jueves, 26 de julio de 2012

“Juicio a la memoria. Testigos presenciales y falsos culpables”, de Katherine Ketcham y Elisabeth Loftus. La verdad del derecho.


No anda sobrado el mundo jurídico de libros como éste, por otra parte tan necesarios. ¿Qué es lo que dota de ese carácter a “Juicio a la memoria”? Su propósito divulgativo, en primer lugar, desarrollado a través de una escritura de impacable técnica narrativa, seguramente por obra de la periodista y coautora Katherine Ketcham; en segundo lugar, por el rigor de los conocimientos que expone la doctora Loftus sobre los mecanismos de la memoria; y en tercer lugar, por su estructura en forma de capítulos correspondientes a los casos más significativos en que ha intervenido la especialista. La obra se convierte así en un thriller apasionante, donde el gran teatro de la vida en que consiste la justicia se nos pone de manifiesto con crudeza, pero no deja de cumplir su tarea de transmitir unos conocimientos tan útiles como poco conocidos.

La opinión pública nunca suele tener razón en lo que atañe al derecho. Sé que esta afirmación puede resultar escandalosa, y sin embargo es así. La ciencia jurídica, y su aplicación en el sistema judicial, es una materia técnica sobre la que opinar alegremente tiene mucho menos sentido del que parece. Cuando la gente se pronuncia sobre el incremento de las penas, la edad punible o la reinserción lo hace con una naturalidad estremecedora, y si son muchas voces la idea adquiere el tono de verdad absoluta al ser coreada en masa. Los programas de televisión eluden invariablemente la palabra de los estudiosos, y da igual que un experto en política criminal publique un artículo en el que exponga que los delitos de agresión sexual culminan en asesinato en mayor número de casos cuando se agravan las penas; da igual porque la sobrevalorada “voz de la calle” ha dictaminado lo contrario,  y en los medios de comunicación no le darán la oportunidad de explicar lo que la ciencia y la experiencia en política criminal dice al respecto. Así ocurre, por ejemplo, con la violencia de género, cuyo tratamiento periodístico no puede ser más nefasto, como si se empeñasen en contradecir justamente todo lo que les indican los especialistas.  Otro tanto ocurre con las impresiones de culpabilidad, los mal llamados “juicios paralelos” y las condenas sociales fundamentadas en meras filtraciones de la prensa. La historia está llena de errores escalofriantes, y en este libro se da cuenta de algunos de ellos, aunque desde la estricta perspectiva de la memoria.

La doctora Lofton nos explica que los recuerdos no se quedan fijados en nuestra mente como una fotografía, ni siquiera en esas condiciones –el estrés, el miedo, la amenaza- que supuestamente se predican como “imborrables”. Por el contrario, la capacidad de rememorar aquello que hemos visto es materia lábil, sometida a numerosas interferencias capaces de desfigurar lo percibido hasta el punto de cambiarlo por completo. La autora cree en la ciencia, no en las teorías conspiratorias, de ahí que lo que nos relate parezca doblemente inquietante: la inducción de una determinada imagen en la mente del testigo no obedece a una voluntad de manipulación policial o de la fiscalía, sino a hechos tan aleatorios como haber contemplado reiteradamente en la prensa a un sospechoso, o la circunstancia de que en una rueda de reconocimiento no se hayan igualado bastante sus rasgos físicos; a veces también influyen aspectos tan dispares como la necesidad de protagonismo o una mal entendida buena voluntad y ganas de colaborar con la justicia.


Los casos que Lofton incluye en este ensayo recorren algunos de los crímenes más aberrantes que puedan imaginarse, y en los que normalmente había un acusado inocente con base en meras pruebas testificales, a veces en apoyo de otras indiciarias, pero también en algunos supuestos como único motivo de imputación. El libro es también un homenaje a los abogados defensores que se implican en los casos hasta el desmayo, y que en compañía de la doctora reconstruyen los antecedentes del proceso para poder explicar por qué alguien que dice haber visto inequívocamente a otra persona en un contexto determinado en realidad se estaba equivocando, que no mintiendo. La comparecencia de Lofton en las vistas es el momento más intenso de cada capítulo, donde debe esforzarse por dar cuenta de la fragilidad de la acusación mientras resiste los envites del fiscal. Ella intenta no contagiarse del entusiasmo de los defensores y mantener una prudente distancia científica con sus patrocinados, pero aun así no logra evitar sentir curiosidad por la verdad. Claro que en un proceso judicial no existe tal cosa, sino una particular verdad del derecho configurada a través de estrictas reglas procesales que procuran garantizar la igualdad de armas y oportunidades para ambas partes, de una serie de pruebas a menudo insuficientes y, manejando todo ello, de la inteligencia y habilidad estratégica de los abogados. Por eso en la mayoría de los casos no hay una respuesta final que apacigüe la conciencia de los participantes. Es la justicia la que la da, y con ella deben conformarse tras haber intentado enmendar sus peores desviaciones.

Desde el punto de vista de las testificales erróneas Lofton nos ofrece todo un catálogo de tipologías: la víctima de abusos que reconoce inequívocamente a su supuesto agresor, el testigo de violencias ajenas que va rectificando hasta acomodar su declaración a lo que la investigación –o la sociedad entera- precisa, la ciega malinterpretación de lo que dicen los niños, en aras de un afán sincero (¿?) por protegerlos… Al final llegamos a la conclusión de que podemos responder al mal con un mal aún mayor si no calibramos adecuadamente las garantías judiciales, y esa es quizá la mayor enseñanza del libro.

Mencionar, por último, la honestidad de la autora al relatar sus propias batallas íntimas con la ética cuando se trataba de casos especialmente dudosos. Batalla perdida cuando se enfrenta a un acusado de crímenes durante el nacismo; entonces pesa su condición de judía, su profunda conexión cultural con las víctimas, y decide no intervenir como perito de la defensa. Tal vez podemos pensar que su postura es contradictoria con otras actuaciones en supuestos de gravedad extrema, sin embargo no es difícil de comprender la implicación personal que sufría, y a fin de cuentas la propia ley ha previsto históricamente la posibilidad que un profesional se abstenga en tales ocasiones. Y es que hay verdades que resulta mejor no conocer, aun pasadas por el tamiz del derecho.

Un libro interesantísimo para toda clase de lectores, más allá de los juristas, que ayudará a conocer mejor la labor de éstos y a entender el gran drama de la administración de justicia: como cualquier otra empresa humana, se mueve en términos relativos. No sólo se trata de que a veces no exista una verdad, sino de que en todos los casos, por encima de las opiniones y las apariencias, lo más complicado es demostrarla (lo cual, permítaseme la alusión personal -que explica también el entusiasmo con que recomiendo este libro-, es el tema fundamental de mi novela “Una cuestión de prueba”). 

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