lunes, 30 de julio de 2012

La ceremonia de inauguración de los juegos olímpicos. Inglaterra y nosotros.

Fue algo más que una ceremonia de apertura de juegos olímpicos. Fue el reencuentro colectivo con un imaginario que a lo largo de los siglos nos ha proporcionado placer estético y diversión, ha educado nuestro gusto y nos ha enseñado oscuros caminos para mejor entendernos. Por encima de la ilusión del olimpismo y de subrayados políticos que, en cuanto tales, estarían sometidos a discusión, nos ha recordado que la literatura, la música y el carácter inglés han aportado algunos de los mejores ingredientes a la modernidad. Mal que pese a unos cuantos especialistas en ver fallas en todo lo ajeno. 

La propia decisión de encomendar la dirección de la ceremonia a un cineasta como Danny Boyle, que nunca se ha caracterizado precisamente por ofrecer una imagen amable y patriótica de Inglaterra, da fe de lo mucho que deberíamos aprender de ellos. Pensemos en lo complicado que sería, en la España actual, tomar una decisión de ese tipo, y basten para entenderlo los ridículos, humillantes diseños de la vestimenta olímpica con que nos hemos presentado. Claro que durante estos días las televisiones han rememorado también la ceremonia de Barcelona en 1992, y entonces nos damos cuenta de que hace veinte años íbamos por el buen camino, pero algo se torció.

España era un país moderno, que sorprendía por su rápida evolución y su creatividad. Vista a los ojos de hoy, la intervención de la Fura del Bauls parece inverosímil, ¿éramos nosotros, de veras? Sí. Pero ahí se acabó todo. Después decidimos arrumbar el diseño, la imaginación, la diversidad... Y dedicarnos a un monocultivo urbanístico que destrozó todo el potencial que teníamos. Un monocultivo que resucitó lo peor de una tradición que creíamos superada: la del español como personaje grotesco, pícaro, defraudador, ostentoso, especulador, intolerante. España ha quedado convertida en lo que ahora vemos por la calle, una sociedad insufrible, que ha desterrado cualquier atisbo de humanismo y se refocila en las malas formas. Si algo la ha salvado desde siempre han sido las excepciones, individuales o colectivas. En este sentido resulta paradójico que el deporte que se ha convertido en otro monocultivo nacional, el fútbol, apenas tenga capacidad de contagiar en sus seguidores alguna de sus virtudes. La selección nacional, como una especie de oasis fuera del tiempo, ha negado de raíz la vieja ideología de la "furia española", del triunfo a sustentado en "los cojones", para ofrecer un juego creativo, solidario, humilde y hermoso. Así nos ocurre también con artistas, literatos, creadores culinarios, gente del cine y un buen puñado de emprendedores que están desbrozando los viejos caminos del empresariado -me niego a incluir como ejemplo de éxito a Zara, esa industria vulgar de la piratería con poco más lustre que las tiendas chinas que tanto despreciamos-. Sin embargo nada de esto trasciende a una población encanallada, que ha vivido durante decenios de la especulación con la vivienda, del ganar dinero sin formarse ni trabajar, de aprovechar hasta el extremo cualquier ayuda estatal, a ser posible mediante el fraude, para después eludir impuestos y verse a sí misma, frente al espejo, como el paradigma del triunfo. Bien, sí, por supuesto que no hemos sido todos. Pero la imagen colectiva de un país la construyen las mayorías, eso que se suele llamar la opinión social, y la nuestra no puede ser más desoladora. 

Ayer estuve viendo la esforzada victoria de nuestro equipo de basket contra China. Son otra colección de tipos admirables que han roto toda clase de barreras y prejuicios, contemplándolos uno tiende a pensar que hay otra España posible. A los que no nos sentimos muy identificados con la bandera se nos acusa de muy diversos males, pero deberíamos precisar que esa ausencia de empatía no deja de causarnos tristeza. Uno quisiera llevar sobre sí la bandera española como en muchos otros países llevan la suya. La clave está en el desacuerdo de raíz que nos separa de unos rasgos y valores que se han querido consolidar como "la esencia" de nuestra tierra. Rasgos y valores idénticos a los de hace cuarenta años, a pesar de internet, de la integración europea, de la inmigración, de los derechos sociales, de la innovación tecnológica en las empresas, de la diversidad sexual, de los cambios generacionales, del respeto hacia los animales, del erasmus y las facilidades para viajar. La fiebre del ladrillo ha servido para demostrar que, en efecto, más allá de siglas ideológicas, esa esencia española continúa vigente, y ahora mismo pagamos sus facturas. 


Pero el viernes, durante unas horas, nos asomamos a otro mundo. Un mundo en el que se nos recordó que el homenaje a la capacidad de emprendimiento e innovación no es incompatible con otro paralelo a los trabajadores y trabajadoras que lo hicieron posible; donde hubo espacio para señalar viejos problemas aún existentes -las sufragistas y el hecho de que ésta sea la primera edición de las olimpiadas en la que todas las delegaciones llevan mujeres-, generosidad con los grandes creadores que nos han hecho la vida más agradable, el gran sentido del humor británico -geniales Rowan Atkinson y la Reina, gran actriz en su saludo a un personaje de ficción-, y una celebración del hedonismo pop donde aparecieron muchos de los grandes: The Who, los Rolling New Order, Bowie... (¿Saint Etienne hubiese sido mucho pedir? Por dios, quiénes hay más londinenses que ellos...). Y todo ello enmarcado en la madre naturaleza, de cuyo respeto Londres se está poniendo a la cabeza. Ya comenté en otro momento que todos los puestos de comida de los juegos deben respetar el animal welfare... Mientras aquí los principales medios de comunicación se han burlado recientemente del ensanchamiento de las jaulas de las gallinas calificándolas de spa, y acusándola de encarecer los huevos (si la gente tuviese conocimiento directo de cómo se producen dejarían directamente de consumirlos)... 

Todo fue hermoso, correcto y divertido. Pero interrumpiéndolo constantemente estaban las dos locutoras de TVE, para recordarnos que estábamos aquí, y no allí. Nadie va a dudar ahora de la capacidad de María Escario para retransmitir actos deportivos, pero eso sí, estrictamente deportivos. La ceremonia de las olimpiadas hubiese requerido a alguien con una base cultural mucho más sólida. Tanto ella como su compañera, a pesar de disponer de un dossier descriptivo, se equivocaron innumerables veces, obviaban todo aquello que no conocían, como buenas españolas, hasta que algo les sonaba y entonces decían: "suena Adele", fueron incapaces de comprender el sentido de la representación, o al menos de interpretarla a su modo de una manera solvente. Tan sólo hubo dos instantes en que se mostraron exultantes, a nuestra particular manera: cuando salió la delegación española -con las chicas, ay, disfrazadas de Las Grecas-, y ¡cuando vieron imágenes de 'Cuéntame' en el medley de series televisivas!, y ello con la alegría del paleto que reconoce algo propio en medio de otro algo que lo desborda. Ahí, ante nosotros, estaban dos imágenes cabales de lo que hoy por hoy es Inglaterra y de lo que es España.

Comienza, por lo demás, una breve temporada en la que descubriremos anonadados que existen otros deportes, que nos pueden proporcionar instantes de entretenimiento e intensidad inolvidables. Eso si la televisión nos lo permite. Es decir, bastará con que Mourinho o Tito Villanova digan no sé qué en una rueda de prensa para que cualquier noticia sobre las olimpiadas pase a segundo plano. Aquí seguimos con nuestro actual monocultivo de ocio, mientras añoramos aquel de trabajo que nos ha llevado a la ruina.



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