jueves, 12 de julio de 2012

El reconocimiento del otro.



El tipo de las gafas y el pelo cano se inclina y aprieta contra sí a la perrita, en un gesto que la envuelve sin incomodarla, para darle un beso en la cabeza. Ella parece ajena a la efusividad del otro, aunque puede que la haya sorprendido o despertado, pues tiene los ojos muy abiertos. Sin embargo permanece serena, se siente segura recogida en su brazo y deja que cuelgue una de sus patas delanteras. Hay cariño en la intensidad del beso, pero también la necesidad de proteger al ser querido. Previamente ha tenido que reconocerlo como tal, y eso ha requerido de un cierto proceso que no nos es dado, como ocurre con los seres humanos en quienes siempre apreciamos -para amarlos u odiarlos- a un igual. Los animales están ahí, junto a nosotros, desde el principio de los tiempos. Los hemos utilizado para el trabajo, la alimentación, el juego, la crueldad y la violencia, la diversión grotesca y el ensañamiento. Sólo a veces llegamos a reconocerlos, a mirarlos a los ojos y comprender que sienten. Es algo parecido a una revelación, el momento en el que todo cambia y ya no cabe repetir los pasos antiguos, sino únicamente avanzar. ¿Hacia donde? No lo sé. Pero en compañía de ellos. 

También eso vemos en la imagen. El tipo de las gafas y el pelo cano abraza a su perrita y le dice "te quiero y quiero cuidarte", pero también "aquí es donde quiero estar, contigo". Alrededor de ellos hay irrupciones de color sin forma, a veces violentas, otras delicadas, el caos del mundo. Reconocer al otro es re-situarse en ese contexto, cambiar las maneras de vivir, de entender y de sentir. Es curioso cómo el color de ambos casi se confunde en torno a los labios de él, y la cabeza de ella. En realidad lo que nos muestra el cuadro es muy sencillo: dos animales dándose calor, protegiéndose mutuamente de la intemperie.

Si Nuria no hubiese planteado hace tres años la idea loca de tener un perro, hoy yo sería alguien diferente, sin duda peor y sin duda menos feliz. Gracias.

Si Betty no hubiese aparecido en nuestra vida nos habríamos perdido mucha ternura, muchas risas, la sensación permanente de nunca estar solos, y una manera distinta de ver las cosas. Gracias.

Si Nuria no hubiese tenido la idea de reflejar todo eso en un cuadro me habría perdido el mejor regalo de cumpleaños de mi vida. Gracias.

Si Gonzalo Nuñez, autor del cuadro, no fuese un artista lo suficientemente brillante para ver más allá de una foto, el regalo se habría quedado en una mera reproducción de esas que llenan las paredes de los egos insatisfechos, en vez de una obra valiosa no sólo por lo que representa para nosotros, sino por sí misma. Gracias. 

Dicho lo cual, es la hora del paseo. Que tiemble el mundo: Betty, Nuria y Fran salen a la calle...

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