martes, 3 de julio de 2012

El espejo de los animales -y nuestro turbio reflejo-.

En torno a una misma situación los animales nos colocan ante lo mejor y lo peor del ser humano, son en este sentido una de esas realidades que nos ponen a prueba y que sirven para evaluar el grado de civilización de un país. Al contrario que los siempre cuestionables informes de las instancias oficiales, los peludos se limitan a mirarnos, ajenos a cualquier interés, desde su posición casi siempre desdichada; y como si se tratase de una plaza radiológica revelan todas nuestras carencias. Con frecuencia los políticos de uno y otro bando hacen referencia a esos análisis periódicos a los que se somete nuestro sistema educativo, o ponen como parámetro de cotejo la legislación de los llamados “países de nuestro entorno”. Sin embargo el tema animal permanece en un agradable limbo repleto de normas que, más allá de sus imperfecciones, sencillamente no se cumplen. Pero por encima de todo ello se encuentra la miseria moral y las espeluznantes taras educativas que convierten a España en un país de vergüenza, a la cola de Europa, en lo que se refiere al sufrimiento animal.

Cerca de donde vivo hay unas dependencias públicas que consisten en unas viejas oficinas rodeadas de un terruño yermo cercado por alambradas igualmente añejas. Allí se había instalado una colonia de gatos, no más de una docena. Pues bien, durante años una mujer- que seguramente sea lo más cercano a un ángel que hayamos podido conocer- se ha pasado cada noche, después de cerrar su negocio, yendo a ponerles agua y comida mediante el procedimiento consistente en meter la mano por debajo de la valla e introducir platos y cuenquecillos de plástico, para al día siguiente recogerlos y repetir la operación. En ocasiones se ha llevado alguno al veterinario cuando lo veía enfermo, por supuesto con todos los gastos a su cargo. A lo largo de todo este tiempo los animales no han generado ningún problema de salud pública ni aun de mero estorbo, ya que en realidad nunca han permanecido dentro durante todo el día, puesto que en el entorno hay jardines y zonas deportivas, por donde se desperdigaban. La zona estaba sucia a causa de la cantidad de latas, botellas, envoltorios, etc., arrojados allí por la gente que pasa, aun cuando hay varias papeleras en la misma acera. Este es otro debate.

La primera vez que la vi colocándoles la comida reparé en que después de introducir el plato de plástico lo empujaba mediante un palo y lo alejaba de la valla, hacia el interior. Al preguntarle por qué lo hacía me explicó que más de una vez se había encontrado con que alguien había echado lejía o detergente en la comida, o que habían meado en el agua. Lo más fascinante de personas como ella es la serenidad que permanentemente las acompaña, de modo que tal pareciera que semejantes salvajadas no interfiriesen en su tarea ni en la voluntad con que la afrontan. Se limitan a hacer lo que creen que deben hacer, y punto. Envidio esa capacidad de contener la rabia, yo no la tengo. Nuria y yo nos sumamos a la tarea, y durante un tiempo, a pesar de las dificultades, fue bonito ver a los gatos alimentándose, y a los cachorros jugar delante de nuestros ojos –con la firme oposición de mi perrilla Betty, dicho sea de paso, que no veía nada claro eso de poner comida a otros seres de cuatro patas-.


Pero la semana pasada esa mujer, todos, nos derrumbamos. Un día la zona apareció segada, algunos matojos cortados, y algunos restos de suciedad recogidos. Los gatos no estaban por allí, y pensamos que aquello habría sido para bien. Hasta que empezamos a recoger sus cadáveres. Han caído alrededor del setenta por ciento, seguramente a causa de alguna sustancia química empleada en la “limpieza”. No hay nada más triste que tocar la rigidez de uno de esos pequeños seres, nacidos en un tiempo y en un lugar de fatal hostilidad hacia ellos. La muerte puede ser entendida, salvo cuando es cruel, y gratuita. El león que se come al ciervo forma parte del ciclo de la naturaleza. La muerte de un puñado de gatos por obra de una fumigación o similar, en plena ciudad, y a cargo de la autoridad pública, es pura infamia.

Alguna noche nuestro ángel tuvo que soportar las imprecaciones de los transeúntes: desde los que afeaban su conducta de piedad y cariño hacia los animales “habiendo tantas personas que lo estaban pasando mal”, hasta los que le reprochaban que se gastase un euro en los gatos en plena época de crisis económica. Es curiosa la naturaleza humana: hay personas que, mientras dan un paseo nocturno, tienen la necesidad de dirigirse a una desconocida -que ni siquiera se había percatado de su presencia- para insultarla. Imaginamos que la visión crítica de tales individuos les hará, en primer lugar, ser firmes colaboradores de cualesquiera causas humanitarias, ¿verdad que sí? Y en segundo lugar, destinar todo su dinero de manera obsesiva a la lucha colectiva contra la crisis. Pero no respondamos a expresiones que tienen más de chirridos metálicos que de humanas. Reflexionemos, sin embargo, sobre la circunstancia de que alrededor de un mismo hecho –en este caso, la existencia de gatos en un jardín público- se manifiestan la bondad y la saña, el calor y la indiferencia, la generosidad y el odio.

El escepticismo postmoderno diría que, a fin de cuentas, somos así: contradictorios, complejos, capaces del amor y el exterminio. Ocurre que con los años uno se va cansando de la coartada lírico-intelectual para aceptar como natural lo que constituye sencillamente un comportamiento odioso, reprochable, punible. En esto último está la clave: es hora de que el maltrato animal, como el exceso de velocidad o la defraudación de impuestos, se haga con la certeza de que la sombra de la ley nos perseguirá hasta cubrirnos, siempre que tenga conocimiento de nuestros actos y pueda darnos alcance.

Estos pequeños peludos que hemos metido en bolsas nos han vuelto a poner un espejo delante. Y en él no sólo vemos la monstruosidad de la agresión o la indiferencia. Sino el profundo desamparo en el que continúan viviendo decenas de miles de ellos, pese a que nos hemos dotado de normas que supuestamente los protegen. Normas que parecen haber nacido, en realidad, para proteger nuestra conciencia.


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