lunes, 16 de julio de 2012

La gente normal y los alimentadores de gatos. El foie como reflejo de la superioridad humana.


Hablaba en una entrada anterior de que bajábamos cada noche con un pequeño cuenco de plástico con agua y otro con pienso para gatos. A la mañana siguiente recogíamos ambos, del tamaño de un puño. Los colocábamos bajo un seto, de forma que para verlos era necesario agacharse. Los dos gatos y las dos crías que circulaban por nuestra zona nos estaban ya esperando discretamente. Al tratarse de pienso seco ni una sola mancha, ni una mera señal de ello podían aparecer por ninguna parte. Comenzamos a hacerlo porque vimos a los animales en los huesos, se trataba al menos de ayudarlos en esta primera etapa de su vida, de darles un empujón nutritivo para que lograsen salir adelante. De hecho, hace muchos años que deambulan por los mismos lugares, y seguirán haciéndolo quizá eternamente.

Este fin de semana pasado alguno de los vecinos me vio bajar con los cuencos. Incluso me crucé con una señora que me miró con gesto torcido y luego fue a comentarlo a su grupo de amistades, el cogollito de las Verdurin pero con chanclas, en la piscina comunitaria. De camino a mi portal noté de reojo cómo era objeto de su curiosidad, y de sus comentarios. Imagino que la cosa fue más o menos así: “mira ése, dando de comer a los gatos”, “es que la gente no tiene otra cosa de que preocuparse ahora, con la cantidad de necesidades que hay”, “y en dos días va a haber una plaga de gatos por aquí, ya verás”, “y todo se va a llenar de mierda”, “y de pulgas y enfermedades”, “a lo mejor contagian el SIDA a nuestros hijos”, “si tanto los quiere por qué no se los lleva a su puta casa y los adopta, y si quiere que les dé gambas todos los días”, “a ver, dónde lo deja… ¿Ahí? Pues ahora mismo voy y le tiro los cuencos”.

En efecto, han desaparecido. No sé si antes o después de que los animales hubiesen comido. Es de suponer que el machote heroico que ha puesto fin al cachondeo siga vigilando a ver si vuelvo a tener la pervertida intención de alimentar a unos gatos. Se agachará y fruncirá el ceño, lo hará todos los días, y si me ven pasar me seguirá con la mirada mientras arquea los brazos y extiende las manos hacia la cartuchera, como los vaqueros de las pelis rancias.

Tranquilo, jefe, ha quedado claro quién manda. Ok, tú tienes la polla más larga. No te voy a retar porque sé que las fuerzas que mueven el amor y el odio son muy diferentes. La distancia moral que separa la acción de preparar dos cuencos de pienso y agua, y la de retirarlos de debajo de un seto y tirarlos a la papelera, es tan grande que no merece la pena dialogar ni discrepar. Me limitaré a obedecerte, para que relajes y te olvides.

Y emplearé la inteligencia para seguir alimentándolos en otro sitio donde ni siquiera te puedas imaginar que lo haga, campeón. Eso sí, con pienso. Las gambas ya te las comes tú viendo el partido, limpiándote los dedos a chupetones y los labios con la manga. Ponte otra ración, invito yo.

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La investigación de Igualdad Animal sobre el foie ha tenido uno de los mayores impactos de los últimos años en este tipo de acciones. Ha ocupado páginas en diarios de tirada nacional, e incluso en el telediario de la 1. En ella vuelve a ponerse de manifiesto el incumplimiento generalizado de la normativa sobre producción de alimentos de origen animal, que es la base del problema, aunque como suele ocurrir en estos casos lo más llamativo es el sadismo cotidiano con que se trata a los animales en tales industrias. Siempre ocurre lo mismo,  y en todos los países civilizados: la fuerza de las imágenes deja de lado cualquier debate, cualquier disquisición intelectual sobre la situación del ser humano y los animales en el mundo. Así es que el movimiento a favor de estos últimos, en sus muy diversas manifestaciones –desde el estrictamente jurídico al veganismo-vegetarismo-, crece día a día de una manera imparable. Lo más inquietante para los defensores de la tradición de maltrato salvaje, ya sea por convicción –muy pocos- o por la reacción visceral frente a lo que estiman “revolucionario” –cuando en otros países forma parte por igual de toda clase de ideologías-, comienzan a entender que se les está atacando donde más duele: en el mercado. Mucha gente que no se plantea  dejar de consumir productos de origen animal, ya sea en el vestido, en la alimentación o en la cosmética en la que se emplee experimentación con animales, exigen sin embargo que los métodos productivos resulten escrupulosamente respetuosos en la evitación del maltrato y el sufrimiento. Al final los propios restaurantes, como en el caso de Mugaritz, adonde iba destinado el foie,  acabarán concienciándose de que su propia exigencia sobre la calidad del producto deberá extenderse igualmente a la calidad ética de su producción. Siempre he echado de menos esa exigencia en los grandes creadores gastronómicos con que contamos en nuestro país.

Ese daño directo al mercado –poca gente va de manifestación, pero mucha gente deja de consumir aquello que moralmente le repele- pone nerviosos a los odiadores. Por eso no debe extrañarnos que el bueno de Salvador Sostres haya soltado ya su artículo en El Mundo defendiendo a la productora del foie mediante razones de calado como que el hombre está por encima de los animales, que la gente con tal de no creer en dios cree en cualquier cosa, y que los animalistas son personas con taras mentales necesitados de tratamiento. A ver: no se trata de replicar aquí, en un humilde blog, su fina argumentación, ya sabemos que se gana la vida de ese modo, mediante la pose de figurar a la contra de cualquier causa que consiga una mínima aceptación social. Después viene el escándalo, el oh-ah-pero qué barbaridad ha dicho… Y la consiguiente renovación de su contrato. Me he acordado de él porque al leerlo esta mañana me parecía lastimosa la lucha de un hombre frente a la lenta pero imparable evolución del pensamiento, hacia mejor, en las sociedades ilustradas. El mundo, dentro de varios decenios, será en lo que atañe a los animales como lo es ahora en lo que se refiere a muchos otros derechos relacionados con la diversidad, el medio ambiente, las necesidades básicas de una vida digna. Entretanto no podemos dudar de que los catetos que se pliegan a las modas impuestas por determinados sectores del mercado –no hay carta de bodas ni celebración paleta que no incluya el foie, no hay mesa doméstica sin abundante carne de pollo, cerdo o ternera hipermedicada…- seguirán haciendo mucho daño. Pero las cosas están cambiando, a pesar de lo que le duela al ciudadano Sostres, a quien contemplamos con ternura en su enésimo esfuerzo por ganarse el foie. 

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