lunes, 2 de julio de 2012

"El común de los mortales", de Jorge Riechmann.

Tener una voz propia. Ahí se encuentra el desafío en la literatura contemporánea. Las innovaciones técnicas del pasado siglo parecen haber agotado las posibilidades de la escritura como medio de realización artística, y todo lo que ahora se nos presenta como tales -la hipertextualidad, los formatos electrónicos enriquecidos- no dejan de ser retoques superficiales que, ateniéndose a los medios expresivos, poco o nada añaden a las capacidades del arte literario -el hecho de que un toque de dedo en la pantalla táctil nos lleve de una palabra a un vídeo, una pieza musical o a nuestros perfiles en las redes sociales no va a mejorar, desde luego, La Regenta, Casa Desolada o Mientas agonizo-. Y esa voz propia suele nacer de influencias que van más allá del aprendizaje artesanal requerido para practicarlo, y que a menudo proceden de la vida interior del autor o del innumerable resto de intereses que configuran su posición en el mundo.

Jorge Riechmann es un escritor con voz propia, lo que de por sí lo hace ya importante, incluso imprescindible visto el panorama general de firmas y personalidades perfectamente fungibles que llenan los suplementos literarios. Y la posee, seguramente, por tratarse de un intelectual que desarrolla una trayectoria paralela como pensador en ámbitos del conocimiento ajenos al arte. Ensayista y profesor de filosofía moral, tiene una notable obra relacionada con la ecología, el animalismo y, en general, la reflexión político-social (aconsejo la lectura de su blog, repleto de pequeñas e iluminadoras píldoras que vuelven la realidad, si no más agradable, al menos más transparente). De todo ello se nutre su poesía, una poesía personalísima, diversa y de una intensidad nada frecuente.

"El común de los mortales" recoge los versos escritos entre los años 2007 y 2010. En este libro encontramos al Riechmann ciudadano, al intelectual, al poeta intimista, al humorista y al provocador, al ser humano molesto con la realidad que lo rodea (me niego a emplear la palabra "indignado", hoy en boca de demasiada gente para cualquier fin absurdo... Véanse las campañas publicitarias que con una falta de respecto obscena reproducen las escenas asamblearias de la calle para vendernos ¡tarifas de telefonía!), al luchador sereno. Es precisamente esta capacidad de mantener la calma en mitad de tan arbitrarias tormentas que nos sacuden lo que más admiración me provoca. Y es por ello que incluso en los poemas más pegados a los grandes debates de nuestro tiempo encontramos siempre la luz de la inteligencia, y no la vacua visceralidad del panfleto.

Dominador completo de sus recursos, la escritura poética del autor se mueve entre un intencionado prosaísmo con el que golpea donde más duele -o mejor, donde ha dejado de doler por la indiferencia- y la palabra elaborada con propósito escrupulosamente lírico. Nos regala así un libro artesanal, primorosamente pensado y elaborado, que promete acompañarnos durante tiempo, y que despierta la curiosidad sobre el resto de su obra a quien no tenga la fortuna de conocerla.

Veamos algunos ejemplos:

Encontramos al Riechmann lírico en "Un instante en la belleza del mundo":

SOMOS
un instante
en la belleza del mundo

(la dislocada belleza)

a veces
en la luz
del haz

casi siempre
perplejos
en el envés

(nuestra blanda tiniebla).


o en "Apenas lluvia":

Esta mañana algunas gotas de lluvia, apenas
un rastro de humedad sobre la piel polvorienta
de las cosas, como caricia apenas esbozada

El aire de septiembre amplifica ese olor. La tensa tierra
aguardaba más, necesitaba más, pero
quien corría como un lobo ha de aprender
a no desdeñar el pausado trotecito

El tiempo pasa, murmura
la lluvia, y aún estamos vivos

Aspiremos a fondo la fragancia
de tanto acontecer. Como una
manera de presentir apenas la justicia
entre la prieta oscuridad, como una mano
apenas mojada que siguiera buscando y rebuscando

y completase a lo lejos la caricia


Pasemos ahora a otro Riechmann, al que siento inevitablemente cercano, y que se revela como un maestro del verso preciso y quedo... que culmina en un final atronador:


¿NADIE CUIDA A NADIE?

¿Has visto alguna vez
las luciérnagas?, preguntaste. Sí

contesté. La última
con esos niños de vacaciones en la aldea
que admirados por la belleza de los bichitos de luz
jugueteaban con ellos
hasta despedazarlos.


DOS ENCUENTROS

I

Un perro negro en la playa, muerto
de sed

con toda su vitalidad expectante
quieto junto a la fuente

Empujando el grifo de presión
le di de beber
lo que hizo largamente con lengüetazos ávidos

Marchó sin dar las gracias
lo que en ese caso era su manera
de dármelas

Como decía El Silvio
-ese mítico y alcoholista cantante sevillano-:
estar descontento con este mundo
es no haber entendido nada


II

Lo más duro
en el encuentro con aquel perro terriblemente desnutrido
en la estación de autobuses de Barbastro
-cómo sobresalían los huesos de las caderas
y otros que normalmente nunca se ven-:

no me agradeció solamente que compartiera
mi trozo de queso con él, sino también
que no lo golpease.


Y para acabar, el poeta prosaico, áspero, retador e irónico:


TEMPOREROS


Te dan un nombre y ya te crees dueño
del roble y del basalto

Una línea de diálogo y ya eres director
del teatro de sombras

Inquilino y te piensas propietario
Aparcero y te crees terrateniente

¿Pero amo de qué?
Dueño de un par de sílabas
y de la exacta cantidad de tus jadeos

Temporero: quién mide la torsión
entre tu miedo y tu verdad


Nada que ver, pues, con los poetas arracimados en torno a una revista convenientemente subvencionada por alguna alma amiga de la Corporación Municipal, escribidores inanes que crecen gracias a sus mutuas alabanzas proferidas en medios regalados, a veces durante decenios, y cuyo presunto brillo nos deslumbra hasta que sus libros caen en nuestras manos -y se nos caen de ellas-. Es pertinente acabar con uno de sus poemas más directos y desnudos:


a quienes hemos vivido
-digamos- entre 1980
y 2020 se nos preguntará
¿pero qué hiciste en
aquellos años decisivos,
cuando todavía era posible
evitar lo peor? ¿qué
hiciste y qué dejaste de
hacer?


Leer a  Jorge Riechmann puede ser un buen comienzo para las muchas cosas que podemos hacer.


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