jueves, 14 de junio de 2012

"Las razones de Georgina", de Henry James.

A riesgo de ser reiterativos, hemos de continuar celebrando que el aparente pozo sin fondo que constituye la obra de Henry James permita a las editoriales afrontar publicaciones como ésta. El maestro es garantía de calidad, y hace unos años se hablaba de que apenas el treinta por ciento de sus relatos y novelas cortas había sido traducido al castellano, de modo que la veta sigue disponible para quien se decida a arrancar de ella pedazos preciosos de arte literario. 

Navona es uno de esos sellos de los que siempre cabe esperar una edición cuidada y una traducción sin los titubeos habituales en quienes se enfrentan a la complejidad de la prosa jamesiana. "Las razones de Georgina" responde a esa línea de trabajo, y se convierte en una celebración para los interesados por el autor, cada vez más en España afortunadamente -bien podía de paso pegársenos algo de inteligencia y sutileza, pero parece que no, que el tuétano de nuestra sociedad contiene anticuerpos que pueden con todo-.

Esta nouvelle se situa en una interesante etapa creativa del escritor, cuando había alcanzado ya un grado de madurez notable representado por "Retrato de una dama". Su propósito, empero, responde a una ambición muy diferente: la de publicar una obra por entregas que pudiere reportarle algo de dinero, y sin embargo son pocas las concesiones del novelista a los gustos populares. Podemos pensar que en su cabeza estaba la idea de satisfacer a un público deseoso de intrigas folletinescas, pero el camino nunca recto entre sus ideas y el arte con que las desarrollaba daba como resultado textos tan notables como el presente. 

"Las razones de Georgina", si acaso, se permite la condescendencia de un narrador en exceso explicativo, entrometido incluso en el decurso de la prosa con reflexiones que entorpecen el dibujo de los personajes. Ese pequeño error jamesiano divierte al lector consciente de que casi nunca los comete, pero adelantemos que se trata de un espejismo: la frase final con que remata el libro magistralmente nos revela que esa voz omnisciente era la de un observador cercano a la historia, y todo encaja. Por otro lado, volver a hablar de su decir elusivo, de sus diálogos opacos y tensos, de su capacidad para manejar los sentimientos más extremos -hay mucha crueldad y desgarro en esta pieza- es quizá ocioso, aunque puede servir para que algún lector o lectora afortunados se adentre en la obra jamesiana por vez primera. Háganlo, sin duda, y su manera de entender el arte de la novela ya no volverá a ser el mismo. Henry James nos hace más felices y más sabios.

Desde el punto de vista del argumento y los personajes, nos encontramos en el libro con un elemento singular que lo hace especialmente recomendable: alejándose del paradigma femenino protagonista de obras precedentes e incluso posteriores -aquellas mujeres que se enfrentaban a un objetivo casi inédito en la época para las personas de su sexo: tratar de escoger su propio destino, superando avatares económicos y condicionamientos sentimentales-, la protagonista de esta nouvelle va un paso más allá: podemos decir que Georgina es una Isabel Archer encallecida ya por la vida, y dispuesta a alcanzar la felicidad dejando, si fuese necesario, cadáveres en el camino. Nunca se ha mostrado pacato James al dibujar las miserias morales de una sociedad como la suya, que manejaba formas de cruda violencia bajo el ropaje amable de la educación y los manierismos, y sin embargo habrá a quien extrañe la explicitud con que presenta a esa mujer aparentemente mala y a un hombre que, en esta ocasión, encarnaría el papel de ingenua víctima sentimental. No obstante debemos leer hasta el final, adentrarnos en los claroscuros jamesianos y tratar de entender lo que quizá él mismo intentaba descubrir cuando escribía: la compleja, incasificable capacidad del ser humano para mostrar lo peor y lo mejor de sí mismo en determinadas situaciones. La trama, cada una de las tramas de su trayectoria literaria entera eran, a fin de cuentas, pretextos para poner en marcha esa indagación interminable. Esto es lo que lo hace moderno, porque los meandros de nuestra inteligencia, y su relación con los sentimientos, continúan planteando enigmas a los creadores contemporáneos.


De ahí que debamos volver siempre al maestro, disfrutarlo y dejarnos perturbar por él. Deseamos que sellos como Navona persistan en su tarea de cubrir ese tanto por ciento de inéditos, pero cuando la tarea se complete, seguiremos releyendo una obra dotada de las cualidades de lo eterno.

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