domingo, 15 de julio de 2012

Balada de la pequeñez.



La mediocridad tiene a lo grupal. Varias mediocridades juntas se sienten reforzadas, escuchan mutuamente el sonido hosco de sus gruñidos y lo perciben como música vigorosa, wagneriana, que traduce en notas sus verdades –en realidad frustraciones, complejos y consecuentes envidias-. Unidos en violentas manadas, aborrecen la individualidad, el carácter sereno, la apariencia feliz. No van más allá porque no lo desean ni precisan. Cualquier excusa sirve si setrata de rechinar los dientes o espumajear la rabia. Debería no obstante disculparme por emplear la manada como imagen o metáfora. Quisiera para ellos la nobleza instintiva de los animales.


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La mina como metáfora. De entre todos los lemas que se corean o aparecen en las pancartas con motivo de la “marcha negra” ninguno más cierto que el de “todos somos mineros”. A ello nos está conduciendo la realidad. Afortunadamente viví casi treinta años en plena cuenca minera asturiana para tener un conocimiento bastante cercano sobre ese mundo, y para que me resulte entre patética y desoladora la manipulación político-periodística acerca del sector. Los mineros–los trabajadores de la mina- han sido siempre un ejemplo estremecedor de dignidad -sin duda la virtud de la que más se carece en estos tiempos-,solidaridad, compañerismo, coraje. A muchos nos emocionan las fotografías y sonidos de su protesta, la respuesta del público que los acoge -y que tal vez va tomando nota-, su determinación. Al igual que nos indigna la propaganda que los presenta como vividores subvencionados –me temo que se han equivocado de personas y de departamentos-, o que ironizan sobre la importancia de esta rebelión que lleva camino de hacer historia. Más allá del problema concreto que afecta a la minería podemos extraer de su lucha una enseñanza: la de quien se defiende frente a la injusticia. Injusticia que no proviene de algo tan simplecomo “recortar ayudas a un sector”, sino del hecho de que se tomen tales decisiones, que suponen herir de muerte a comarcas enteras, mientras se mantienen flagrantes agravios comparativos. Lo justo de una medida política debe valorarse en términos de cotejo con otras que se toman o se dejan detomar, y ahí se encuentra la clave. Presentar el conflicto como una rabieta de“subvencionados” es tan insultante que da risa. Frente a muchos mantenidos, sostenidos, promocionados, etc., que viven sin trabajar en despachos oficiales, los mineros desarrollan un trabajo que aterroriza a todo aquel que lo conoce mínimamente. Pero insisto: por encima de la cuestión en concreto nos encontramos con una actitud: la del que responde a las agresiones, la del que no se conforma, no suplica, no se arrodilla, no respeta a quien no merece respeto, no espera caer bien o no molestar por si el día de mañana lo hacen merecedor de algunas sobras. Esta es su enseñanza, y esto es lo que debemos agradecerles.


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Otras rebeldías: la de los trabajadores de corbata. Esta es una de mis escenas favoritas de la historia del cine:









En ella Michael Clayton se pone en pie, deja de ser el fiel mandado que todo lo arregla en las alcantarillas de los grandes despachos, toma las riendas, antepone su dignidad y la de su compañero asesinado frente al riesgo, el dinero, la muerte, todo. Y lo hace con admirable perspicacia, trazando un plan y aplicándolo paso a paso, hasta llegar al exultante enfrentamiento final. Es el triunfo de la inteligencia frente a la mediocridad. Los trabajadores de corbata también tienen su historia. En las mesas monótonas iluminadas por los ordenadores hay cotidianos sufrimientos, mentiras, manipulaciones, envidias, acoso, oscuras maniobras de desestabilización que pueden socavar la mente. Pero a veces basta con detenerla mirada en esas columnas de cascos mineros, como luciérnagas portadoras deesperanza en la negra noche, o en esa expresión firme y temible de Clayton cuando dice la mítica frase ¿Te parece que estoy negociando?, para comprender que la dignidad es intocable y que luchar por ella con astucia constituye la tarea más noble en que cabe comprometerse.


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