lunes, 16 de julio de 2012

La crisis y la cultura: tiempo de gestión, tiempo de gestores.


Abundan en los últimos tiempos los artículos periodísticos acerca del modo en que la crisis está afectando a la actividad cultural. También comienzan a proliferar las jornadas en las que se reflexiona, supuestamente, sobre ello. Pero lo cierto es que unos y otras inciden en el viejo defecto del sector: el ensimismamiento. La mayoría de los discursos se empeñan en seguir enredados en la abstracción, fruto quizá del desconcierto que supone el cambio de modelo tan tajante y seguramente traumático que estamos sufriendo. Así, continúa hablándose de la cultura como faceta dotada de valores cuasi-religiosos, para de este modo defender su carácter imprescindible, inalienable y por lo tanto reivindicable en puros términos filosóficos. La palabra “cultura”, en estos casos, aparece siempre dotada de un sentido genérico y omnipotente, ajeno a cualquier matiz en el que quepa abordar una concreta discusión.

Sin embargo vivimos tiempos de matices, y de discusiones. El viejo paradigma de la subvención y la partida presupuestaria como prius lógico de la gestión se ha venido abajo. Debemos comenzar por admitir que todo, absolutamente todo se ha puesto en cuestión, y que es muy improbable que las cosas vuelvan a ser como antes. Lo cual tampoco supone, a mi entender, el abandono completo de la financiación pública en aras de la privada, pues no parece que el mecenazgo o el sobrevalorado crowdfunding puedan no ya sustituir a la primera, sino compensar mínimamente su disminución.

Y es que hasta ahora, frente a cualquier tentación de recorte, se agitaba esa bandera mística de “lo cultural” y el mero gesto parecía bastar para acallar las voces críticas, por aquello de no ser tachados de ignorantes. Por entonces, hablo de hace cinco o seis años, era cierto que la discrepancia solía obedecer a un trasfondo ideológico, de forma que los reproches hacia ciertos sectores o ayudas eran directamente proporcionales a la cantidad de ruido que generaban frente al poder. Ahora todo ha cambiado, y cuando se plantean preguntas acerca de las subvenciones no se está atacando de manera global a la diosa cultura, sino que se pone en cuestión el porqué de tal o cual actuación a cargo del erario mientras los recortes afectan a aspectos básicos de la existencia, como la educación o la sanidad. Y no debe verse en ello la resurrección del viejo debate sobre “la utilidad” de la cultura, sino un ánimo legítimo de poner coto a los desmanes de otras épocas. A fin de cuentas muchos intervinientes en el sector han desarrollado sus carreras a través de operativas que los asemejan a las peores formas de mercados tan discutibles como el urbanístico. Bastaba la cercanía ideológica o personal con el responsable político de turno para que la revista poética, el concierto o la gerencia museística estuviesen al alcance de cualquiera sin necesidad de pasar por un procedimiento selectivo abierto, público y más o menos fiable.

El futuro se presenta, así, desfavorecedor para muchos: el viejo modelo consistente en poner dinero sobre la mesa y encomendar a alguien que lo gestionase dará paso a economías mixtas, público-privadas, mecanismos licitatorios y programas de evaluación serios que certifiquen los resultados, no necesariamente económicos, pero sí al menos en términos de impacto. Al mismo tiempo deberá iniciarse una tarea francamente dificultosa por recuperar la puesta en valor de la cultura. El discurso místico habrá de dejar paso también al económico, aunque sólo sea porque el primero es ya consabido, y lleva demasiado tiempo revelándose insuficiente. Los datos están sobre la mesa: el peso de la cultura en el PIB, la cantidad de puestos de trabajo que genera y sostiene, su influencia determinante en el turismo… Hace falta subrayar estos aspectos, en vez de dar por hecha la intangibilidad de todas y cada una de las facetas de la política cultural. La idea generalizada de gratuidad será otro de los daños más graves a reparar, y ahora empezamos a darnos cuenta de que no sólo las descargas en internet han sido responsables de ello. El gratis total de toda suerte de eventos, a mayor gloria de la alcaldía, debería hacernos reflexionar sobre el efecto de minusvaloración que ha ido generado en la opinión pública.

La potencialidad de este sector en la sociedad española actual es mucho mayor de lo que parece. Son tiempos necesitados de soluciones imaginativas, de conexión y colaboración entre profesionales, de propuestas que permitan de una manera asequible revitalizar el ocio. Se aventuran nuevas formas de vivir en las que el uso creativo del tiempo libre será fundamental. El gestor cultural del futuro deberá ser más arriesgado en su afán por ocupar el espacio que las administraciones públicas van a ir abandonando. Deberá dotarse de una estructura empresarial, aportar medios suficientes mediante fórmulas asociativas que minimicen los costes, ofrecer alternativas al público que tengan en cuenta también su opinión y sus gustos, con independencia de su propio criterio; pero al mismo tiempo tendrá espacio también para introducir propuestas de mayor calado cultural de una manera inteligente y estratégica. Cuando los presupuestos disminuyen llega el tiempo de los gestores. Antes, cualquier diletante sin oficio podía ocupar carteras, gerencias y concejalías. Ahora, los propios responsables políticos se verán obligados a valorar a quienes sean capaces de dar más por menos.

El panorama no es, pues, tan apocalíptico como se quiere presentar. Quizá sea una oportunidad para avanzar en la tan deseada pero poco buscada profesionalización del mundo cultural. En él no tendrán hueco los improvisadores, los ignorantes afines al poder, los que aborrecen la diversidad y la libertad artística, y también los que aborrecen el rigor económico. Se acabarán las consultoras  bien relacionadas cuya única actividad consista en formar a nuevos gestores –formarte para formar, he aquí el único mercado posible hasta ahora para la mayoría de los titulados en Gestión Cultural-, se acabarán los responsables municipales que tan sólo saben desenvolverse en el macroproyecto, el festival, la infraestructura museística... El gestor cultural del futuro deberá bajar a pie de tierra, escuchar a la gente y proponer y poner en marcha programas que, en momentos difíciles como los que nos ha tocado vivir, permitan recuperar el aprecio por las manifestaciones creativas de diversa índole que, día a día, contribuyen a hacer más digna, propiamente humana, la vida de los ciudadanos.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario