martes, 17 de julio de 2012

Damages/The Good Wife: de abogados y malas personas (valga la redundancia).



El género judicial siempre ha dado muy buenos rendimientos en pantalla. Todos recordamos escenas memorables en el cine, interrogatorios de infarto, vueltas de tuerca fascinantemente inverosímiles–esos casos en que descubrimos, en plena sala, que el testigo era en realidad el asesino, y que tenía una aventura con la cuñada del juez, y que había comprado el arma del crimen en un bar de carretera próximo a Las Pedroñeras especializado en cuchillería nostálgica…-, y argumentos tan retorcidos como interesantes, donde se diagnostica tanto la moral de los personajes cuanto el clima social en el que respiran. Repasemos algunos clásicos (con los títulos tal como fueron traducidos en España, aunque no será difícil a quienes puedan estar interesados rastrearlos en otros países): Anatomía de un crimen, con James Stewart leyendo jurisprudencia por las noches, para entretenerse, en compañía de un amigo; Testigo de cargo, la primera película, quizá, que nos enseñó que en la sala de los juzgados nada es lo que parece; Doce hombres sin piedad, sobre los arduos caminos de la verdad y la influencia, a veces contraproducente, de nuestro carácter en las decisiones de culpabilidad o inocencia; Matar a un ruiseñor, creadora de una figura mítica, la del abogado honrado que con la mera fuerza de su palabra se enfrenta a los mayores prejuicios; más recientemente, pero en mi opinión pertenecientes a la misma categoría de clásicos, encontraríamos Veredicto final, con un Paul Newman ejerciendo de reverso alcohólico de Atticus Finch; El caso Winslow, de la que ya he hablado otras veces en el blog, magistral historia sobre el honor que toca colateralmente, aunque de forma suficiente, el mundo de la abogacía para mostrarnos que a través del ego también puedellegarse a la justicia; La tapadera, basada en una novela de Grisham que nos pasea por el lodazal de los grandesdespachos americanos; Legítima defensa,entrañable acercamiento de Coppola a los inicios de la carrera de un joven graduado, y también una notable batalla por el resultado justo; en este último sentido Acción Civil es más realista en su indagación sobre los riesgos y venturas del proceso civil estadounidense; y para acabar, aunque me dejo una cuantas, Michael Clayton, que sin mostrarnos un solo juicio reúne las mejores virtudes detodas ellas, además de estar rodada con hechuras de gran cine.


La televisión se ha interesado también por el tema hasta el punto de que rara es la temporada en que no se estrena una nueva serie de abogados. El problema es que muchas de ellas, especialmente las de los años setenta, han contribuido a dotar a la profesión de un aire melodramático que la aleja bastante de la realidad. El teatrillo en que se convertía el proceso, lleno de situaciones forzadas, vulgarizaba sobremanera las reglas de ese juego de inteligencia que es el acto del juicio. Los interrogatorios suplían en muchos casos la ausencia de una buena persecución policial en automóvil, y acababan por instaurar una rutina del crescendo en cada uno de los capítulos que hacía complicado diferenciar una trama de otra. En las dos últimas décadas, sin embargo, los guionistas se han esforzado por presentar a los abogados como seres de carne y hueso cuya actuación profesional va mucho más allá de la intervención en la sala, aunque sin duda que ésta continúa presentando el atractivo suficiente para rematar de la mejor manera una buena historia.


Afortunadamente la ficción televisiva contemporáneaencara la cuestión desde una apetecible diversidad. Posiblemente los proyectos más logrados han sido Boston Legal, con un divertido enfoque cínico, y ThePractice, nada menos que ocho temporadas de tono vintage, donde la pasión de los buenos argumentos se combina con un notable dibujo de los personajes. También podemos citar, procedentes de otras cinematografías, la canadiense Jóvenes Abogados o la británica Silk, verdaderos placeres de culto para buenos catadores. Y en España, la entrañable Turno de Oficio, donde la grandeza de los caracteres protagonistas dejaba en segundo lado el interés argumental. Muchas de las propuestas actuales fracasan precisamente por su torpe imitación de la vieja fórmula, de modo que aun episodio piloto fascinante, lo que quizá podría alargarse a un par de ellos más, suele seguir el aburrimiento de lo ya conocido. Así ha ocurrido, por ejemplo, con The Whole Truth. También ha quedado claro que el sarcasmo, tras Boston Legal, no da para más (véanse The defenders o Shark). Tenemos, no obstante, dos títulos contemporáneos que seguramente serán los clásicos arevisitar en el mañana: Damages y The good wife. La primera muy superior a la segunda, pero ambas perfectamente defendibles -ante el tribunal del tiempo-en cualquier caso.




Damages es una obra de personajes, más allá de su contexto jurídico. O, mejor decir, de un inmenso personaje, un monstruo cinematográfico por el que con toda seguridad será recordada Glenn Close a pesar de sus buenos papeles en la gran pantalla. Patty Hewes es la creación de una actriz madura, plenamente dueña de sus facultades y capaz de mutarse en otra persona hasta el punto de que cuesta ya reconocerla en su encarnación real. Se trata de una abogada poderosa que se caracteriza por el afán de ganarlos grandes casos en que se ve envuelta utilizando toda clase de subterfugios ymaldades  que pasan por encima de la ley y de la justicia que, paradójicamente, trata de obtener en los tribunales. El engaño, la traición a sus allegados, el espionaje, el intento de asesinato, la extorsión y las malas artes son sus herramientas de trabajo, y aun así nos resulta fascinante por una especie de honestidad oculta que la hace ser fiel a sus convicciones sin reparar en sufrimiento. Arquetipo de la persona condenada a la soledad por causa de una pasión más grande que la vida, sus únicos tropiezos provienen precisamente de las contadas ocasiones en que se abre, en que permite que el aire viciado de los sentimientos penetre en su coraza de desapego y estrategia. Para ello le han puesto a su lado los creadores de la serie a una peculiar antagonista, Ellen Parsons, abogada joven contratada en el bufete en la primera temporada y que pronto se convierte en una ambigua aprendiz de la maldad. Uno de los aspectos más apreciables de esta maravillosa novela por entregas es la evolución de Parsons, su dolorosa lucha interior, su voluble resistencia frente a la atracción vampírica del monstruo Hewes. Interpretada por Rose Byrne, su trabajo posiblemente se vea oscurecido por la clase magistral de Glenn Close, y sin embargo merece la pena detenerse en el modo en que a partir de pequeños matices –desde gestos a cambios en su peinado o vestuario- vamos viendo cómo la joven abogada entusiasta se va desprendiendo de capas de idealismo hasta que, sobre todo a partir de la temporada tercera, su único propósito es la victoria. Victoria que requerirá de un singular “matar al padre” (a Hewes, vaya) en los juzgados, como si a Batman le hubiese salido un Robin respondón, en vez del melifluo de calzoncillos verdes. La pantalla, no obstante, echa chispas cuando aparece ella: el león Close, con un rictus de gárgola que uno pensaba procedente de sus muchas operaciones de estética, de forma que tal pareciera que se hubiese estado preparando, incluso físicamente, para el reto de ser Hewes… Claro que el año pasado la vimos en el Festival de Cine de San Sebastian, guapísima, dulce, sonriente, y nos dimos cuenta de que no se trataba de botox, maquillaje o impostura, sino de una excelente actriz y una verdadera creadora de personajes. Junto a ellas aparecen otros personajes secundarios, que incluyen a un “abogado buena persona” -al que contemplamos como un lechoncillo en uno de esos mataderos de España donde se cumple la ley (de la selva) a rajatabla- y sobre todo a un villano –es decir, otro villano además de Hewes- brillante en cada temporada. Para la historia de la televisión quedará Arthur Frobisher, un Ted Danson resucitado que compone al mejor malo de los últimos tiempos: divertido, cabroncete, místico, cruel… La primera temporada es un gran enfrentamiento Close/Danson, y hay que reconocer que a pesar de los ilustres nombres posteriores –un William Hurt humano y descarnado, un John Goodman que pone rostro a las contradicciones del americano militarista y piadoso- no ha vuelto a repetirse algo así en las siguientes. Claro que ahora comienza la quinta y última, y las rivales en este caso parecen serlas propias Hewes y Parsons, tras un primer episodio memorable, no cabe imaginar nada mejor.


Por lo demás la serie está rodada con mano cinematográfica, flashbacks y forwards, sobre todo estos últimos, que elevan la intriga a un estadio superior al de los típicos juegos de ocultación habituales en los guionistas. Apenas vemos juicios, sino la intensísima preparación de ellos, el verdadero campo de batalla donde se construye la verdad procesal.
Una obra maestra de nuestro tiempo que no estárecibiendo todo el reconocimiento que merece. ¿Por qué? Pues está claro: dosprotagonistas mujeres que actúan con fuerza y naturalidad, sin discursosideológicos pero sin sumisiones indirectas tampoco; dos mujeres, además,presentadas en su ámbito profesional, concretamente en las cumbres de lalitigación estadounidense. Es decir, que excepcionalmente no son amas de casa,esposas, putas, amantes, graciosillas con problemas psicológicos, bailarinas declub de lujo o detectives mimetizadas con el Charles Bronson de los setenta.Dos seres humanos complejos, inteligentes y con coraje. Ya sabemos que elprototipo de crítico cinematográfico, oficial o extraoficial –webs, bloggers,etc.- es el varón treintañero machirulo con unas gotas de pachulí cultureta quecree que lo distinguen, y muy aficionado a TheWire, los Soprano y demás durezasy callosidades. Ellos se lo pierden, tú no, hazme caso.

The good wife se queda varios escalones por debajo de la otra, es un producto de entretenimiento muy digno que combina los viejos tics de las historias de abogados –un caso en cada capítulo, la sala como escenario en que se resuelve el núcleo esencial de la trama- con una mayor profundidad de lo común en la escritura de los personajes. Julianna Margulies interpreta a la protagonista, Alicia Florrick, en una premisa atrayente y conun punto de innovadora: se trata de la mujer de un fiscal que debe dimitir porun escándalo de corrupción, y que aparece a su lado en la típica imagen de la comparecencia “en familia” para caer con relativa dignidad. Esa figura silenciosa de la esposa perfecta debe dejar paso a una persona herida que precisa reinventarse para salir adelante, retomar su carrera de abogada y afrontar de una forma paralela la descomposición de su vida supuestamente perfecta. La actriz escoge el camino del distanciamiento para dar vida al personaje, y tal vez esa excesiva imperturbabilidad puede ser difícil de apreciar en el espectador, que desearía alguna catarsis de vez en cuando. No nos la concede Alicia en los primeros capítulos, donde la vemos desenvolverse con éxito en su antigua profesión e intentar sellar las grietas de su intimidad. Claro que a medida que la serie avanza vuelven los fantasmas de antaño y amenazan con aparecer otros nuevos, de forma que, aunque aún no haya llegado a verlas, la mayoría de las opiniones coinciden en que la segunda y tercera temporadas suponen un salto importante de calidad, al ganar peso la vida privada frente a la sucesión de casos. Aun así ya la primera nos ofrece suficientes atractivos: guiones de una mecánica perfecta, argumentos muy entretenidos y algunos secundarios de interés: el compañero trepa pero con matices, la investigadora hermética e infalible, la jefa mala que no lo es tanto y el jefe bueno que tampoco. Y, tras las cortinas de ese nuevo escenarioen que debe desenvolverse la protagonista, la sombra del marido-padre de sus hijos, de la que no puede librarse, encarnado por un Chris Noth (Mr. Big, perosin enigma) cuyo principal mérito como actor, más allá de sus virtudes interpretativas, es el mismo que consolidó a Bryan Ferry en su edad madura: la imposibilidad de que le siente mal un traje.


Ambas series reflejan que el género continúa vivo precisamente porque está dejando de serlo. El mundo de los abogados –esos tipos desgraciados que deben comportarse mal para hacer el bien- es sólo un contexto social donde confluyen los mayores conflictos de nuestro tiempo, un lienzo en blanco en el que dibujar con sutileza el retrato de una sociedad demasiado complicada para reducirla a trucos argumentales o simples discursos enfáticos. Un camino abierto para las posibilidades del arte, en definitiva.

(OTROSÍ DIGO: la bondad y los méritos de todos los títulos expuestos en este post han de ponerse en cuarentena, en cualquier caso, a la espera de que alguien se decida a adaptar al cine “Una cuestión deprueba”, de Francisco Casoledo. SUPLICO A LOS LECTORES/AS: Tengan por realizada la anterior manifestación a los efectos oportunos.)

No hay comentarios:

Publicar un comentario