósito primero. Y es que el libro se centra en dos personajes: el artista, Miquel Barceló, y el escritor, Michael Damiano; sobre el primero se nos cuenta lo que de alguna manera esperábamos: su trayectoria artística como una batalla constante contra lo imposible –la manera de llevar a la realidad sus ideas frente a toda clase de impedimentos: de pura materialidad, presupuestarios, humanos, etc.-; la historia del segundo es la del encuentro del estudioso con el objeto de su estudio y la tormenta de sentimientos y apreciaciones que ello comporta, desde la admiración ratificada al estupor, pasando por puntuales decepciones pudorosamente presentadas y no pocas preguntas sin respuesta. 

La estructura del libro se aleja también de lo previsible, pues parte de la inauguración de la famosa cúpula del Palacio de las Naciones Unidas en Ginebra para después seguir en un adelante-hacia atrás que combina con acierto el presente del autor, que acompaña al artista a lo largo de un año, y la reconstrucción de la vida de éste por medio de entrevistas, testimonios indirectos y pasajes ensayísticos. El Barceló de Damiano es una criatura picassiana, excesiva, devoradora, tan brillante como peligrosa para quienes la rodean. Un trabajador admirable y empecinado, capaz de ser generoso con sus seres queridos pero también implacable con quienes pretendan moverse del lugar que él mismo les ha destinado. 

Un tercer tema del libro, al que podemos considerar el trasfondo de la carrera de Barceló, es el mercado del arte: los años de la burbuja, del completo desafuero especulativo y el ascenso a los cielos de determinados nombres y tendencias que provocaron una convulsión de la que aún no nos hemos repuesto. Los agraciados en aquellos tiempos se han hecho aparentemente indiscutibles y, sobre todo, multimillonarios, lo que a su vez les ha permitido desarrollar proyectos de ambición tan desmedida como la cúpula referida. Lo que haya quedado de todo eso lo irá diciendo la historia, pero en el caso de Barceló podemos aventurarnos a apostar porque tiene obra de entidad lo suficientemente relevante para permanecer. 

Damiano parece partir de esa convicción, y tiene el interés de conocer al hombre que la ha hecho posible. También el paso del tiempo determinará, en su caso, si esa admiración persiste, y es que acercarse demasiado a los dioses puede volvernos más piadosos o completamente ateos. Agradezcámosle por el momento este volumen bien resuelto, con una estructura inteligente y una escritura tan rigurosa como intimista. 



"Un objeto de belleza" es una novela del actor y guionista Steve Martin cuya inclusión en este post resulta pertinente por su relación con uno de los aspectos tratados en el libro anterior: el mercado del arte. Lo que en el texto de Damiano aparece en sordina ocupa, sin embargo, el centro de la narración de Martin. Lacey, personaje protagonista, es una especie de arquetipo de lo peor de la borrachera especulativa de los noventa. Un tiburón en el sentido más tópico que suele atribuirse a ese término -pobres animales, en la realidad, masacrados por otra clase de mercado-, y que en manos de un autor limitado como Martin no pasa precisamente de eso, de un arquetipo sin profundidad ni alma. Y es que la escritura de este libro se asemeja a la de esas "adaptaciones" de películas que después saltan a la letra impresa para deleite de los más fans. Estructurado en escenas cortas y escuetamente descriptivas, el ascenso y relativa caída de la antiheroína Lacey se lee con agrado, pero no deja poso. La edición es agradable, ya que contiene numerosas imágenes de los cuadros a los que se hace referencia, pero se echa de menos un poco de sensibilidad literaria en el desarrollo de una historia de visos cinematográficos -se está ya preparando su traslado a la pantalla, con lo que el camino aludido se completa, aun en sentido inverso- .  El trazo brusco de Martin comienza por dibujar un entorno en el que, a pesar de su alto grado de sofisticación y la importancia económica de sus operaciones, lo único que parece mover a los personajes es el sexo, el sexo femenino, para mayor concreción. Perdemos así la oportunidad de conocer un ambiente tan, en principio, interesante como el de las grandes galerías de arte y museos y la variada fauna que los dirige y dinamiza por medio de procedimientos que dejan a los especuladores financieros en ángeles custodios. Lacey se abre camino a golpe de falda, de acuerdo con el narrador de esta novela, y el contexto bien hubiera podido ser cualquier otro, porque algo así nos lo han contado cientos de veces. Qué habría ocurrido con este argumento en manos de un novelista sutil y más ambicioso... Tan sólo nos resta imaginarlo.




Los dos libros que he reseñado tienen en cualquier caso el valor de revisar una época que tarde o temprano requerirá de un examen riguroso a los ojos de la historia y el conocimiento especializado -tanto estrictamente artístico como de otras disciplinas, ya sea la gestión cultural o la economía política-: los años locos de la burbuja del arte, con el mercadeo vulgar disfrazado de mecenas, los prestigios confeccionados por encargo y una multitud de efectos secundarios -los grandes contenedores museísticos, las inercias presupuestarias que ahora nos han dejado sin capacidad de reacción en plena crisis, los modelos de gestión nacidos de la comodidad, y que tanto costará cambiar...-. Claro que para profundizar en todo ello se hace precisa una reflexión sosegada que los tiempos presentes no parecen dispuestos a conceder. 

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